Aduaa, musauirin, ¡bidaya! Los clásicos "luces, cámaras, ¡acción!" suenan por primera vez en el campamento de refugiados saharauis de Dajla, al sur de Argelia. Conocido como "el desierto de desiertos", en este espacio sólo hay tierra y piedras. Allí sobreviven 27.000 de los 200.000 apátridas, después de 31 años de destierro obligado por Marruecos, con la connivencia del gobierno español y la pasividad internacional.
En Dajla, entre el 11 y el 15 de abril se desarrolló el Festival de Cine del Sahara, casi la única instancia de acercamiento de los nativos a la pantalla grande, la que se acondicionó en las áridas arenas del lugar.
La pequeña Knam, de 10 años, ha cambiado durante unos días su rutina de tormentas de arena por el rodaje de su primer corto de animación, inspirado en un chiste del desierto: "Van un camello y una hormiga al cine. La hormiga se sienta delante y pregunta, ¿molesto?" Ríe a carcajadas mientras Nuria Coco, una de las monitoras que dirige el taller audiovisual, explica los secretos de la animación.
"El taller consiste en enseñarles a escribir un guión, crear el decorado con arena y telas pegadas en cartulina, y los personajes con plastilina. Después les mostramos cómo manejar la cámara para hacer fotos de cada movimiento que luego será el cortometraje", aclara entre las cuatro paredes de adobe convertidas en estudio de grabación. A su alrededor, los niños bromean y cambian la postura de los muñecos para fotografiar las secuencias.
El Festival de Cine del Sahara-Fisahara, que se celebra una vez al año en los campamentos saharauis, hace posible el milagro de llevar películas a los desterrados.
En el lugar no hay agua corriente, escasean los alimentos y las medicinas, y sólo algunas familias tienen placas solares que consiguen electricidad. En este contexto, la indignación de los pobladores es evidente y reclaman a la ONU, España y Marruecos que ponga fin a su aislamiento.