PSIC. SOCIAL VERÓNICA MASSONNIER
Marzo y el comienzo de las clases pone nuevamente el foco en las opciones estudiantiles. ¿Qué elegir? Partimos de un modelo que representó al Uruguay del siglo XX, donde las carreras tradicionales fueron la gran esperanza que miles de padres pusieron en el futuro de sus hijos. Desde el antiguo sueño de "mi hijo el doctor", varias generaciones sintieron que las opciones universitarias tradicionales eran las que podían asegurar a los jóvenes un futuro de predecible éxito social y económico.
No es necesario señalar que este modelo se vio intensamente sacudido en las últimas décadas. Hemos presenciado el desconcierto de muchos profesionales que no lograron realizarse dentro de los ámbitos para los que se habían formado, y eso socavó las creencias que sostuvieron a varias generaciones.
La inquietud alcanzó a los estudiantes y también a los padres. ¿Para qué imponer/se un esfuerzo de tiempo y dinero si no podemos estar seguros de lograr la meta deseada? ¿Cuáles son las carreras que van a tener espacio en un mundo que está en profundo cambio?
Hoy estamos frente a algunas evidencias. En primer lugar, queda claro que los estudiantes requieren carreras que prometan, de manera clara, cuánto tiempo van a insumir. Aún quienes están dispuestos a una fuerte dedicación, no desean que la meta esté en un futuro incierto y demasiado lejano. Requieren planes de estudio concretos y cumplibles. Necesitan saber qué esfuerzo se impone y dónde está el objetivo.
En segundo lugar, las nuevas generaciones valoran las carreras que puedan tener títulos sucesivos y acumulables. En algún sentido los títulos de grado son para muchos el punto de partida para luego superponer un posgrado, una maestría, tal vez un doctorado. Esto tiene la ventaja que permite esfuerzos a la medida de cada uno; así, cada escalón habilita para la inserción en el mundo laboral, que en muchos casos no puede esperar.
Todo apunta a que existan menos universitarios que abandonan las carreras por la mitad, y más personas profesionalizadas en áreas diversas. El anhelo de una formación "completa" deja paso al objetivo de una formación práctica, funcional, con oportunidades laborales concretas y definidas.
A la vez, sabemos que cada vez es más difícil abarcar un saber "completo". Si todo cambia con tanta velocidad, es muy difícil predecir cuáles van a ser las habilidades requeridas en el futuro. Por eso, el estudiante de hoy sabe que va a necesitar continuar estudiando y actualizándose a lo largo de toda su carrera laboral. No aspira a acumular todos los años de estudio en un determinado momento sino más bien a completar ciclos a término, para luego -ya desde el mundo del trabajo- continuar profundizando en áreas específicas. En algún sentido, lo específico gana terreno frente a la ilusión de una formación "universal".
Por otro lado, el estudiante sabe que, hasta cierto punto, su "saber" de hoy va a quedar obsoleto rápidamente. La información y el conocimiento avanzan tan rápido que es muy difícil aspirar a una formación profesional y técnica que perdure. En ese sentido, el escenario futuro apunta a un saber más "descartable", que necesitará ser revisado en unos pocos años a la luz de los avances en cada área de actividad.
Si esto es así, las mejores oportunidades van a estar dadas para aquellas personas que sean capaces de mantener los ojos abiertos y estén dispuestas a permanecer siendo continuos "estudiantes", abiertos al cambio y poco aferrados a las formaciones de origen. El mundo será de los especialistas capaces de ser expertos (y realmente sólidos) en un sector del conocimiento, y que a la vez puedan mantenerse en permanente estado de actualización.