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Juan Grabois, la nueva estrella de la política argentina

Es calificado como "progre", es católico, es díscolo y es amigo del Papa Francisco. Una mirada desde Uruguay a un fenómeno político argentino.  

Juan Grabois
Juan Grabois, en una de sus tantas apariciones televisivas. Foto: A24

Como casi todas las estrellas mediáticas, un día está ahí, en la pantalla de televisión y en la de los "smartphones". La mayor parte de la audiencia no sabe muy bien cómo llegó, pero de pronto su presencia se multiplica en los medios. Y antes de darle el micrófono al protagonista, se largan las primeras y escuetas frases definitorias, a modo de introducción y presentación. En el caso de Juan Grabois esas frases son —principalmente— dos: “Dirigente social” y “amigo del Papa”.

En los últimos meses, la figura de Grabois (el apellido se pronuncia como lo indica la grafía, no “grabuá”) no ha parado de crecer en el debate político-mediático argentino. El activista y dirigente social tiene acceso a espacios a ambos lados de la agria y (cada vez más) agresiva grieta que separa al kirchnerismo del macrismo: puede ser tanto el invitado central del programa del furibundo antikirchnerista Luis Majul ("La Cornisa"), como uno de los entrevistados en alguno de los programas del canal “cristinista” C5N. ¿Cómo llegó a tener ese privilegio?

Juan Grabois y Luis Majul
Juan Grabois y Luis Majul, en acción. Foto: A24.

Origen pequeño burgués

Grabois, nacido en 1983, es en gran parte hijo “político” de la crisis económica y social que resquebrajó a Argentina en el año 2001. Ese mismo año, con 18 de edad, se fue del hogar familiar, ubicado entre los barrios Palermo y Recoleta, a un vivir por su cuenta en un apartamento pequeño en el bastante menos “cheto” barrio de Almagro. En esos juveniles tiempos, Grabois hizo un acelerado recorrido por la carretera que conduce hacia las metas de la clase media pequeñoburguesa: luego de independizarse de la matriz familiar se recibió de abogado (y se licenció en Ciencias Sociales), se casó y empezó a trabajar, primero en lo que pudo (un "call center") y luego como docente de Derecho en la misma universidad en la que se había graduado, la de Buenos Aires (UBA).

Pero también en esa época empezó la otra carrera de Grabois, una que de pequeñoburguesa tiene poco: la de la militancia social. Antes de cumplir 20, ya le estaba poniendo el cuerpo a la realidad de los miles de recicladores de basura (“cartoneros”) que fueron la expresión más descarnada de la debacle del gobierno delarruista.

En ese contexto, su impronta empezó a ejercer cada vez mayor influencia y atracción: fue uno de los fundadores del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), que hoy aglutina a un par de miles de militantes y más de 20.000 afiliados. También es uno de los dirigentes de la organización sindical Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP).

Parte del talento de Grabois para organizar y liderar probablemente venga de familia. Su padre fue un importante referente peronista: Roberto “Pajarito” Grabois. El padre de Juan empezó como un dirigente estudiantil que fue virando de posiciones de izquierda a unas más “ortodoxas” dentro del peronismo. Así recuerda el intelectual argentino José Pablo Feinmann  —que de joven fue parte de la más izquierdista Juventud Peronista —al padre de Juan Grabois en su libro "Peronismo, filosofía política de una obstinación argentina": 

“Había, sin embargo, encuadramientos que exhibían una fuerte ‘formación doctrinaria’. Las huestes del ‘Gallego’ Álvarez eran brillantes en esos aspectos. Los Demetrios también. El Frente Estudiantil Nacional de Roberto Grabois, un poco menos. Pero Guardia de Hierro —el encuadramiento que lideraba Álvarez—  tenía una solidez doctrinaria que la tornaba invencible”.

En esos ambientes se movía el padre y la mención al “Gallego” Álvarez y su Guardia De Hierro es pertinente, porque cerca de esa agrupación anduvo otra figura que hoy es importante en la proyección política del activista: Jorge Bergoglio, el actual Papa Francisco.

Si el padre había transitado el sendero que lo llevó de la izquierda a la ortodoxia peronista, el hijo sigue reivindicando una postura izquierdista. Sin embargo, Grabois también incorpora a su cosmovisión la fe cristiana. En varias intervenciones mediáticas, Grabois repite y suscribe a un lema que le es caro al Papa, resumido como el de “Las tres T”: Tierra, techo y trabajo.

En él, Marx y la Biblia no son incompatibles. Como tampoco lo es militar por el regreso de Cristina Fernández al Poder Ejecutivo y, al mismo tiempo, mantener una distancia de la corriente política que la expresidenta lidera. La convivencia —en un mismo sujeto político— de nociones y posturas antagónicas es un fenómeno argentino que desde Uruguay miramos con iguales dosis de reprobación y fascinación.

Pero Grabois no es solo una expresión llana de esas costumbres argentinas. Le sobra carisma y fotogenia, rasgos que cualquier programa de televisión se desvive por tener cada vez que enfocan sus cámaras. Aunque siempre parece transmitir un despreocupado desdén hacia nociones como “prolijidad” y “elegancia”, sus apariciones televisivas proyectan elocuencia, pasión (que a veces transmuta hacia una vehemencia casi pendenciera) y, también, ese tono canchero que desde este lado del río asociamos al porteño.

Ese cúmulo de rasgos lo ubicaron en la mira de los medios y, también en la de Cristina Fernández. Luego de una violenta charla radial entre Grabois y Jorge Lanata el año pasado, Cristina Fernández se contactó con él. Para Grabois iniciar un diálogo con la expresidenta fue, dice ahora, la comprensión de que la líder política no era como él había pensado. Sin desdecirse de las críticas a muchas de las medidas de los dos gobiernos de Cristina, empezó a apoyarla.

Francisco, por su parte, se había fijado en él mucho antes. En 2007, en plena era kirchnerista, Grabois le mandó una carta al entonces cardenal Jorge Bergoglio para invitarlo a una movilización callejera. Bergoglio lo llamó y le dijo que no iría, pero que quería conocerlo. A partir de ese momento, se entabló un vínculo entre el activista y el Sumo Pontífice que dura hasta hoy. Una de las expresiones de esa relación es la cuenta de Twitter de Grabois. En esa red social, el pelilargo polemista tiene más de 80.000 seguidores, pero él solo sigue a la cuenta oficial del Papa. Es difícil sacarle a Grabois cualquier declaración sobre ese vínculo. Puede ser muy locuaz sobre políticas públicas o movilizaciones, e incluso hablar en profundidad sobre los mensajes políticos del Papa. Pero nunca se pronuncia sobre su amistad con Francisco.

Juan Grabois y Papa Francisco
Juan Grabois y el Papa Francisco. Foto: Commons.

Su catolicismo, además, lo emparenta con otros referentes peronistas, aunque en otros temas pueda tener fuertes enfrentamientos con esos mismos referentes. Un reciente ejemplo es la disputa que tiene con Guillermo Moreno, el polémico exfuncionario del gobierno de Cristina Fernández. Ambos profesan la fe católica y apoyan al papado de Francisco, pero ni uno ni otro tiene pruritos en tirarse con munición gruesa.

Cuando Cristina Fernández sorprendió a todos diciendo que no aspiraría a la presidencia, Moreno y Grabois intercambiaron epítetos. “Grabois tiene la soberbia de los progres que le quieren explicar a los peronistas lo que está bien y lo que está mal”, dijo Moreno. “Tampoco me gustan los caniches de Perón, que son los Guillermo Moreno, que andan ladrando y cuando viene el perro grande se van corriendo”, respondió Grabois.

Cuando todo indicaba que Cristina Fernández sería candidata a la presidencia, Grabois prometía que aún así no la apoyaría incondicionalmente, y que estaría en la calle, movilizado, para ejercer presión sobre un eventual nuevo gobierno kirchnerista. Ahora que esa tercera presidencia de Cristina aparenta estar definitivamente descartada, Grabois estará aún menos condicionado políticamente, y sus próximos pasos llevan la signatura de la incertidumbre.

Pero su aura está lejos de desvanecerse. Con 35 años recién cumplidos, le queda poco tiempo para ser calificado de "enfant terrible". Su exitosa irrupción en el siempre inestable y cambiante ambiente político argentino parece haberle abierto un lugar a los díscolos y apasionados.

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