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Lina Pacella: de aprender peluquería para controlar su rebeldía a peinar famosos y cocinar en un reality de TV

Hija de una "pareja de tanos" dueña de una historia de amor digna de una película, la peluquera uruguaya ha transitado una vida regida por la frase "trabajo, esfuerzo y sacrificio".

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Lina Pacella.
Foto: Leonardo Mainé.

"María, mirá que el casamiento es para toda la vida. ¿Y si no lo querés?”, le dijo la modista a la joven habitante del pueblito italiano de Balvano mientras le probaba su vestido de novia. Estaba a punto de casarse con el candidato que le había encontrado su padre, pero ella amaba a Antonio, que había muerto en la guerra. Al menos eso le habían dicho, pero ese mismo día se enteró de que el amor de su vida estaba vivo. Así recuerda Lina Pacella(66 años) un momento clave en la vida de sus padres. Se emociona, como muchas veces lo hará durante la charla con Domingo cuando hable de esa “pareja de tanos” a la que le debe mucho y cuya historia quiere contar en un libro que escribirá cuando se jubile. “Es para hacer una película”, afirma.

Obviamente María Josefina no se casó, pero su padre tampoco aceptó que lo hiciera con Antonio. Entonces apelaron a lo que se estilaba en esa época: se fugaron. “Ante la vergüenza que eso provocaba en el pueblo, se tenían que terminar casando”, explica sobre lo que pasaba en aquel lugar de apenas 3 mil habitantes en años de la Segunda Guerra Mundial.

Fueron tiempos difíciles, así que la decisión de emigrar a Sudamérica se demoró unos pocos años. Primero vino Antonio y luego María con sus dos primeros hijos, un varón de 6 años y una niña de 4. Lina fue la primera en nacer en Uruguay, luego llegarían otros dos varones hasta completar los cinco hermanos.

“Mi padre era obrero de la construcción y hacía la diferencia trabajando en Punta del Este. Mi madre era el banco, después que le dabas la plata, ¡ah, para sacársela! Si se ganaba 1.000, se gastaba 650 porque había que ahorrar”, rememora Lina de una infancia en la que no faltaba nada si de alimentación y educación hablamos. “Mi padre era el culto al amigo y a la palabra, y mi madre para todo tenía una historia y todo sucedía en su pueblo”, acota entre risas.

Se instalaron en el barrio Buceo, en una casa ubicada en Solferino y Niza. Los pequeños Pacella se pasaban todo el día jugando en la calle. Cuenta que en Navidad se colocaba un arbolito en la calle y se hacían juegos. “Después íbamos todos para para la casa de un vecino y se bailaba al ritmo del acordeón”, apunta.

Fueron todos a la misma escuela, la número 69 José H. Figueira, en Solferino y Comercio. “Hermosa escuela, de primer nivel. Fijate que había dentista. Yo vivía como un Blandengue, en la puerta de la dirección”, bromea sobre la niña revoltosa que fue. Alega que era por la mala relación con una directora de apellido Cabeza de Vaca —“no me la olvido más”, acota—, por suerte luego llegaría otra que realmente la entendería. “Me llevó desde el amor. Se dio cuenta de que yo me sentía ignorada en mi casa y en la escuela”, comenta.

Es consciente que hacía rabiar mucho a su madre, que la corría toda una manzana, y que la solución que encontró fue mandarla a aprender bordado con una italiana. Lina se aburría mucho, prefería las conversaciones con su madre, que hablaba en su dialecto. “Mi papá no quiso que nos hablara en italiano porque tenía miedo de que nos confundiera”, dice.

En verano, la fiesta era ir al tablado. “En casa no teníamos televisor y en Niza y Comodoro Cuevas se armaba el tablado Tres Esquinas. A veces íbamos a los ensayos de La Gran Muñeca”, evoca. Hoy es “la tía de Leo Pacella” y se define como la fan número uno del actor y carnavalero.

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Lina Pacella.
Foto: Leonardo Mainé.

La frase

Cuando llegó la época del liceo, Lina dejó en claro que no quería nada con el estudio. Su padre era el típico inmigrante que pretendía que sus hijos fueran universitarios. Su madre, en cambio, la entendió, pero entonces tenía que salir a trabajar. En una época en que los hijos iban a estudiar piano, guitarra, inglés… su madre valoraba más que se formaran en un oficio, entonces fue a la peluquería que estaba a una cuadra y le dijo a la dueña: “Delia, usted no le pague, pero necesito que aprenda”.

Era lógico, si había una frase que María repetía siempre a sus hijos era: “No hay nada sin trabajo, esfuerzo y sacrificio”. Y Lina tuvo que trabajar. “En la peluquería empecé a notar que por barrer me daban unas moneditas y creo que ahí me empezó a gustar barrer. Como mi madre quería el diploma, hice el curso en el Instituto Americano y empecé a atender a domicilio”, recuerda quien incluso llegó a cortarle el pelo a una vecina con una tijera de cortar pollo, porque era lo que tenía en la casa. “Ahora no sé cuántas tijeras tengo y encima las cambio a cada rato”, acota riendo.

El trabajo que la marcó fue en la peluquería de Virtudes. “Era una andaluza que hablaba el mismo idioma que mi madre, decía que no había nada sin trabajo, esfuerzo y sacrificio, además de ser honesto”, señala.

Entonces comenzó a notar que el esfuerzo no era tal, que lo que hacía no era una “tortura” para ella. “Había encontrado el lugar”, asegura. Con el tiempo pudo abrir su propia peluquería —el 3 de diciembre de 1984—, en un pequeño garaje ubicado en Vázquez y Colonia. El primer día no le quería cobrar a nadie, una clienta la convenció de hacerlo y ganó 2.500 pesos. Llegó a su casa pensando que tenía la vida hecha y entonces apareció María Josefina una vez más: “Mijita, esa plata todavía no es suya porque capaz que mañana no va nadie”. Cuánta razón tenía, los siguientes días no apareció ni una clienta. “Fue toda una enseñanza: yo hasta fin de mes no sé lo que gano”, admite.

Con los años le empezó a ir cada vez mejor. Al que no le iba tan bien era al Cordón, el barrio en el que estaba, con aumento de robos e inseguridad. Las clientas le reclamaban que se mudara y así lo hizo en 2008, cuando encontró el lugar perfecto en Punta Carretas. “Yo soñaba con tener un local en una esquina y sobre una avenida, y se cumplió”, comenta sobre su presente en Ellauri y Montero.

Si hay algo que Lina no se cansa de repetir es que le agradece todo a la tijera y el peine. “Me dio la posibilidad de poder ayudar a mis padres a terminar su casa y ayudar a mis hermanos también”, destaca.

Llevaba poco tiempo de instalada en Vázquez cuando entró a peinarse una señora morocha, que llegó por consejo de su hermana. “¿Te gusta el teatro?”, le preguntó en determinado momento. “No, yo solo paso por la puerta”, le contestó Lina. La mujer insistió con el tema hasta que le dijo: “¿No te diste cuenta de quién soy yo?”. Era la actriz Dadh Sfeir, a quien la peluquera no conocía, pero que ese mismo día le prometió que cuando comenzara a actuar —recién volvía del exilio— la iba a llevar con ella al teatro. Fue su puerta de entrada como peinadora al mundo de las tablas.

Su llegada a Canal 12 también fue casual. Un colega le preguntó si se animaba a ir a Telemundo, a peinar a Silvia Kliche, porque él estaba cansado. Aceptó y ya lleva más de 40 años como dueña de las cabezas de muchas figuras del canal. Claro está que nunca imaginó que eso la llevaría a terminar delante de cámaras como participante del reality culinario Fuego sagrado en su versión “famosos”. Cuenta que la idea fue de la productora Ana Laura González, que insistió a pesar de que ella le advirtió que su hermano siempre dice que quema hasta el agua hirviendo. “Además yo no soy famosa, atiendo a famosos, que es diferente. Sí soy una persona conocida”, les aclaró, pero no tuvo suerte, la terminaron convenciendo. “No tengo sentido del ridículo, al contrario, pienso que es parte de la vida”, se defiende.

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Diego Jokas, Lina Pacella y Gonzalo Moreira en "Fuego Sagrado".
Foto: Captura de Twitter @fuegosagrado12.

Familia

Los domingos son de encuentro para los Pacella; siempre fue en casa de sus padres hasta que estos fallecieron —Antonio en 2015 y María en 2017, ya con un Alzheimer avanzado—, ahora el lugar varía, pero por lo general es en lo de Lina. “Nos amamos, nos peleamos así opinemos lo mismo… bien tanos”, comenta sobre una reunión que hoy suma a las nuevas generaciones. Lina tiene un hijo, Facundo, de 28 años.

Hincha de Nacional como su padre, desde hace 31 años está casada con el ex futbolista de Peñarol, Rodolfo Ariel Sandoval. “Yo me casé con un tachero y pobre encima”, aclara, porque así fue que lo conoció.

Confiesa que hoy mira para atrás y no puede creer todo lo que logró. Defiende a su peluquería como un lugar donde no hay protocolos y donde se atiende a todos por igual, desde los clientes con mucho dinero hasta los que van a fin de año porque cobraron el aguinaldo y quieren hacerse un regalo.

Ha escuchado más de una vez que Lina Pacella es una marca y no lo entiende. “Soy muy básica, muy simple… no puedo vivir algo que no soy”, remarca y vuelve sobre lo mucho que le debe a su profesión: “Le agradezco porque me curtió, me pulió y me terminó de formar como persona al estar con gente diversa en todos sus aspectos, económicos, sociales y políticos. Los Pacella no venimos de una familia con cultura de lectura o teatro; todo siempre fue trabajo, esfuerzo y sacrificio”.

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Lina Pacella.
Foto: Leonardo Mainé.

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