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La historia de Ausonia y Javier, entre el amor y los Títeres de Cachiporra

Fundaron su compañía Cachiporra en 1973. Este año fueron reconocidos como Ciudadanos Ilustres por la ciudad de Montevideo.

Javier Peraza y Ausonia Conde. Foto: Marcelo Bonjour
Javier Peraza y Ausonia Conde. Foto: Marcelo Bonjour

"La pregunta no es qué son los títeres para nosotros. No, la pregunta es qué somos nosotros para los títeres. Porque imaginate que este es nuestro año 46 y te puedo asegurar que si vas a nuestra casa está absolutamente llena de títeres. Tenés que pedirle permiso a los títeres para que te dejen vivir. Después a los perros. Se te va volviendo una cosa tan normal que convivís con ese arte. No es como otras cosas. Yo siempre digo: la gente que está en un grupo de teatro va, trabaja, tiene otra cosa, pero nosotros vivimos”.

Era 2019 y Títeres de Cachiporra estaba por estrenar Historia sin desperdicio. Faltaba poco menos de una semana para empezar las vacaciones de julio de un año normal. Sí, normal, o lo que significa la mayor normalidad a la que se puede aspirar si se mira en retrospectiva desde un año pandémico, la libertad de una sala atiborrada de niños y adultos, de risas a las que se les veían dientes y no solo ojos.

—Para que tengas una idea toda esta obra la ensayamos en la cocina de casa. Con dos ensayos en sala, nada más.

—En su casa pasa todo, entonces.

-—Proyectás el espacio escénico en la cocina o en el patio de atrás. Pero te acostumbrás, porque cuando pasan tantos años cada vez tenés más facilidad para imaginar.

Decía Javier Peraza, recostado sobre una silla del Teatro Circular, que lo que les sucede a ellos es algo así como lo que le pasaba a Beethoven, que era sordo pero se imaginaba las notas que había aprendido a lo largo de la vida. Ellos, Javier, su esposa y cofundadora de la compañía, Ausonia Conde, sus hijos Ernesto y Primavera, y sus nietos Martín, Ernesto y Rodrigo lo que hacen es imaginar los escenarios en el living, el patio o la cocina de la casa.

Crecer entre muñecos, telas, varillas e historias inimaginables

Ernesto, hijo de Ausonia y Javier, tiene 50 años y una vida entera entre los muñecos. Toda la familia trabaja en eso pero, dice, su hermana Primavera y sus hijos siempre fueron un poco más independientes. No comen, duermen y construyen títeres en el mismo lugar. Ernesto, su hijo Martín, Javier y Ausonia, sí.

“Cuando ellos empezaron con los títeres yo tenía 3 años. O sea que mientras ellos trabajaban, yo estaba entremedio. Me crié en este trabajo, entonces se naturalizó todo. No te cuestionás demasiado esa parte. Simplemente te gusta o no te gusta. Y si te gusta, te entusiasmás y seguís, como yo hasta ahora”.

Ernesto también comenta que trabajar en familia es que los límites estén totalmente diluidos. Es acordarse en el medio de un ensayo que hay que ir al almacén para hacer el almuerzo del otro día o hablar de títeres a la hora de la cena.

Martín, hijo de Ernesto y nieto de los fundadores de la compañía, empezó a ayudarlos en las funciones cuando tenía 11 o 12 años. Para él, sus momentos en familia son cuando está en el escenario. “El silencio que tenemos, la coreografía de saber dónde está y hacia dónde se mueve cada uno en la oscuridad, es algo que no se puede transmitir. Es para mí la conexión más profunda que tengo con mi familia”.

El único problema de trabajar en familia es, para él, que no siguen una fórmula: “Y no estamos queriendo cumplir nada en particular, no es que tenemos un objetivo más allá de lo que queremos hacer en ese momento. Hay mucha pasión todo el tiempo, pero a la larga es muy bueno para el resultado, pero es muy complejo de modular cuando vivís en familia, trabajás en familia, y todas las cosas que están implicadas”.

El principio de la compañía

La historia de los Títeres de Cachiporra comienza, en realidad, con el amor entre Ausonia y Javier.

Imagínese el lector a la Ciudad Vieja de 1968, la Galería U, en el edificio Ciudadela, al lado de la Galería A. Imagínese a Ausonia, de 24 años, que estudiaba en la hoy Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático y al salir de clase recorría las muestras de artes visuales que hubieran en la vuelta. Imagínese también a Javier, de 19 años, que ya era artista y ya exponía y que estaba en la Galería U un día que Ausonia, rulos y ojos celestes, entró.

Títeres de Cachiporra. Fotos: cortesía Ernesto Peraza
Los titiriteros trabajando en cerámica. Fotos: cortesía Ernesto Peraza

Las imágenes en la memoria de los protagonistas se van desvaneciendo, pero algo está claro: ahí, y en el encuentro siguiente el día del entierro de Liber Arce, empezó su historia de amor.

“Yo había terminado una exposición que había hecho con otro muchacho y un día nos encontramos y hablamos”, dice Javier, terminando el año 2020, con casi toda la familia sentada alrededor de la mesa de la cocina para la entrevista con Revista Domingo. “¡No!”, interrumpe la voz de Ausonia, que se apresura a dar su versión de los hechos.

—Era otro el expositor y allí lo conocí.

—Es verdad. La conversación central fue, como ella iba a todas las exposiciones, sobre la que estaba antes. Y lo primero que me contestó fue: ‘Eso no me gustó para nada’.

—Es que a mí me gusta o no me gusta.

—Más bien no le gusta.

Ausonia, que lo observa mientras él habla, no puede evitar la risa y la mirada de desaprobación cuando Javier añade que el “no” parece ser una palabra fácil para ella.

Al mes del entierro de Liber Arce estaban viviendo juntos en una pieza que alquilaron a pocas cuadras de donde están ahora, en el Cerro. “Yo siempre en la calle Suiza. Javier era de la cuchilla, del centro, de 18 de Julio”, responde Ausonia. La broma, el retar al otro intercambio constante con ritmo de debate se alterna con la escucha atenta a las anécdotas que trae a flote la entrevista.

El Cerro ha sido siempre el barrio de la familia de Ausonia, ya en la época de sus abuelos, y desde ese mes en 1968 se convirtió también en el hogar de Javier, y también de los títeres. En 1969 nació Ernesto, en 1971 Primavera. Ambos con el destino marcado. La compañía nació oficialmente en 1973.

Títeres de Cachiporra. Fotos: cortesía Ernesto Peraza
Los inicios. Fotos: cortesía Ernesto Peraza

No había casi antecedentes de los que pudieran nutrirse ni mucha bibliografía. Ausonia nunca antes había visto títeres, Javier una vez en cuarto año de la escuela. Él tenía el talento necesario para la parte plástica y lo demás fue todo al tanteo, a la prueba, al error, a transmitir a los muñecos aquello que Ausonia había aprendido en la EMAD sobre interpretación, movimientos corporales, voces, guiones.

Caleidoscopio, en El Galpón, fue el primer espectáculo hecho por otros que vieron pero, para ese entonces, ellos ya estaban trabajando.

“Cuando conocí a Javier, él era empleado en una mutualista. Yo dejé la EMAD, porque era doble horario, pero continué con la cerámica. Yo había ido al taller de Cachito Cabo y le transmití a Javier lo que yo había aprendido, que siempre fue mucho más habilidoso con la manualidad que yo. Y así estuvimos, ganando poquito; no nos hicimos ricos, pero fue nuestro ingreso por unos dos años y un arte que continuamos hasta el día de hoy. Por aquel entonces vendíamos en ferias”, relata.

Ausonia Conde en 1975
Ausonia Conde en 1975

Con la cerámica comían, pero los tiempos políticos que se estaban viviendo pedían algo más. Y la necesidad de decir cosas le fue ganando al apetito. “Si bien con la cerámica podías contar algo a través de las esculturitas, no llegabas a la totalidad, y yo venía del teatro y el teatro para mí es un arma”.

Hacer teatro era difícil. Ausonia nunca había pertenecido a ningún grupo, tampoco le cerraba la idea de hacer monólogos. La herramienta más accesible eran los títeres, con los que podían decir sin exponerse del todo.

Descubrieron así un universo impresionante que les ocupó el resto de los años que vinieron. Primero en dictadura, con todas las dificultades y la imposibilidad de actuar en las escuelas o la citación porque se llamaban “Cachiporra”.

Eran los años 70, la una de la mañana, y les golpearon la puerta para citarlos a la comisaría al otro día a las siete de la mañana. “Nos preguntábamos si presentarnos o no. Pero no había margen y fuimos. Fueron horas eternas. Nos preguntaron que por qué nos llamábamos así, si estábamos tomándole el pelo a la policía. Les explicamos que no, que el nombre venía de la obra de teatro Los títeres de Cachiporra de Federico García Lorca. Fue un susto, pero nos dejaron ir”.

— Los títeres fueron también el trabajo con el que criaron a sus hijos.

—Se sobrevive de lo que hacemos, nada más. No tenemos otro trabajo ni sueldo fijo, por eso digo que la remamos, que siempre estamos al borde del precipicio dando manotazos.

El desenlace y el reconocimiento

Por fuera la casa de los titiriteros parece todavía en construcción. Cemento a la vista, perros rescatados que ladran desde la terraza. Una reja, una puerta de madera de dos hojas. Un recibidor, un living vacío —con excepción de un aparador de piso a techo que delimita la pieza y está repleto de libros y la chimenea pintada de celeste, violeta, marrón y amarillo—. El espacio es suficiente para que, cuando el ensayo lo amerita, poder montar un retablo.

Javier Peraza, Ausonia Conde, Martín Peraza, Ernesto Peraza. Foto: Marcelo Bonjour
De familia. Javier, Ausonia, Martín y Ernesto, en el taller para hacer los títeres, una actividad que ya se transformó en tradición familiar. Foto: Marcelo Bonjour

Los títeres no están a simple vista, pero dominan la casa. Con pandemia y sin función, están perfectamente guardados en cajas negras a prueba de todo y con etiquetas. Este año la subsistencia ha corrido por cuenta de talleres que han dado a través de videollamadas.

En los 80 fue su primer viaje al exterior, a la Resistencia en el Chaco, Argentina. 1981 y Montevideo todavía era un lugar difícil para actuar. Pero el país vecino le abrió las puertas. En pocas palabras, Ausonia lo define bien: “Argentina fue nuestro medio de vida”. Así hasta la década del 2000, Títeres de Cachiporra fue una compañía que giró por América Latina, Europa, Estados Unidos y Canadá. “En Uruguay igual hacíamos funciones con 13 personas, pero íbamos a Brasil y eran 800 en el público”.

Pero también, de a poco, fueron conquistando al público uruguayo, uno al que hasta el día de hoy le cuesta bastante entender que los títeres no tienen por qué ser solo un espectáculo para niños, pero que los acompaña.

Aparecieron nominaciones y premios Florencio, funciones con la Comedia Nacional o la Orquesta Filarmónica, producciones propias en el Teatro Solís y otros escenarios de renombre. En 2013 un premio en Cuba a Mejor espectáculo extranjero. En 2020, el año en el que las funciones tuvieron que parar, se reconoció a Ausonia y Javier como Ciudadanos Ilustres de Montevideo (ver recuadro).

ciudadanos ilustres

El premio que les dio el 2020

“Yo no soy especialista en esto de ninguna manera, pero cada vez que tuve oportunidad de ver sus cosas, me quedé con la impresión de una gran creatividad”. El edil Mariano Arana atiende el teléfono a Revista Domingo y cuenta cómo fue reconocer a Ausonia y Javier, creadores de la compañía Títeres de Cachiporra como Ciudadanos Ilustres.

“Esa gente viene trabajando desde hace mucho tiempo, con una constancia, una dedicación, una sensibilidad, que me ha conmovido muchísimo, y ha conseguido que dentro del ámbito de su entorno se los reconozca”. Otros titiriteros del país fueron quienes se movilizaron para que sus colegas fueran reconocidos.

Añade Mariano: “La creatividad de esta gente viene por lo estético, pero también por la condición humana, las propuestas, las sensibilidades. Hay cosas que aprendimos todo gracias a ellos y me conmovieron más de grande que de niño. Por algo consiguieron tantas gratificaciones con gente que los apoyó y aprendió con ellos a esa apertura de las relaciones humanas”.

Repito la pregunta que les hice hace un año y medio atrás: “Qué son los títeres para ustedes?” Javier dice que “tienen una cosa particular”.

—Cuando vos sos actor, trabajás con tu cuerpo, con tu voz. Pero los títeres son cosas inanimadas a los que vos les das vida, alma. Vos tenés que desaparecer del mapa, porque el que tiene que estar vivo es el muñeco. Y cuando no estás actuando, todos los personajes están ahí y a veces me pasa de ver una valija con ellos adentro y parece que están esperando para salir, a ver si vos les das la chance. Pero este año están todos pobrecitos en depósito. Aunque se te van haciendo como seres que están ahí.

—Ausonia, ¿qué le pasa con eso?

—Yo a los títeres los extraño. Mi vínculo con los títeres es cuando los pongo en acción. Cuando están ahí, guardados, no es tan emotivo. Pero me gusta saber que están ahí. De los únicos títeres que no nos quedó nada, pero nada, salvo unas pocas fotos, fue de Fuenteovejuna.

En 1988 hubo un incendio. La casa era antigua, de madera por dentro, chapa por fuera y pasó algo con una vela. Se quemó absolutamente todo. “Lo único que quedó en pie en ese esqueleto fue el horno para la cerámica. Y el viejo de la Tragicomedia de Lorca y un teatro de madera que habíamos dejado en un depósito del Prado porque lo usábamos en Teatro en el aula”, recuerda Ausonia. “La heladera se había derretido”, añade Javier.

No quedaron ni platos, ni comida, ni cubiertos, ni baño, ni medias o zapatos, agua, luz, títeres. Hacía una semana que Ernesto había colgado en bolsas de nylon y con naftalina todos los personajes de Fuenteovejuna. “Perfecto para que los agarrara el fuego”, dice.

La gente del barrio se acercó enseguida con platos, cubiertos, comida, ropa, tela para los títeres. Se organizó un festival y con lo recaudado empezaron a comprar materiales para construir la casa de nuevo. Tenían que hacerlo ellos mismos porque no había plata para contratar un constructor. Así, una parte del día levantaban paredes y en la otra rearmaban los títeres. Había que trabajar.

El olor a quemado persistió varios años pero, poco a poco, el terreno de los Peraza Conde volvió a convertirse en un hogar, retablo, taller.

La primera obra que nació después del fuego fue el Circo de sombras. No tenían ni luz ni agua y usaban una lona por techo, pero para el teatro de sombras solo necesitaban velas e ingenio.

Fue con ese espectáculo que quedaron seleccionados para un festival que giraba por dos meses en Canadá y Estados Unidos, después de que un jurado los viera en una función improvisada en una iglesia de la calle Herrera (ver recuadro).

Volar colgados de la cola de un dragón

El espectáculo se llamaba Festín del dragón voraz y el elenco que lo realizaba era La Dame du Coeur, una compañía canadiense que suele manipular marionetas de gran tamaño en obras que realizan gratis y al aire libre en la ciudad de Quebec.

El equipo de Títeres de Cachiporra había llegado al lugar 15 días antes de que comenzara la gira por Canadá y Estados Unidos para la que habían sido seleccionados por un jurado que viajó por América Latina, a fin de conmemorar los 500 años del Descubrimiento de América. Entonces, Javier, Ausonia, Ernesto y un amigo de este que iba con ellos en lugar de Primavera consiguieron un trabajo con esa compañía. La tarea consistía en manipular tres partes del cuerpo de un dragón de 30 metros. A cada uno le tocaba algo: torso, alas, cola inflables.

Fue así, en un ensayo en la cima de una colina, que un viento muy fuerte los despegó del piso. Javier indica con sus manos que se agarró con todas las fuerzas al ala que le correspondía. “Cuando quisimos ver subimos despacito, y así mismo, despacito, volvimos a bajar hasta tocar el suelo”.

Martín, su nieto de 28 años, los observa silencioso mientras ellos narran las aventuras que han vivido a lo largo de estos 47 años. Es la tercera generación en unirse a la compañía y empezó a trabajar con ellos cuando ya hacían un Teatro Solís. Por eso, dice, puede hablar de Ausonia y Javier con cariño pero desde afuera.

“Vos en la mayoría de los grupos tenés un director que tiene una visión y todos se adaptan a eso. Acá tenés a mi abuela, que es muy buena desde el punto de vista dramático, dirigiendo, pero es muy seria y a veces es muy minimalista. Y mi abuelo, que es muy bueno con el tema plástico, lúdico y gracioso. Pero a veces se olvida que no todo se lo tenés que decir en la cara al espectador. Entonces es todo el tiempo una lucha de dos aspectos, que para mí siempre fue bastante gracioso porque son literalmente el símbolo del teatro que tiene las dos caretas, la triste y la feliz. Cuando sos chico escuchás los gritos y no entendés un carajo, pero crecés y te das cuenta de que es la pasión que hay en lo que los guía. Y el resultado funciona”.

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