CATERINA NOTARGIOVANNI
Lunes, cinco minutos pasadas las doce del mediodía, Robert Brites y Luis Denis están listos para empezar una nueva jornada. Sobre la guantera del camión está la hoja de ruta elaborada por Brites, el conductor, hombre que "tiene un GPS en la cabeza", según su compañero. Quince direcciones, quince solicitudes de visita, quince incógnitas sobre la cantidad (y calidad) de las donaciones con las que terminarán un recorrido de cuatro horas y 105 kilómetros.
Ambos trabajan en el Grupo Aportes de Emaús, organización sin fines de lucro fundada en Francia en 1949 que recolecta objetos en desuso y los recicla para donarlos o venderlos a precios bajos.
Así, al mismo tiempo que Denis y Brites retiran un televisor de una vivienda del Buceo, en el local de la calle Brandzen 2064 Cecilia toma una nueva solicitud de donación, José Luis intenta reparar un microondas, Margarita vende una camisa de segunda mano y Ana busca un par de zapatos talle 43 para un joven sin hogar que acaba de ingresar descalzo a pedir ayuda.
Esa circularidad cotidiana corrobora una de las premisas más repetidas por Denis a los donantes: todo sirve, todo se recicla. Aún los objetos que ellos no pueden reparar tienen un público interesado: los hurgadores, visitantes cotidianos de aquel enorme galpón.
Eso sí, quien crea que puede llamar a Emaús para limpiar su casa de trastos viejos está equivocado. Como bien señala Denis, "una cosa es ser solidario y otra es dar algo que molesta o no le sirve a nadie".
City tour solidario. La primera parada del camión resulta frustrante porque no hay nadie en la vivienda. Denis espera unos segundos, levanta los hombros en un gesto de resignación y deja un imán de la organización pegado a la puerta. "A veces pasa", comenta sin malestar. Aunque la logística de trabajo del grupo Aportes incluye una llamada el día previo a la visita del camión, un ínfimo porcentaje de los donantes no están en sus hogares a la hora señalada.
La marcha continúa hacia la segunda parada: un edificio de la calle Francisco Canaro. Luego de unos minutos, un joven se acerca a la puerta portando una cocina de cuatro hornallas. "¿Ves? Hay personas que cargan ellos mismos las cosas", comenta Denis. La cocina tiene una pérdida de gas, advierte el donante. Nada de qué preocuparse, responde Denis, sabedor de que tiene arreglo.
Todo lo contrario a lo que sucede con el lavarropas corroído y el sillón de dos cuerpos rasgado que entrega el tercer donante, un hombre casado, de 67 años, que está sin trabajo desde la crisis de 2002 y que debe mudarse por no poder afrontar el alquiler. A decir verdad, su situación y la del apartamento (lleno de humedades y paredes descascaradas) parecía más próxima a quien recibe, que de quien da.
De hecho, el 90% de las viviendas visitadas corresponde, a simple vista, a personas de estratos medio y medio-bajo de barrios como Cordón, Carrasco Norte, Malvín, Punta Gorda y Atahualpa. "Es variable, a veces nos llaman de Pocitos y cuando llegamos vemos que son cosas que no le sirven a nadie, y de repente ese mismo día un vecino de Nuevo París nos dona un ropero espectacular. Lo que puedo decir es que te sorprendés de los que menos imaginás", cuenta Cecilia, telefonista del grupo.
Tal podría ser el caso de una vecina del complejo de viviendas José Pedro Varela, ubicado en la Cruz de Carrasco, que donó una estufa a gas de trece kilos, un botiquín y tres bolsas grandes llenas de ropa. "Uno siempre tiene cosas de más", explica la señora, enfermera de profesión.
"La gente más humilde es la que más consciencia tiene de ayudar al prójimo", opina Denis. "Incluso muchos se ofrecen a dar clases de idiomas o se ponen a la orden para dar una mano", acota Brites.
El camión vuelve a su ruta. En la sexta parada, cerca de Avenida Italia y Bolivia, espera un matrimonio mayor (donantes frecuentes de Emaús) que entrega el juego de comedor que se compraron cuando contrajeron matrimonio, 54 años atrás. "A veces uno se cansa de los mismos muebles", se adelanta a responder la hija de la pareja. A dos cuadras de allí vive otro hijo del mismo matrimonio, que dona un sillón de tres cuerpos en perfecto estado, un par de bolsas con ropa y una máquina de coser antigua con pie de hierro. "Hay líos internos", cuenta la esposa a propósito de la posibilidad de donar la máquina. "Era de mi abuela, ya no la usamos, pero él no quiere darla", agrega. Para cuando llega el turno de cargarla en el camión la decisión está tomada: "Ésta se queda", dice la mujer.
A lo largo del viaje Brites y Denis cuentan algunos pormenores de su trabajo, como por ejemplo las dos donaciones más curiosas que recibieron: un bote de fibra de vidrio y un esqueleto humano completo perteneciente a un estudiante de medicina. Que en zonas de alto poder adquisitivo no es raro que les entreguen objetos nuevos, posiblemente regalos de casamientos que nunca fueron usados. También relatan de aquellos que se van del país y donan todo su mobiliario.
Paralelamente dan cuenta de la breve lista de artículos que no levantan, como piletas de lavar de hormigón, fotocopiadoras, sillones de odontólogos, papel en general, computadoras y materiales de construcción. Cuando se trata de objetos grandes ubicados en lugares difíciles, como un piano por ejemplo, Emaús lo recoge siempre y cuando el propietario contrate quien lo saque de la vivienda.
El tour solidario habrá recogido al final del día tres heladeras, una cocina, tres lavadoras, una televisión 21 pulgadas, una cama de una plaza, dos sillones de dos y tres cuerpos, un juego de comedor de seis sillas, un video grabador (VHS), una estufa a gas, media docena de bolsas de ropa, juguetes y otros varios artículos. De las quince visitas programadas, sólo dos no se concretaron por ausencia de los donantes.
el después. El material donado que levantan Brites y Denis se clasifica primero y se acondiciona, ya sea para la venta como para la donación. La ropa es lavada y secada en el local de Brandzen. De ser necesario, se envía al taller de reciclado de ropa, obra social que brinda formación a unas 12 mujeres por año. Lo mismo con los muebles, que van para el taller de carpintería.
En los largos percheros de Brandzen se pueden conseguir camperas a $ 60, sacos de vestir para hombres a $ 70, camisas a $ 60, pantalones a $ 100, chalecos a $ 40 y hasta vestidos y trajes de fiesta completos a $ 150. Los precios bajos obligan a las vendedoras a estar atentas a los oportunistas propietarios de tiendas de segunda mano. "Ya aprendimos a identificarlos y en esos casos tratamos de controlar la cantidad de ropa que se pueden llevar", señala Margarita, vendedora y docente del taller de reciclado. Pero se trata de casos excepcionales. Buena parte de quienes se acercan son personas pobres que llegan con una carta del Mides (único acuerdo que tienen con el Estado) que sirve de constancia de la precaria situación en la que están. Muchos de ellos viven en la calle o en refugios. Cecilia, la telefonista, cuenta de personas que van a buscar una muda de ropa donada y después regresan a comprar. "Te dicen que gracias a la ropa consiguieron trabajo. Es muy reconfortante".
"Lo que más nos hace falta es ropa y zapatos para hombre", acota Ana, encargada de la indumentaria en donación. Lo poco que llega está tan usado que "da vergüenza" donarlo. "La mujer cambia el vestuario más seguido", explica Margarita.
Los electrodomésticos pequeños, como televisores, microondas, radios y videos son reparados allí mismo por José Luis, quien explica que deja funcionando un 50% de lo recibido. El reciclaje de heladeras, cocinas y lavarropas está limitado por el espacio disponible y el tamaño de los artefactos. Cuando no se puede, se dona a los hurgadores que pasan a diario.
El Grupo Aportes de Emaús también envía donaciones al interior del país, y es de los primeros en reaccionar enviando ropa, colchones y otros insumos en casos de inundaciones o incendios que dejan en la calle a familias enteras.
Los quince sueldos de los funcionarios y los talleres de formación se solventan con el dinero recaudado en la venta, unos $ 2.000 a $ 3.000 por día. En el grupo todos son empleados y toman las decisiones estratégicas en conjunto. El local, los dos camiones y las herramientas básicas para empezar a funcionar fueron aportadas por Emaús Internacional (ver recuadro).
Todos los consultados coinciden: los uruguayos son cada vez más solidarios. A veces necesitan enfrentarse a determinada realidad para reaccionar. Otras, no tienen tiempo para serlo. Tal vez por eso , cuando llega la primavera y sus ímpetus de renovación, aumenta considerablemente la cantidad de veces que suena el teléfono en Emaús.
Detalles de una organización con historia
Emaús Internacional es un movimiento fundado en Francia por el sacerdote Henri Grouès, conocido como Abbe Pierre, en el año 1949. Su desembarco en Uruguay es producto del trabajo del padre Atanasio Sierra, y data del año 1954. Los principios básicos de Emaús son "servir primero al que más sufre" y "luchar contra las causas de la miseria".
Actualmente hay 306 grupos repartidos en 36 países y cuatro continentes. El grupo Aportes es uno de los cuatro existentes en Uruguay, siendo el de Nuevo París el más grande y antiguo del país. También hay Emaús en Maldonado y Canelones.
Emaús Internacional apoya la instalación de los grupos donando camiones, locales y herramientas, pero posteriormente cada uno debe hacerse autosustentable. Si bien trabajan con parámetros en común y están conectados, cada grupo tiene autonomía.
El grupo Aportes cuenta con 15 empleados, todos con el mismo salario, sustentado gracias a las ventas económicas. Las decisiones y los planes de trabajo se toman en conjunto. Paralelamente existe un grupo que coordina con las demás "filiales".
La venta económica del grupo Aportes se realiza de lunes a jueves de 14 a 17 horas y los sábados de 10 a 16 horas, en la calle Brandzen 2064. Allí se puede conseguir ropa, muebles, electrodomésticos, libros, revistas, zapatos, elementos de computación, artesanías, maderas, discos, juguetes, puertas y ventanas, etc.
Quienes estén interesados en donar deben llamar a los teléfonos 409 2263 y 409 7762 para agendar una visita.