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Un manual para entender los mecanismos del odio

Un reciente libro desmenuza el entramado tóxico en el cual se mueven los trolls. Aunque se trata de una mirada argentina, también en Uruguay es útil preguntarse por los métodos de quienes siembran discordia y división.

troll
Ahora son seres de carne y hueso, pero originalmente la palabra troll designaba a una especie de ogro nórdico.

Al principio, casi todo es optimismo. Expresarse, intercambiar, reír, asombrarse y, a veces también, sentir la llama de la justa indignación ante situaciones dramáticas. Los primeros pasos en alguna de las principales redes sociales —Facebook, Instagram y Twitter— parecen abrir un mundo lleno de posibilidades y potencialidades. Hasta que llegan ellos, los trolls. Insultan, denostan, se burlan, mienten y crean un ambiente tóxico. Coloquialmente: la pudren.

Tienen tan mala fama (justificadamente) que el mote es un insulto que se usa a diestra y siniestra en las redes para descalificar a cualquiera. Pero así como a menudo uno ve la palabra con grafías curiosas (“trol” o “trolls” usado en singular), también conceptualmente sigue habiendo algunas confusiones respecto a qué es exactamente un troll.

La periodista argentina Mariana Moyano publicó hace poco "Trolls S.A. La industria del odio en Internet" (Planeta). El libro es, al mismo tiempo, una investigación y un ensayo sobre las ventajas y los riesgos de una comunicación horizontal y descentralizada, enlazada a través de nodos e impulsada tanto por información veraz como por mentiras, calumnias e invectivas.

tapa libro Trolls S.A.
tapa libro Trolls S.A.

La autora tiene una larga trayectoria en el periodismo argentino, incluyendo un pasaje por el programa de televisión 678, que tanta tela dio para cortar en el debate político y cultural del vecino país. También tiene una cuenta de Twitter verificada con más de 100.000 seguidores y muchas discusiones (con todo tipo de lenguaje abusivo) encima. Tal vez toda esa andanada de intercambios le haya curtido la piel lo suficiente como para adentrarse en el lodazal en el cual prosperan estos personajes.

La mención a la red del pajarito celeste es pertinente porque si bien hay trolls en todas, el actual formato e interfase de Twitter parece favorecer a la creación y propagación de ellos. Al respecto, la autora del libro dice: “Por sus características asimétricas, transversal y conversacional, Twitter es el lugar donde los trolls dejaron de ser vergonzosos perdidos para convertirse en un grupo social con identidades, particularidades y orgullo propio”.

Más allá de eso, hay que tener en cuenta todo lo que un troll no es. No es un bot (que como lo indica la abreviación de “robot”, tiene un componente no-humano). Puede tener pocos o muchos seguidores, y casi siempre hay una imagen o un alias que camufla el verdadero nombre o rostro. Para complicar aún más la cosa: el troll puede ser un militante de cierta causa, pero un militante no necesariamente es un troll.

Según Moyano, las condiciones necesarias para calificar como tal son las siguientes: carecer de empatía, ser necio, agresivo, tener mucha facilidad para usar comparaciones con Hitler y el nazismo en cualquier discusión, entrar en muchísimas discusiones —sobre los más variados tópicos— para promover el tema preferido, nunca reconocer ni admitir ningún error y desdeñar de los datos, lo científico y comprobado.

Pero la autora también matiza el impulso a (des)calificar: el troll siempre es el otro. “He leído trolls acusando a trolls de ser trolls, siendo trolls y peleándose con otros troll para afirmarlo. Parece un trabalenguas o una locura, pero es parte de lo que día a día pasa en nuestras redes. Cuando el troll introduce su estilo en la batalla, todos terminan incorporándolo, ya que es altamente efectivo y adictivo. Sin embargo, no nos consideramos troll (...) ya que nos justificamos con un largo relato personal (...) Cuando contestamos un tuit ajeno haciendo una terrible ironía que sugiere que el otro es idiota, que debería morirse o lo que sea, lo hacemos justificándonos”. En otra parte del libro, dice que “Todos tenemos un costado troll”.

Es cierto que no es lo mismo ocasionalmente dejar salir algunos de nuestros peores rasgos, que concienzudamente dedicarse a contaminar cualquier conversación en una red social, pero cualquiera que participe activa y asiduamente de intercambios en Twitter —independientemente del tema discutido, sea fútbol, política o roles de género— reconocerá que alguna vez “se le fue la mano”.

Para la periodista argentina, esto puede explicarse entre otras cosas porque, como escribe, “las redes no son usadas. Las redes usan. Tienen sus propias lógicas y es interesante preguntarse cuántas de estas lógicas se combinan con las nuestras y cuáles nos perjudican”.

Los trolls en la política

Aunque el “trolleo” puede darse en torno a prácticamente cualquier tema, por más inocuo que parezca, hay dos que parecen un imán: el fútbol y la política. En el caso de la política, las tensiones aumentan cuanto más cerca se esté de las elecciones, en particular si se percibe que hay una paridad entre dos opciones de gobierno, como ocurre actualmente en Uruguay.

Y ahí, los trolls cumplen un papel no menor. En el libro, la autora cita a otro investigador argentino, Luciano Galup, que identifica tres objetivos de los trolls. En primer lugar, hacer que quienes se inclinan por determinada opción política sean acosados e intimidados tanto que terminen autocensurándose. El costo de pronunciarse a favor o en contra de algo es tan alto que las personalidades menos propensas al enfrentamiento se callan.

Otro de los objetivos es generar ruido para que los propios no sientan que están solos. “Hay situaciones en las cuales la opinión pública está diciendo algo y el no tener una voz en frente hace que los propios se sientan desamparados. A eso se le llama ‘Cono del silencio’ en opinión pública. El trabajo de las cibertropas permite que los tuyos sientan que no están en un cono del silencio, que tienen derecho a hablar y que hay alguien que opina como ellos”.

Finalmente, el troll obliga al otro bando a desviarse del mensaje que quería transmitir mediante mentiras o exageraciones: “Las posibilidades de convencer a otro en las redes sociales es prácticamente nula. La información falsa ratifica pero no convence, aunque es un mecanismo efectivo para distraer”. Si se logra instalar una información falsa sobre, por ejemplo, un candidato presidencial, es probable que este quiera salir a desmentirla. De esa manera, tiene que dedicar tiempo y energía a lo que el adversario le impone.

¿Qué hay que hacer para contrarrestar los efectos de la tóxica manera de comunicar de los trolls? De acuerdo al libro, no hay que enojarse y dejarse provocar, pero tampoco entristecerse. “El que se enoja en política pierde, pero el que se entristece también. Porque son afectos que des-potencian, que quitan potencia, que limitan”, escribe Moyano citando a la psicoanalista argentina Nora Merlín.

Tal vez, lo que de verdad hay que preguntarse es cuánto tiempo queremos pasar conectados y qué importancia le vamos a dar tanto al “Me gusta” como al comentario hiriente y ofensivo. Ya no hay vuelta atrás, porque las redes seguirán presentes en nuestras vidas durante muchos años más. Pero quizás estas sean, en un futuro no muy lejano, un lugar al que vamos a pasear solo de vez en cuando.

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