La sensación térmica

LIC. VERÓNICA MASSONNIER

En los últimos años nos hemos habituado a manejar el concepto de "sensación térmica". Lo empleamos tanto para los informes meteorológicos como también, en gran medida, cuando hablamos de la seguridad ciudadana. Y hemos comprendido que no es lo mismo el dato "objetivo" que lo que sentimos subjetivamente. En este marco ¿qué es entonces lo importante, saber que hace frío o sentir frío?

Hoy, que estamos bombardeados por información mundial que habla de "crisis", el concepto de "sensación térmica" se hace especialmente importante. Y vale la pena recordar algunos autores que hace años analizan el concepto de "psicología económica". Desde esta perspectiva, la persona (el consumidor) no solamente gasta (o ahorra) en función del dinero que efectivamente tiene, sino que lo hace en función de una sensación subjetiva de abundancia o de escasez. Aunque en el presente su situación esté incambiada, las decisiones de compra, ahorro, inversión o retracción, van a estar impregnadas por esta mirada subjetiva acerca del futuro. En realidad la persona actúa no tanto en función del presente, sino de las perspectivas de crecimiento que perciba en el horizonte temporal.

En ese mismo sentido, la psicología económica muestra que las "expectativas de éxito" conducen a decisiones proactivas y firmes e inciden decisivamente sobre un resultado positivo. En cambio, las conductas inducidas por la desconfianza en el futuro tienen consecuencias limitantes (como "profecías de autocumplimiento").

También se habla de la "resiliencia", que alude -en este caso- a la capacidad de los seres humanos de recuperarse después de una condición dolorosa. Algunas personas muestran una capacidad mucho mayor que otras para, luego de un golpe, volver a ser los que eran, volver a confiar, apostar al futuro. Todos conocemos el ejemplo de quienes luego de una pérdida (laboral o afectiva) decayeron en su optimismo y su capacidad de realización, en tanto otros -en similares circunstancias- lograron recomponerse y luchar por la sobrevivencia.

La sociedad uruguaya todavía experimenta, de manera muy cercana, las "cicatrices" de 2002. Este pasado reciente está impregnando la mirada colectiva, y de algún modo puede producir un efecto de "sobrerreacción" producido por una "preparación extrema", que nos conduzca a una retracción anticipada, restándonos vitalidad y capacidad de construcción.

Sin embargo, ese período dejó algunos aprendizajes interesantes que debemos rescatar. Para algunas empresas fue un momento de "empatía" en el que lograron acompasar las necesidades del público a través de propuestas que tomaban en cuenta la realidad en todos sus matices. Para muchos consumidores fue también una oportunidad para liberarse de algunos hábitos que ya no tenían mayor sentido, y permitirse probar nuevos productos y marcas: el escenario de cambio fue la ocasión para revisar viejas conductas, y de allí surgió un consumidor más libre, menos apegado al "deber ser" y más abierto a experimentar.

La gran pregunta en este momento es ¿cómo actuaremos, como sociedad e individualmente, frente a un nuevo escenario de incertidumbre? ¿Dejaremos que nos invada la "energía de crisis"? ¿Lucharemos por encontrar oportunidades? Estas preguntas son totalmente válidas para lo individual, y también para lo colectivo. Sabemos que debemos cuidar los recursos (naturales, económicos) para preservarnos en un entorno potencialmente difícil. Pero también sabemos que si nos dejamos invadir por una energía de temor y pesimismo, no seremos capaces de descubrir los espacios que, en cualquier circunstancia (por adversa que sea) subyacen.

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