Fuente inagotable del narrar

EL PAIS DE MADRID | JUAN CRUZ

A veces, Carlos Fuentes levanta el dedo índice de la mano derecha, declamando sus textos, recitando una conferencia o simplemente subrayando una opinión, y entonces se distingue que ese dedo está totalmente curvo. Algunos de sus amigos le oyeron decir que se le quedó así escribiendo Cristóbal Nonato; (500 páginas). Pero lo cierto es que durante toda su vida, "desde que soy chiquito", Fuentes se fio sólo de ese útil, y su escritura fue incesante, innovadora, ardorosa, pensativa, guerrera, extrañada, erudita, y, pocas veces, autobiográfica.

La energía es lo que sobresale de él, como una pasión de vivir y de estar en forma para hacerlo. Se lo ha visto en playas, caminando al trote por plazas y ciudades, firmando siempre de pie los ejemplares de sus libros; en Oviedo, en 1993, cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias, se empeñó en estar en la calle firmando su libro Diana o la cazadora solitaria, que es un raro relato autobiográfico sobre su relación -tormentosa, torrencial- con la actriz Jean Seberg. Esa energía, le acompaña siempre, y cuando uno imagina que le verá falto de fuerzas, sometido a la natural melancolía de las pérdidas -en pocos años murieron sus dos hijos, Carlos y Natasha-, resurge como si esa energía se cultivara en el huerto de escribir, con su dedo curvo de tanto hacerlo. Publicó Todas las familias felices, que de alguna manera responde a la herida sentimental que dejaron esas recientes tragedias.

Una relación de sus obras resultaría abrumadora, pero su perfil quedaría incompleto si no se dijera que es el autor de La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra Nostra o Los años con Laura Díaz.

Fuentes nació en Panamá, y siguió a su padre diplomático a Chile, Estados Unidos, Argentina, Brasil y México. En todas partes descubrió vetas de lo que sería su literatura, pero cuando de verdad se sintió un hombre, presto a ser Carlos Fuentes Macías, él solo, fue en el Río de la Plata, Argentina. Le preguntamos a su mujer, Silvia Lemus, periodista, si ella singularizaría alguna imagen de ese tiempo en que Fuentes empezó a hacerse como es ahora, y nos señaló una foto en la que se lo ve rodeado de su familia, a los 15 años. "Sonriente, muy guapo, ya él sabe que es un hombre". Ahí comenzó la entrevista con el escritor.

-¿Y cómo era ese hombre?

-En Buenos Aires más que un adolescente me hice hombre; llegó mi padre a encargarse de la Embajada de México después de un golpe de Estado. Era todavía la Argentina que había sido pronazi durante la guerra, y la educación contrastaba con la democrática que había recibido en Estados Unidos en tiempos de Roosevelt, o en México, o en Chile. Resultaba que Esparta tenía razón sobre Atenas. Le dije a mi papá: "No resisto, ¡por tu culpa voy a ser educado por estos racistas militares!". Me concedió un año, me dejó ser un chico libre.

-Y en Buenos Aires, casi nada.

-Empecé a recorrer, descubrí a Borges, aprendí tango. Me enamoré de una señora que me doblaba la edad y vivía en los mismos apartamentos que yo. Cuando se iban todos y sólo quedábamos los dos, me dije: "es mi oportunidad". Toqué timbre. Llevaba la revista Sintonía, una publicación de radio. Le dije: "perdone que moleste, pero no sé qué papel interpreta en radio, ¿Eva Duarte, Madame Dugarry, Juana de Arco?". Me respondió: `Madame Dugarry, que es menos santa pero entretenida, pase`. Ahí se inició mi vida sexual, y mi vida de ser humano latinoamericano.

-¿Y su niñez?

-Fue bonita, porque tuve unos padres muy cariñosos. Nací en Panamá, donde mi padre era encargado de la Legación de México. En Río de Janeiro recibí una educación subliminal, allí el embajador era (el escritor mexicano) Alfonso Reyes. Luego fuimos a Washington, que es donde pasé mi niñez, hasta los 12 años. Me eduqué en una escuela pública. Había allí, en aquel Estados Unidos de Roosevelt, un gran entusiasmo, dinamismo, una energía democrática que me quedó para siempre. Lo que vino después fue un contraste, y Washington se convirtió en la ciudad terriblemente fría del invierno y caliente del verano, así que rogaba que me mandaran con mis abuelas a México. Mantenía la lengua y la memoria de mi familia, de mí mismo, de mi país. Tenía unas abuelas maravillosas; se llamaban Emilia las dos, me protegieron y mantuvieron viva la lengua, aunque yo viviera en un mundo en inglés. Porque seguía en la escuela, donde fui popular hasta el 18 de marzo de 1938.

-¿Qué pasó?

-El presidente Cárdenas expropió las compañías extranjeras en México y aparecieron en los diarios norteamericanos encabezados que decían: "Comunistas mexicanos se roban nuestro petróleo". Me convertí en un comunista y de repente dejé de ser popular, y me di cuenta que pertenecía a México. Un día fui al cine con mi padre a ver una película sobre la independencia de Tejas. En la batalla del Álamo, grité: ¡Viva México! ¡Mueran los gringos! Mi papá me sacó, "¿no te das cuenta que soy diplomático?". Yo tenía 10 años y emoción mexicana. Siempre viví la política y Cárdenas fue detonante. El mejor presidente que tuvimos, auténtico revolucionario que transformó México y abrazó a la emigración republicana española. Los problemas se resuelven con democracia, apelando a la creatividad del pueblo, lección que no olvidé.

-Pero en Chile descubrió la política ¿no?

-Chile con un frente popular de socialistas y comunistas radicales, demostró que se puede gobernar en América Latina con democracia de izquierda. ¡No hay que volverse loco, como el payaso de Chávez!

- Vargas Llosa dijo que el Pri convirtió México en una dictadura perfecta.

-No se puede simplificar la Revolución mexicana. Fue un gran momento histórico, una revolución contradictoria. Dio fisonomía cultural, un nuevo aire. México se volvió algo próspero, nació una burguesía y se crearon sindicatos. Faltó democracia. Se produjo una alianza de clases que se quebró el 2 de octubre de 1968, cuando el Gobierno acabó a balazos con una manifestación de estudiantes en Tlatelolco, que denuncié ferozmente en Le Monde, en París. Fue un momento decisivo, intelectual, político.

- Aceptó la embajada de París.

-Creí que se estaba creando un clima nuevo. No hubo una renovación inmediata, sino un largo proceso que culminó en 2000 y por fin llegó la alternancia democrática.

-Quien lo designó embajador fue acusado de la matanza.

-El único que podía dar la orden de disparar era el Presidente, no Echeverría, ministro del Interior. Díaz Ordaz es responsable.

-¿Lo que ocurre (tras la elección de Calderón, y las protestas de López Obrador) es una metáfora de México o un incidente?

- Tuvimos tres pruebas democráticas, en el siglo XX y ahora, relacionadas todas con elecciones: la de Francisco Madero en 1910, la de Fox en 2000 y ésta. Es una tercera prueba, que es la de aceptar la primacía de las instituciones. Hace 12 años, el sucesor era designado por el dedazo. Cambió en una década, se crearon instituciones para definir la validez de los comicios. Ahora se produjo un proceso que dio un resultado muy cerrado. No es la aplanadora del PRI la que gana por el 80%. El tribunal dice que Calderón ganó por un 0,5%, y porque no simpatice con él no puedo negar legitimidad. Es una frase lamentable de López Obrador: "Al diablo con las instituciones". ¡Si las instituciones las creó la izquierda! Y así él ganó escaños. ¿Al diablo también con eso ? Así no se juega.

-¿Lo que ocurre es materia para novelista o preocupación ?

-No, hay una gran preocupación ciudadana; pero también se trata de un fenómeno muy circunscrito a la ciudad de México. Pero las cosas se van a calmar.

Argentina me inició en lo sexual y como ser humano latinoamericano

"El dolor no se va, sí alimenta"

Asegura que el tiempo le ha permitido ganarse la juventud, aún con sus 78 años. "Hice un gran esfuerzo por ganármela, por asociar a mi creación todo lo que quiero: mi esposa Silvia, los hijos que perdí, Carlos y Natasha. Me gano la vida y la juventud incorporándolos a mi vida, a mi creación, sueños.

-¿El dolor no interrumpe?

-El dolor te puede destruir pero te puede engrandecer. No se va el dolor, pero alimenta tu creatividad en nombre de los seres que quieres.

-¿Hay algún momento en que disminuya su entusiasmo?

-Cuando se ve lo que pasa en el mundo. La peor situación que he visto en mi vida. Un tiempo definido por los extremismos maniqueos.

-Me pidieron que le preguntara qué pensaba en aquella foto, en la playa, cuando tenía 15 años.

-Volver a Buenos Aires, acabar las vacaciones, bailar tangos, ver a Borges, y en el amor de una mujer.

-¿Lo ha logrado?

-No sé si logré lo de bailar. Lo demás, creo que todo.

-¿Fracasos?

-Muchos. La vida está llena de lo que quisiste obtener y no lograste, por tu culpa. Más lo que dejaste escapar que lo que te arrebataron. Tienes que escoger, estar en el centro, ante seis avenidas, elegir una.

-Aquella pregunta era de su mujer, Silvia.

-Me encanta esa pregunta.

"Conté un amor fracasado"

-¿Y la autobiografía?

-Soy poco autobiográfico. Presento el mundo desde la gran arena de la imaginación. No me interesa introducir a mi persona. Alguna vez lo hice, en Diana...

-¿Le costó hacerla?

-Sí, me costó. Pero exorcicé ese problema. Me humillé. Y lo quise escribir sin pelos en la lengua; salgo perdiendo en la novela. Contar un amor fracasado, esos detalles nimios que te llevan a conquistar y perder lo conquistado.

-Al final, la protagonista, Jean Seberg, perdió también.

-Era melancólica y muy frágil. Quería parecer fuerte, se aliaba con luchas terribles, como las de los Panteras Negras. Pasó de ser una chica de 16 años de un pequeño pueblo de Iowa a hacer de Juana de Arco en París. No estaba preparada para ese tránsito, trató de equiparar su vida a su personalidad y ahí se le fue la vida.

-¿Es tan fuerte la literatura que permite que un escritor exorcice una experiencia?

-Tú te olvidas de los nombres de los primeros ministros, pero jamás te olvidas de los grandes escritores: los libros son los grandes indicadores de la historia. Porque ayudan a comprender el alma humana.

Las deudas literarias del famoso "boom"

A los 47 años, Fuentes ya era una celebridad en París, mientras se ponía en marcha el boom latinoamericano. "Pero se estaba en deuda con la generación que le precedía: Onetti, Rulfo, Carpentier, Lezama. No se inventó nada, tenía extraordinarias raíces. Y coincidió con un interés por América Latina", señala.

-Sobre todo por Cuba.

-Fue un fenómeno de gran repercusión; tuvo que ver con esa iluminación.

-Pero se desbarató la cohesión intelectual sobre la isla con el `caso Padilla`.

-Mucho antes. Cuando fuimos a Nueva York, con Pablo Neruda, en 1966, hablamos del deshielo, y eso fue recibido con repudio por las autoridades culturales cubanas; nos denunciaron, sobre todo Roberto Fernández Retamar. Yo dije: "no vuelvo a ir a un lugar donde se trata así a los escritores". Había signos de una creciente intolerancia. Hoy, no estoy de acuerdo con el autoritarismo de Castro. No puedo tener como modelo una dictadura totalitaria como la cubana. Por otra parte, siempre me opuse a la agresión norteamericana sobre Cuba.

-¿No tuvo efecto esa crisis con Cuba en el trato entre los escritores?

-Sí. Pero más por el caso Padilla.

-Usted ha mantenido buena relación con Gabo.

-Sí, y con Vargas, Donoso, Cortázar. Pero con Gabo somos amigos desde hace 40 años.

-Le hirió a usted la enemistad con Paz.

-Mucho. Fuimos muy amigos, pero se rompió esa relación, de la que no quiero hablar. Siempre le tuve gran admiración y respeto. No sé lo que pasó. No siento ninguna culpa.

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