Todos los consultados coinciden: la estadía de los jóvenes en la casa paterna es cada vez más larga y, por ende, el proceso de emancipación también. A la hora de nombrar culpables, muchos apuntan al más obvio: el dinero. Sin embargo, factores no materiales juegan en ese fenómeno e incluso, a juicio del psicólogo Luis Correa, son aún más determinantes que las dificultades económicas. Los chicos de hoy tienen proyectos de vida muy distintos a los que planearon los padres, pueden mantener una convivencia intergeneracional más pacífica, y muchas veces suelen esperar a terminar sus estudios para vislumbrar por fin un camino solos.
Igual cabe una sutil advertencia, ya que aunque esa prolongación para alcanzar la independencia real se está volviendo algo común, bien puede tener sus costos.
ESO DE ESTAR SOLO. Andrés tiene 28 años y trabaja hace cuatro como analista de sistemas. Todavía vive con sus padres pero, si todo sale como espera, se mudará a una casa propia sobre fin de año. "Desde que empecé a trabajar me puse a ahorrar con el objetivo de independizarme. Después vi que, si esperaba, podía juntar lo suficiente para comprar algo, con un préstamo. Así que siempre lo viví como un proyecto. Ahora que ya compré (un apartamento), le estoy haciendo unos arreglos y el momento de irme está cada vez más cerca, me da un poco de miedo dejar la comodidad de la casa de mis padres, pero sobre todo el tema de estar solo", cuenta.
La disyuntiva entre resignar independencia por comodidad y compañía o viceversa es muy frecuente, aunque la mayoría de las veces la falta de apuro en irse de la casa paterna muchas veces obedece a una falta de incentivo, opina Correa, porque ya no existe el proyecto de "casarse e irse". En todo caso, se espera "por un mejor empleo, por completar una carrera, por temas de satisfacción personal", señala.
En eso está Cecilia, que con 30 años no posee demasiada perspectiva, pero tampoco interés, de abandonar la casa materna. "Podría irme, pero ahora la mitad de mi sueldo lo destino a pagarme la Universidad. Por ahora no tengo ningún apuro. Con mi madre me llevo bárbaro, me re divierto, cada una respeta su espacio y pasamos muy bien", asegura.
Otro cambio sustancial respecto a generaciones anteriores se da en que hoy es posible una mejor convivencia. "Las relaciones con los padres son superficialmente mucho menos conflictivas de lo que solían serlo en los 60, por ejemplo. Hoy, aunque haya poco diálogo entre padres e hijos, el conflicto generacional está diluido. Hay más tolerancia. Cuántos jóvenes de los Sesenta -lo comparo con esa década porque es la que impone un modelo de autonomía juvenil mucho más rápido- se iban de la casa persiguiendo una utopía que sus padres no entendían. Eso que podía ser un motivo para alejarse, hoy está muy atenuado. En general, cada uno hace su vida y nadie se mete. Nadie te controla, podés venir a dormir con tu novio a la casa. Antes los jóvenes se iban rápido porque querían vivir con sus propios valores y patrones. Eso ya fue", dice el psicólogo.
INEXPERIENTES. Ahora, también es cierto que prolongar en demasía el momento de la emancipación del hogar puede tener sus costos. No es lo mismo comenzar a manejarse solo a los 20 años que a los 35.
Si bien el psicólogo Luis Correa no es partidario de generalizar, asume que "en principio", tardar demasiado en irse de la casa puede tener consecuencias negativas. "Cuando por fin te decidís a ser autónomo, te falta mucha experiencia. Así es que, luego, observás que se forman parejas en las que las expectativas no se cumplen".
Para graficarlo, el terapeuta cuenta una anécdota típica de consultorio, protagonizada por un paciente que abandonó la casa de su madre recién luego de casarse, a los 30 años. "Se enojaba con su esposa a los pocos días de convivencia porque cuando ella se levantaba lo dejaba durmiendo, en lugar de despertarlo. Esperaba que hiciera como la madre, que durante 30 años le dijo: "Nene, despertate que llegás tarde".
Alquilar es la única opción, pero aún así existen grandes escollos
Florencia Fascioli tiene 24 años y en marzo pasado logró irse a vivir sola tras mucho tiempo de fantasear con la idea y seis meses de intentar concretarlo.
"En mi casa no encontraba mi propio espacio y ya era tiempo, entre otras cosas, también para mejorar mi vínculo con la familia", explica, a la vez que afirma que el principal obstáculo que encontró fue económico.
Ella trabaja en una ONG y es editora audiovisual free lance, por lo que sus ingresos fijos son muy bajos. Pero gracias a la ayuda de su familia, consigue solventar un alquiler y demás gastos.
Esa es también la gran dificultad para Mauricio Santellán, quien con 29 años y un trabajo en la DGI, ve el proyecto de irse aún lejano. "Pienso en irme todos los días. Pero hice las cuentas y por ahora es imposible".
La falta de dinero para el acceso a una vivienda es el escollo más mencionado, entre los jóvenes que fueron consultados.
Una vez que ese problema es superado, la solución suele ser una: alquilar. Pero los precios actuales y las exigencias en las garantías son los siguientes dolores de cabeza.
"Después de la crisis, hay más arrendatarios jóvenes, en particular los nuevos. Si se van a vivir solos la alternativa es casi únicamente alquilar, ya que no ha habido planes del BHU, alternativa que se solía utilizar, sobre todo aquellos cuyos padres previsores les habían abierto una cuenta", dice el director de la revista Propiedades, Julio Villamide.
Si bien no hay datos de los arrendatarios por edades, el experto inmobiliario asegura que entre los años 2004 y 2005 se observó una cantidad importante de jóvenes en el mercado, ya que el valor de los alquileres todavía estaba bajo y resultó un estímulo importante para que ellos consideraran la independencia del hogar paterno.