Vidas

Un golpe a la exclusión

En el Cerro, 35 niños demuestran que el golf no tiene que ser un deporte elitista y que, como disciplina, inculca valores relevantes para su formación personal.

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El objetivo no es ser golfista, sino "tener proyectos". Foto: Ariel Colmegna.

Dos días a la semana, durante dos horas, Camila es la niña más feliz del mundo. Los martes y jueves, a eso de las tres de la tarde, baja las pocas cuadras que separan su casa, cercana a la Fortaleza, del Club de Golf del Cerro. Pasa a un costado de la Base Naval y se mete por un camino escoltado de árboles que forman un gran tubo y la conducen justo al galpón donde guarda los palos. Pide permiso, toma un bolso etiquetado con su nombre, agarra unas pelotas y sale a practicar antes de la clase. Calienta los brazos, calcula y da un golpe liberador. Cada vez está más cerca de su sueño: ser golfista.

Como ella, otros 35 niños —50 es el cupo máximo— practican golf en la "escuelita". Viven en la zona, a veces en contextos "críticos", donde las ofertas deportivas gratuitas no abundan. Tienen clases de una hora, pueden usar las instalaciones, reciben una merienda, el equipamiento para entrenar y un seguimiento de cerca sobre el rendimiento académico. Sin estudio, no hay golf.

"Que el golf se juegue en lugares a veces exclusivos no quiere decir que sea para ricos", dice Ney Escandón, uno de los coordinadores de la Escuela de Golf ChiMont (la primera nominación del club). "En este caso, promocionamos a través del deporte el crecimiento de los chicos como personas".

Camila, quien tiene 12 años y hace dos que practica golf, lo siente. "Acá aprendés respeto por los compañeros, por los profesores, por el entorno". Lo dice convencida, sin que suene a una frase grabada en un cassette. Es que a diferencia de otras disciplinas, en el golf hay normas de etiqueta —así le llaman— que no se pueden romper.

Y eso los niños de entre 4 y 15 años que van a la escuela lo saben. Hacen silencio cuando un compañero se concentra, no pasan delante de otro que está rematando ni intentan hacer trampa. Quizás ahí está la clave del juego. "En el golf uno es su propio árbitro y si comete una infracción debe autopenalizarse", explica el psicólogo Alejandro Heguy; los chicos tienen acompañamiento psicológico y están buscando recursos para contar con otros profesionales. De ahí que la "honestidad sea uno de los primeros valores que se intentan transmitir", agrega.

Pero el golf tiene otros atributos. Al ser un juego individual, comenta Heguy, el enojo es contra uno mismo, por lo que "trabaja la tolerancia a la frustración".

Justo Antony (15), compañero de clase de Camila, hizo un mal tiro. Respira profundo, vuelve a colocar la pelota, relaja los hombros e intenta superarse. Él ya compite a nivel nacional —tiene 10 de handicap— y sigue los pasos de Juan Álvarez, el número uno del país, también salido de la escuelita y el mismo barrio.

Las posibilidades de llegar a vivir del golf, como en el resto de los deportes, son pocas. Pero, reconoce Heguy, "se está empezando a mirar con interés a Sudamérica y sus talentos". Más ahora que este deporte es, luego de 112 años, otra vez disciplina olímpica.

De todas formas, aclara Nelson Olivera, el otro coordinador: "Intentamos que más allá del deporte sean exitosos como personas, que tengan proyectos".

Lorena y Tatiana, dos madres que esperan a que sus hijos terminen la clase, admiten que "está bueno" que los niños se esfuercen y le muestren el carnet con las calificaciones al profesor. Además, hacen ejercicio, dejan de estar "encerrados" con la computadora o de pasar demasiado tiempo en la calle.

Las buenas calificaciones no son un antojo de exclusividad. "Lo fundamental es que sigan estudiando, independientemente del nivel... que estén institucionalizados", cuenta el psicólogo.

Las otras exigencias son el certificado médico habilitante, la autorización del adulto responsable y el buen comportamiento en la escuelita. "Se intenta que no falten porque sabemos que este es un ambiente sano", justifica Escandón.

Es que los principales problemas que se notan en los niños de hoy, dice el psicólogo, no tiene que ver con la situación socioeconómica, sino con la desatención y la falta de presencia de los padres. Esto no minimiza la influencia de los contextos desfavorables. "Encontramos situaciones complejas, muchas veces vinculadas con roles que deben cumplir los niños en sus casas y no les corresponde".

Hay veces que Antony no quiere ir a practicar. Sale cansado del liceo 50, donde cursa cinco materias de segundo año. Pero sabe que tiene que acudir. Es cuestión de llegar y le cambia la cara. "No sé... me siento contento cuando estoy jugando".

Luego del ejercicio, la alimentación.

Al término de la clase, los niños se lavan las manos y van al salón principal. En la televisión pasan partidos de golf. Una gran mesa los espera. Hay cocoa con leche y alfajores de maicena caseros. La dieta sigue los instructivos de nutrición de Educación Primaria. La merienda es el momento de relajación, de al fin conversar —es un deporte que exige silencio mientras el jugador realiza sus golpes— y de compartir.

Cada uno debe cuidar de sus herramientas

Cada niño tiene su bolso con los palos, el guante y la remera de su tamaño. Debe cuidar los materiales y limpiar las herramientas luego de su utilización. Todo el equipamiento lo guardan en un galpón. El que rompe, paga. "Con 3.000 pesos podés comprar las cosas básicas y empezar a jugar", cuenta el coordinador Ney Escandón, desmitificando que se trata de un deporte privativo o de estratos muy altos.

Ejercicio programado según las edades

Las clases en la escuelita de golf no son solo tomar una pelota y tirar. Hay una planificación detallada, explican los organizadores. Los ejercicios son acordes a la edad. Hay primero un calentamiento, algún juego de concentración y un aprendizaje específico que corresponde a ese día. Además, se tiene en cuenta que participan juntos hombres y mujeres. No hay diferencia por sexo, salvo en los golpes de muy lejos.

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