FACUNDO PONCE DE LEÓN
A todos nos ha pasado alguna vez que un haz de luz entra por la ventana y nos descubre que el aire está lleno de partículas de polvo que no veíamos hasta que ese rayo de sol se coló en el cuarto. Tampoco vemos que sobre nuestro cuerpo se posan por día millones de microbios que realizan sus planes de vida sobre nuestra piel. Todavía recuerdo la impresión que me causó enterarme de esto: con un microscopio se ven los miles y miles de seres vivos que están constantemente viajando por nuestra superficie.
Ni siquiera percibimos que lo que comemos diariamente transforma nuestro cuerpo casi invisiblemente: el café con leche que desayuné hizo que mis uñas y mi pelo crecieran milímetros, que mi piel aumentara imperceptiblemente sus niveles de grasa, o algunas células mueran y otras nazcan. Aunque no lo vemos sabemos que eso pasa cada vez que nos alimentamos.
Nuestra relación con la Tierra es seguramente la más paradójica de todas las relaciones que entablamos en nuestra vida. La naturaleza es nuestra peor enemiga y nuestra mejor amiga simultáneamente, nada más contradictorio y cierto que esto. El frío nos enferma y para evitarlo nos abrigamos: ambas cosas están en la naturaleza, el frío que te congela y la lana que te cobija: lo que te enferma y lo que te cura. En verano, la naturaleza nos da un sol que nos sofoca y nos da un mar donde alivianar el sudor. En el mar nos pone un agua viva que nos lastima y en la arena un remedio contra el ardor. El mate me hace mal al estómago y me excita, el tilo me alivia el ardor estomacal y me calma.
La forma más sistemática de esta increíble contradicción en nuestra relación con la Tierra es la homeopatía: buscar en la esencia de plantas y flores el remedio a las enfermedades que nos causa la naturaleza. Con la esencia de la flor me curo de la alergia que me produce esa misma flor o una de su misma familia.
Las túnicas blancas de los científicos, los tubos de ensayo, las farmacias, hospitales y los blísteres de medicamentos no deberían confundirnos de esta relación original de la que no hemos escapado: vamos constantemente a la naturaleza a buscar que nos cure o nos proteja de los males que ella misma nos da. El impresionante desarrollo de la ciencia médica no es otra cosa que profundizar en esta relación.
La naturaleza nos sigue enfermando y enviándonos catástrofes como tsunamis, epidemias, nuevos virus y ahora en Uruguay el dengue autóctono, que no nos picaba desde 1916 y la semana pasada volvió a aparecer en Salto. Pero también en la naturaleza encontramos cómo prevenirlo: los repelentes y las fumigaciones tienen su origen en algún elemento natural aunque nosotros transformándolo generemos sustancias químicas manufacturadas o sintéticas. Por ejemplo: el piretroide, que es la sustancia con la que se está fumigando para evitar la propagación del dengue, es una desviación de las piretrinas, compuestos naturales que tienen propiedades insecticidas y se encuentran en el extracto de ciertas flores de crisantemos. Los científicos las manipularon para evitar efectos alérgicos en humanos e insecticidas en el propio ecosistema. Pero forman parte de la naturaleza tanto como el mosquito.
El agua estancada, como se repitió cientos de veces, es la morada ideal para la propagación de huevos y larvas del dengue. Esta semana se encontraron 181 larvas en Montevideo. ¿Y qué significa tirar el agua que quedó estancada? Significa, curiosamente, devolverla a la Tierra. El agua siempre debe correr, dejarla quieta en un lugar es matarla, aunque en esa muerte, la misteriosa naturaleza haga nacer un mosquito que nos lastima.