La traición de la misión

IGNACIO ÁLVAREZ

En los últimos días se destacaron dos dolorosos casos policiales con un denominador común: víctimas indefensas que cayeron en manos de quienes ejercían un cargo de poder y que -para peor- tenían el deber de velar por los demás.

Por un lado el catequista indagado por manosear niñas de entre 3 y 9 años, y por otro el asesinato de Michel Mariño por parte de un policía de Piriápolis.

Este último no presenta dudas, y el juez de la causa fue terminante al considerar que se trató de "una ejecución a mansalva por el agente M., y lo que es peor, por la espalda", a menos de tres metros de distancia. Sabido es que el joven mecánico corría picadas ilegales en su camioneta, y había desobedecido dos veces la orden de detención dada por la policía. Pero después de escuchar algunos comentarios, me indigna tener la necesidad de subrayar lo obvio: ¡no por eso te tienen que coser a tiros! Además del sentido común, del humanismo, de los valores y de los derechos humanos, por suerte existe una ley que regula claramente cuándo y de qué forma un policía puede hacer uso del arma que la sociedad le da para que nos proteja. Y la proporcionalidad de la respuesta es un concepto elemental que rige tanto para el uniformado, como para el ciudadano común que pretenda ampararse en la figura de la legítima defensa a la hora de justificar su ataque al ladrón que lo asaltó.

Lo de este policía fue repugnante por donde se lo mire. Mató como un perro, de cinco balazos, a un hombre cuyo único pecado fue una falta menor, y después pretendió ensuciarlo, plantando un rifle en la camioneta, inventando que Mariño lo había apuntado con un arma.

La farsa no tuvo larga vida, como tampoco la tuvo Michel, cuyo hijito de seis años dejó sobre su ataúd la cometa que le había regalado para remontar juntos en esta primavera.

El otro caso es más vidrioso, y la Justicia aún no ha reunido pruebas para procesar al catequista en cuestión. Pero cada vez son más las denuncias que se acumulan, y es difícil imaginar por qué habría de existir una conspiración en contra de ese docente. Claramente, todo apunta a que detrás de su carisma, su simpatía, su don de gentes y su cordialidad, este catequista escondería una tendencia compulsiva y patológica que expresaría una desviación sexual orientada hacia los niños.

Algo difícil de probar para la Justicia, en la medida que un manoseo no deja huellas detectables por un forense, como sí deja una violación; de ahí importancia de las pericias psicológicas que se están desarrollando, y de los testimonios recabados en la sede judicial.

De todas formas, más allá del fallo, sería buena cosa que en el futuro se evite que esta persona vuelva a estar en contacto con niños, como debió hacerse en su momento ante la primera denuncia. Allí debió actuarse de inmediato y no barrerse para abajo de la alfombra, ni pretender tapar el sol con un dedo, ni apostar a la conversión divina. Ahí está el Papa Benedicto pidiendo perdón por el mundo entero.

Y es indignante que los acosadores sean los que predican la Palabra de Dios, aunque se haya hecho costumbre. Es más, fui a dos colegios católicos, y en ambos había un cura que te toqueteaba. ¡Y hablo de los varones! Hace unas semanas mis ex compañeros del colegio recordaban al Padre "ven, siéntate a mi lado que te toco un poco". Y con mis amigos del liceo siempre nos acordamos del cura más canchero, que siempre nos invitaba a su oficina a tocar la guitarra, nos abrazaba y nos daba unos besos que de a poco se iban arrimando a la comisura de los labios, hasta que huíamos a clase. Tengo entendido que con los años la cosa pasó a mayores, y fue trasladado a otro colegio de la misma congregación, donde seguiría besando a otros niños.

igalvar71@hotmail.com

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