A nadie le importa tanto nuestro grano, nuestra arruga o nuestra estría como a nosotros mismos. Parece una conclusión sencilla para un libro que recorre siglos de historia de la belleza, se detiene en la ciencia detrás de la cosmética y busca explicar qué necesita realmente la piel. Pero quizás por eso Lucía Vázquez Sica eligió llegar hasta ahí.
“Tu mamá, tu pareja, tu amiga, tu hijo, tu perro te quieren más allá de eso. Vos sos feliz o infeliz más allá de eso”, dice. “La vida te va a pasar por arriba o te va a dar cosas maravillosas seas fea o seas linda. Tu valor no está ahí, por suerte”, desarrolla en charla con Domingo.
Esa idea atraviesa Belleza Química, el primer libro de la comunicadora uruguaya, que durante años construyó en redes una comunidad alrededor de la cosmética y el cuidado de la piel. Lo que comenzó hablando de ingredientes, productos y rutinas terminó convirtiéndose también en un espacio para discutir los mandatos que pesan sobre los cuerpos, el consumo y las contradicciones de una industria que promete ayudarnos a sentirnos mejor mientras necesita, en buena medida, que siempre encontremos algo nuevo para corregir.
Publicado por Urano, el libro llevó algo más de un año entre escritura, edición, corrección y diseño. Vázquez ya estaba acostumbrada a trabajar escribiendo y es, además, correctora, pero enfrentarse a un libro propio resultó diferente. “Mucha terapia”, responde entre risas cuando recuerda el proceso.
Siempre se consideró una persona introspectiva y encontró en la escritura una forma de comunicación más cómoda que otras. Pero esta vez había que ordenar no solo información, sino también una historia personal. Su abuela era cosmetóloga y ella llegó al skincare de la mano de una amiga. En las páginas recupera esos comienzos, experiencias propias y vulnerabilidades, sin abandonar un humor que también se volvió parte de su manera de comunicarse.
El proceso, admite, la hizo pasar “por todas las emociones” y el resultado fue un libro que combina historia, ciencia y herramientas prácticas, pero que intenta responder una pregunta bastante más amplia que cuál crema conviene ponerse por la noche: por qué nos preocupa tanto vernos de determinada manera.
La rueda de la belleza
Para buscar una respuesta, Vázquez retrocede varios siglos. Belleza Química recorre prácticas e ideales estéticos desde la Antigüedad hasta llegar al presente, cuando el skincare ocupa baños, conversaciones y pantallas. Y entre tantos cambios encontró una continuidad incómoda: “Nada es nuevo”.
La ciencia y los productos avanzaron, pero las preocupaciones permanecieron. “La rueda sigue girando a costa de nuestras inseguridades”, resume. Tampoco la presión estética sobre las mujeres nació con Instagram. A lo largo de la historia existieron ideales que alcanzar y prácticas, algunas extremas, para intentar conseguirlos. Lo novedoso, sostiene, es la velocidad. Las redes sociales aceleraron un mecanismo que antes necesitaba mucho más tiempo para modificar aquello que se consideraba deseable. Hoy los estándares pueden cambiar prácticamente al ritmo de las tendencias. “Hace dos años estaba de moda ponerse hialurónico en los labios y ahora es lo más terraja que podés hacer”, ejemplifica. A eso se suma una sucesión permanente de productos, tratamientos y procedimientos que prometen resolver nuevas preocupaciones.
La relación entre industria e inseguridad es, para Vázquez, “el gran dilema del huevo o la gallina”. Los seres humanos siempre buscaron la belleza y la cosmética surgió también de ese deseo. El problema aparece cuando esa búsqueda se combina con otros sistemas de poder. “Se alía con sistemas como el capitalismo o el patriarcado para jugarnos en contra. Si todas las mujeres fuéramos más seguras, no sería una industria multimillonaria”, afirma.
La respuesta, sin embargo, no es abandonar la cosmética. Uno de los equilibrios que busca el libro es precisamente evitar ese extremo: se puede disfrutar de una crema, un maquillaje o un ritual sin convertir el aspecto físico en el centro de la vida. La frontera está, para ella, en la obsesión. “Obsesionarte con una mancha, un grano, una arruga no es autocuidado”, sostiene.
Una comunidad que empezó hablando de cremas
Esa mirada también definió la comunidad que Vázquez fue construyendo. Ella misma la considera relativamente pequeña (unos 15.000 seguidores en Instagram) y cree que existe una razón: quienes permanecen saben qué van a encontrar. Con los años también fue filtrando a quienes buscan respuestas que chocan con la evidencia científica.
Su recomendación frente a la avalancha de consejos que circula en internet es bastante menos espectacular que la promesa de una rutina perfecta: consultar profesionales. Un dermatólogo, cosmetólogo o médico cosmetólogo puede determinar qué necesita una piel y evitar la sucesión de compras por ensayo y error. Y después, sí, seguir influencers, mirar recomendaciones y disfrutar de los productos, pero “tener criterio y no dejarse llevar por el consumismo”.
En una industria atravesada por promesas de transformaciones rápidas, productos imprescindibles y soluciones que se renuevan al ritmo de las tendencias, esa forma de comunicar no es un detalle menor. Vázquez ocupa un lugar que todavía parece necesario reivindicar en las redes: el de quienes pueden hablar de belleza sin prometer milagros, reconocer los límites de un cosmético, derivar a profesionales cuando corresponde y, sobre todo, admitir que no todo lo que se presenta como un problema necesita una solución. Su credibilidad se juega, justamente, en esa honestidad.
Para alguien que trabaja precisamente en redes, sostener ese criterio implica enfrentarse también a sus propias contradicciones. Están las marcas, los canjes y las propuestas económicas; decidir qué aceptar, qué recomendar y en qué momento un espacio de comunicación corre el riesgo de convertirse en “Teleshopping”. Pero existe otra tensión, más íntima: pasar tantas horas dentro de un universo que muestra permanentemente cómo habría que verse. Por eso empezó también a hablar de otras cosas. Mostrar que no vive “por y para la estética” fue una manera de recordar —y recordarse— que existe un mundo interior bastante más amplio.
Quizás las devoluciones más significativas de su comunidad sean justamente las que terminaron alejándose de la cosmética. Vázquez recuerda mensajes de personas que, a partir de contenidos que compartió, entendieron que algo que estaban viviendo no era normal y buscaron ayuda. Algunas terminaron diagnosticadas con endometriosis; otras acudieron a un psiquiatra o comenzaron terapia.
“Nada que ver con cosmética, pero al final me parece lo más loco y lo mejor que me dejó la red social”, dice. A eso suma las mujeres que empezaron a sentirse “un poco más felices” con ellas mismas y con sus cuerpos.
Lo que la piel necesita
A lo largo de 221 páginas, Belleza Química también baja a tierra una industria que puede hacer parecer imprescindible una interminable lista de productos. La explicación de Vázquez sobre lo que realmente necesita la piel es bastante más breve: estar limpia, protegida del sol y, cuando existe una enfermedad o condición, recibir el tratamiento correspondiente. Después comienza el terreno de lo estético, que no tiene por qué desaparecer, pero sí ponerse en perspectiva.
“No nos puede preocupar todo al mismo tiempo: el poro, la arruga, la mancha y la mar en coche. Hay que elegir”, dice. Cuando absolutamente todo empieza a parecer un problema, propone mirar no solamente el espejo, sino también cuánto tiempo estamos pasando frente a las redes. “Si todo te preocupa probablemente es porque le estás creyendo demasiado al marketing”.
Esa distancia aparece también en la estructura del libro. Al final de cada capítulo, Vázquez deja una idea “para quedarse”: una síntesis que intenta separar lo importante del ruido acumulado alrededor de la belleza. Si tuviera que hacer lo mismo con el libro entero, la conclusión sería que “la vida es mucho más simple de lo que parece”.
El libro termina entonces bastante lejos de una promesa de perfección. Después de recorrer ingredientes, rutinas, ciencia, historia y siglos de cuerpos sometidos a ideales cambiantes, la propuesta no es dejar de interesarse por la belleza, sino devolverla a una escala más pequeña. “Ponete la crema, divertite, pintate los labios de rojo un martes a las ocho de la mañana, usá minifalda, pintate el pelo de rosa a los 80”, dice Vázquez.
Porque el grano aparecerá, la piel envejecerá y el próximo ideal seguramente llegará antes de que hayamos alcanzado el anterior. Mientras tanto, advierte, existe un riesgo bastante mayor que tener una arruga: quedarse tan enfrascado en corregir el cuerpo que la vida ocurra en otra parte.