LEONEL GARCÍA
Uruguay está entre los primeros lugares del mundo en materia de donación y trasplante de órganos. Una abrumadora mayoría de personas acepta que su muerte permita darle una chance de vida a quien precise un corazón, un riñón o un hígado. Estas operaciones son muy costosas, pero son solventadas por el Fondo Nacional de Recursos (FNR). El nivel técnico de estas intervenciones quirúrgicas y la sobrevida para los pacientes no tienen nada que envidiarle a los países más desarrollados, asegura Inés Álvarez, directora del Instituto Nacional de Donación y Transplante (INDT). Sin embargo, la lista de espera por órganos cada vez es más larga, y el sistema no siempre es avisado cuando hay un posible donante.
Uruguay tiene hoy una tasa de donantes de 19,08 individuos por millón de habitantes. Esto es, personas a las que ya se le extrajeron órganos para ser implantados en alguien que los necesitaba para seguir viviendo, o para mejorar su calidad de vida. En América Latina, donde ese indicador promedio es de 5,8, ocupa un cómodo primer lugar. A nivel mundial, España lidera esta estadística -desde hace 17 años- con 34,2 por millón. Uruguay está cuarto en el mundo y en 2007 supo ser el segundo. En 2008, se realizaron en el país 11 trasplantes de corazón, 121 de riñón, seis de riñón-páncreas y tres de hígado.
En las últimas tres décadas, hubo un notorio cambio en la mentalidad de la población. Cuando nació el INDT, el 17 de noviembre de 1978, entonces bajo la denominación de Banco Nacional de Órganos y Tejidos (BNOT), solo el 5% de los adultos consultados aceptaba ser donante. En todo 2008, la expresión positiva trepó al 83,57%; en los primeros tres meses de este año, el 85,05% respondieron afirmativamente. En total, en los treinta años del instituto ya son más de 635.000 los potenciales donantes, el 54,21% del total. "La mayoría de los que han respondido negativamente ya son muy añosos", señala Álvarez. Solo un muy pequeño porcentaje de los "potenciales" se transformarán en "efectivos", pero los números son evaluados muy positivamente.
Pero todos estos hechos conviven con otra realidad. La demanda de órganos es siempre superior a la oferta. Para que una persona sea donante, tiene que estar en situación de muerte encefálica (irreversible) en un CTI, y permanecer conectado a una máquina que le permita mantener oxigenado el corazón y el resto de los órganos. "Siempre va a haber un déficit porque las listas de espera son cada vez más largas y las muertes cerebrales en CTI de por sí son limitadas", sostiene Raúl Mizraji, coordinador de trasplantes del INDT. Además, en ese instituto, donde se coordinan todos los trasplantes, se infiere que las muertes cerebrales comunicadas por los distintos centros de salud, de Montevideo e Interior, al propio INDT, son menos que las que realmente ocurren. Y la captación de esos posibles donantes es el punto inicial, fundamental, de la cadena de procesos.
Esto es un obstáculo considerable a la hora de poder realizar un transplante. Mizraji recuerda que una reglamentación de la década de 1980 establece que hospitales y sanatorios están obligados a avisarle los fallecimientos al INDT. Y los números no están cerrando, al menos si se toman los parámetros internacionales. De acuerdo con Mizraji, aproximadamente el 1% de los fallecimientos -hoy algo más de 30 mil por año en Uruguay- se deben a muerte encefálica. Según Álvarez, por cada cama de CTI (unas 350 en Uruguay) hay un fallecimiento de este tipo al año.
Sin embargo, según registros del INDT de todo el año 2008, en Montevideo y el Interior se denunciaron solo 199 muertes encefálicas en los CTI. Hay diez departamentos (Artigas, Salto, Río Negro, Flores, Florida, Lavalleja, Rivera, Cerro Largo, Treinta y Tres y San José) que no comunicaron ningún caso. Es una situación que se repite: en el trienio 2005-2007 solo se denunciaron 530.
Mientras tanto, hoy hay 19 personas en Uruguay en lista de espera para un corazón, 501 de riñón, 15 de riñón-páncreas, 14 de hígado y unos 280 de córnea. Cada muerte encefálica que no se avisa es una oportunidad menos para todo aquel cuya vida puede depender de una llamada telefónica: "Conseguimos tu órgano, venite a internar".
Voluntad. La muerte cerebral en el CTI no es el único requisito para poder utilizar los órganos de un fallecido. La víctima tiene que haber expresado en vida su deseo de ser donante. Si no lo hizo, pero tampoco rechazó esa posibilidad, psicólogos del INDT se contactarán con los familiares de la víctima (también lo hacen cuando hubo una voluntad afirmativa, como contención) para obtener su autorización para extraer los órganos al pariente fallecido, todo en medio del dramatismo del momento. Además, una ley del año 2003 (la 17.668) convierte en donantes a todos aquellos cuya muerte requiere pericia forense y no expresaron en vida una voluntad negativa.
Los expertos tienen bien estimado cuáles son los tipos más frecuentes de estas muertes. De cada diez casos, seis responden a un accidente vascular o a un derrame cerebral, tres a un traumatismo de cráneo y una a heridas de armas de fuego. En todos esos casos el deceso tiene que ocurrir en el CTI o en un sistema de emergencia que tenga un equipo de oxigenación de órganos similar.
De cualquiera de esas maneras, se trata de fallecimientos abruptos, inesperados, que dejan en un estado de total angustia a sus familiares. Y es en esa situación límite que los psicólogos del INDT tienen que actuar.
estrés. "Aun para los que trabajamos en la medicina, la muerte es algo inaceptable. Pero para la familia de la víctima lo es mucho menos, y peor todavía cuando se trata de un episodio brusco, abrupto, inesperado", señala Álvarez. El enfoque pasa por enfatizar que ante algo irreversible queda el consuelo de poder salvar una vida, de que ni siquiera la muerte es algo en vano. No siempre es efectivo, ni siquiera en los casos en que el fallecido había señalado su consentimiento a ser donante (muchos veces lo hace sin que su entorno esté enterado).
El psicólogo no es el único que interviene. Un médico intensivista se encarga de verificar cuáles órganos del donante pueden ser utilizados. Salvo excepciones, si el fallecido es mayor de 70 años se descarta. Si la historia médica destaca problemas cardíacos, de alcoholismo o el hábito de fumar, el corazón, el hígado y los pulmones ya no pueden ser utilizados. El estrés de "pelear" por cada órgano es otra característica de ese procedimiento: puede darse el caso de que los familiares del fallecido no acepten que se donen todos.
"Es un momento totalmente estresante", indica Mizraji. "Cuando la familia (del fallecido) acepta que se donen los órganos, sabemos que hay hasta 10 ó 12 personas que podrán beneficiarse de un transplante, que podrán salvar su vida o mejorarla. Si la respuesta es negativa, ocurre todo lo contrario".
Mientras todo eso ocurre, están aquellos que llevan la procesión por dentro, para quienes la tensión transcurre día a día: aquel que necesita un trasplante y su familia. Quien necesita una córnea no está en riesgo de vida, y aquel que precisa un riñón puede sobrevivir mediante diálisis. En el caso del corazón o el hígado, si no se trata de una patología fulminante, el paciente solo puede aguardar con cierta esperanza hasta dos años y medio o tres. En 2008, seis pacientes que aguardaban un corazón no pudieron esperar más.
Para más tensión, la diferencia entre los donantes posibles y los efectivos es considerable. El año pasado, de las 199 muertes encefálicas denunciadas, 71 terminaron en el block quirúrgico para la ablación y 64 pacientes obtuvieron un trasplante. En números más redondos, Mizraji habla de que solo la mitad de los casos de muertes cerebrales pueden transformarse finalmente en donantes. "El 30% se pierde por contraindicaciones médicas y el otro 20% por la negativa familiar", sostiene el médico.
En el mejor de los casos, entre el aviso de una muerte encefálica y el implante en el cuerpo receptor transcurre un promedio de ocho horas, calcula el coordinador del INDT. Llegará el tiempo de esperar que el organismo receptor no rechace al "intruso" y de apelar a los fármacos inmunosupresores.
La trasplantología es considerada una rama muy exitosa de la medicina. Pero esos buenos resultados han hecho que las listas de espera crezcan, mientras los avisos de muertes cerebrales son llamativamente bajos.
En Uruguay hay dos decretos (el 313/91 y el 157/95) que prevé sanciones a los centros de salud que no avisen las muertes.
Sin embargo, la actual dirección del INDT prefiere no apelar a ellos y aplicar la política de "internalizar", al decir de Álvarez. "La solución pasa por informar y educar a nuestros propios compañeros de la salud", dice. "Y aún nos falta mucho", reconoce.
Ese término puede traducirse como "concientizar". Además de la coordinación de trasplantes, el INDT apela a la educación, ya sea mediante campañas publicitarias, en instituciones de enseñanza y con el personal de los distintos sectores de la salud. Las autoridades afirman que de esta manera se logran mejores resultados: en 1998, la tasa de donación era de 5 por millón, la cuarta parte de la actual; el número de muertes encefálicas anunciadas también creció de 25 por millón a 53 por millón (según Mizraji, ese indicador a nivel internacional se ubica entre 60 y 70).
De todas formas, asegura Mizraji, el INDT comenzó a implementar una serie de "auditorías" en los CTI de los propios centros de salud. El objetivo es determinar si la inferencia que tienen, que el número de muertes cerebrales anunciadas es menor al real, se traduce en la realidad.
La doctora Álvarez es clara al hablar de las carencias del INDT. No pone énfasis en cuestiones de personal ni presupuestarias. "Si logramos consolidar la internalización en el sistema de salud, realmente vamos a estar hechos".
La necesidad de éxito
"Canalizar el estrés para superar la situación"
Un trasplante como el cardíaco es, para el paciente, una situación límite. Son enfermos terminales para quienes la intervención quirúrgica es a todo o nada. Eso genera una presión extra en el equipo médico, quienes durante meses han estado en contacto con el que se encuentra en lista de espera y su familia. "Hay una necesidad imperiosa de éxito, porque además hay que generar credibilidad en la población. Por suerte, en la gran mayoría de los casos estas situaciones terminan bien (aproximadamente en un 80%) y los pacientes consiguen una muy buena calidad de vida. Esto es fundamental para que la gente siga donando", dice Daniel Chafes, responsable de transplantes cardíacos del Sanatorio Americano, quien desde 1996 interviene en este tipo de operaciones.
Sobre los hombros de Chafes y sus colegas pesa un importante eslabón de la enorme cadena de estrés de todo el proyecto. Un donante puede surgir en cualquier momento, y el equipo tiene que estar siempre disponible. Este médico dice que la clave está en utilizar a favor esa situación límite. "El estrés es una alarma para responder a una situación límite. Entonces, uno tiene que buscar mecanismos internos para poder canalizar esa tensión, comprometerse y dar el todo por el todo".
Los tres corazones de Juan Andrés Piazza
"A mí, mi padre me enseñó que todo tiene una gama de grises. Pero para mí era blanco y negro: o me salvaba o me moría. O aparecía un donante... o adiós".
Juan Andrés Piazza sabe lo que es estar pendiente de una llamada telefónica. A sus 25 años ya recibió dos trasplantes de corazón, el primer caso de su tipo en Uruguay. La filosofía expresada remite a la segunda ocasión, cuando tenía 21 años. En la primera, a los 14, no llegó a asustarse simplemente porque no terminaba de entender porqué desfilaba de un cardiólogo a otro. Recién cuando una psicóloga se lo explicó, enfatizando que un trasplante era la única salida para su miocardiopatía dilatada, rompió a llorar un día entero. "Mis padres la pasaron peor", asegura.
Juan Andrés trabaja en la sección comunicación del INDT y está vinculado a la Asociación de Transplantados del Uruguay (ATUR). Bajo su pecho han latido tres corazones; sobre éste, una cicatriz de 30 centímetros es testigo de su paso por el quirófano. La "sobrevida" de su segundo corazón duró siete años. En base a los inmunodepresores que toma cada doce horas, espera que el tercero esté junto a él más tiempo. Como todo transplantado, no puede descartar que la historia se repita.
"Más allá de cuidarme con la sal, hago una vida totalmente normal. Pero la perspectiva de vida cambia, trato de pasar lo mejor posible y pongo las cosas en su justo término. Yo hoy estoy vivo, pero mañana no sé que pueda pasar".
Las cifras
36,66 Tasa de donantes ya efectivos de riñón en Uruguay por millón de habitantes en el año pasado.
3,33 El mismo indicador que en el caso anterior pero para el corazón; páncreas, 1,81; hígado 0,9; pulmón, 1,21.
5 Millones de dólares de ahorro al sistema sanitario que generaron los trasplantes entre 2000 y 2007.
2 Años de costo en diálisis que se ahorra con un trasplante de riñón, asegura la directora del INDT.