EL PERSONAJE

Estanislao Bachrach: "Somos mucho más emocionales que racionales"

El biólogo y escritor argentino acaba de publicar su cuarto título, En el limbo, donde enseña a aplicar las mismas técnicas que él, y que ayudan a gestionar las emociones.

Estanislao Bachrach
Foto: Estefanía Leal.

La primera impresión de Estanislao Bachrach no lleva a pensar en un científico. Más bien, en un rugbier o en un back más o menos recio. Es ancho, fornido. El saco que se puso —elegido para la sesión de fotos— tiene ese brillo que está de moda desde hace un tiempo. Y aun cuando el saco podría ser medio talle más grande, le sienta bien. “Es de esos que salen 20 euros”, le comenta a un amigo que lo acompañó hasta esta entrevista. ¿Tal vez para desviar algún cliché sobre la atribuida elegancia y cuidado a la hora de vestir de los nativos de Buenos Aires? Quién sabe. Estanislao Bachrach aparenta estar bastante cómodo en su propia piel, lo cual ayuda (y mucho) ahora que es un híbrido entre coach, gurú, consultor e influencer. Y escritor (hace poquito publicó su cuarto libro, “En el limbo”).

tapa libro En el limbo
Su nuevo libro.

Comenta que le costó un poco asumirse como escritor pero ahora que ya va por su cuarto libro se empieza a acomodar en esa faceta. “Me gusta escribir”, comenta y no es difícil imaginar que la redacción de papers académicos era una actividad grata de su época de doctor en Biología Molecular en la Universidad de Harvard.

Salir a la conquista

Pero en algún momento, hasta eso debió dejar de darle placer. Él había salido de Argentina a conquistar el mundo (al menos, una parte) y recaló primero en Montpellier, Francia. La beca no era una cosa de locos en cuanto a lo que le permitía hacer, y había que cuidar cada euro. Iba a una quesería y, además del queso elegido, compraba una baguette y una botella de vino. Esa era, en esencia, su alimentación. ¿No se cansaba de comer más o menos lo mismo? Para nada. “El que atendía me dijo: ‘Acá tenemos un queso distinto para cada uno de los días del año’. Y no era broma. Podía probar un queso nuevo todos los días”, rememora con una sonrisa.

Se ve que Francia fue una cosa en su vida y Estados Unidos otra. Cuando llegó a la Universidad de Harvard, fue como acariciar el cielo. No solo para sus propias ilusiones y ambiciones académicas. Estanislao sabía que en Buenos Aires, a su papá se le inflaba el pecho de orgullo. El hijo no solo había alcanzado el ansiado título y hecho su primera experiencia internacional. Había llegado a uno de los epicentros académicos del mundo.

Ahí la fama, el reconocimiento y el dinero parecían al alcance de la mano. Sin embargo, esa cercanía era un espejismo. No solo había que entregarse al “workaholismo” y competir ferozmente con el que estaba al lado. Además, se percató que ahí también se cocían habas y se cometían tropelías para llegar primero. “Fui un poco naif. Pensaba que como estaba en La Meca, todo era noble y desinteresado”.

La desilusión fue impactante, aunque él se dio cuenta después que su propio cuerpo lo supiera: “Quedé pelado en un año, más o menos. Empecé a tener ataques de pánico, migrañas y problemas con el peso: bajé 10 kilos en un mes. Comía o tomaba algo y lo vomitaba”.

Se hizo ver por médicos, que lo revisaron y no encontraron ninguna razón física que explicara sus padecimientos. Entonces, empezó a hacer terapia y ahí se percató: “El cerebro le estaba diciendo algo a mi cuerpo y este me estaba mostrando algo que yo no quería ver”.

Espíritu y cerebro

Una posible salida de ese estado se le presentó cerca de la universidad, a algo más de un kilómetro, en el Massachussets Institute Of Technology (MIT). A esa institución iba a ver charlas del Dalai Lama, quien por esa época (2002) iba regularmente. Eso lo estimuló a indagar sobre budismo y espiritualidad.

A su vez, también se percató de que las neurociencias empezaban a despegar, gracias a varios avances tecnológicos. Dejó de investigar sobre el virus de inmunodeficiencia humana (HIV, por sus siglas en inglés) y la distrofia muscular para adentrarse en los recovecos del cerebro.

Pero no fue un cambio fácil, dice. Había que abandonar algo a lo que —hasta entonces— le había dedicado 17 años de su vida. Miraba hacia adelante y no veía nada. Miraba hacia atrás y había recuerdos, historias y mucho trabajo. Pero el cerebro ya se lo había dicho: “Tenés que irte de acá”.

Uruguayos superiores

La pandemia, dice, le cortó uno de sus planes más importantes: mudarse a Uruguay. Bachrach venía frecuentemente a este lado del charco. Tanto que ya estaba gestionando documentación uruguaya y pensando en dónde viviría. Tiene dos hijos, y ya tenía incorporado en sus rutinas cotidianas el viaje ida y vuelta para ir a verlos y luego volver. El enamoramiento con Uruguay tiene orígenes en la infancia (ver Sus cosas). Su padre, recuerda, se quejaba bastante de su vida en Buenos Aires y cuando llegaba a Uruguay, le atribuía la mejora en su estado de ánimo a los uruguayos: “Nunca te olvides”, le decía, “que los uruguayos no son personas. Son uruguayos”. “Lo decía como un elogio. Para él, los uruguayos eran superiores”, comenta entre risas Bachrach.

Pero también reconoce que algo tuvo que ver su propia desilusión con su país. Cuando regresó a Argentina a mediados de la década de los 2000, pensó que lo recibirían con otra actitud. Admite que hubo algo de soberbia de su parte porque pensaba que, viniendo de Harvard, lo iban a tratar con deferencia. Pero también dice que en su país había una estructura de poner trabas. En Uruguay, termina, se pueden hacer muchas más cosas.

—¿Por qué nos fascina tanto el cerebro?

—Desde la biología, no cabe duda que todo lo que hacemos, sentimos y pensamos proviene de ahí. Cuando jugamos al tenis, no lo hacemos con las piernas y el brazo. Es el cerebro el que nos mueve. Creo que también influye que hubo grandes avances tecnológicos que nos permitieron iluminar aspectos del cerebro que antes nos estaban vedados. Ojo, no hay que sobrevalorar la tecnología. Hoy se iluminan algunas cosas, mañana otras. Pero en definitiva: es el órgano que nos maneja.

Tanto así, agrega, que el cerebro y las neurociencias protagonizan desde hace algunas décadas un cambio de paradigma que él califica como “gigante” y que problematiza al postulado Cogito Ergo Sum. “Basta de pensar en el ser humano como un ser racional”, afirma a modo de síntesis Estanislao. Y añade: “Claramente, las que nos manejan son las emociones. Hace 30 o 40 años, los fondos que se destinaban a la investigación neurocientífica iban para aquellos que estudiaban la razón. Aquel que decía ‘Yo quisiera estudiar el miedo, y la alegría...’ le respondían que eso era ‘soft’, no era importante. Eso cambió gracias a (el psicólogo) Daniel Goleman, que hizo un marketing muy bueno del concepto de inteligencia emocional”.

—Si las emociones son las que nos manejan...

—Todo el tiempo.

—... eso tiene implicancias importantes sobre nuestros comportamientos...

—La educación tiene que cambiar. Las emociones y los pensamientos no son contradictorios y opuestos. Están permanentemente charlando entre sí.

El escritor recurre a un ejemplo para ilustrar la conversación entre razón y emoción: “Estamos vos y yo charlando y yo pienso ‘Qué boludo este periodista, mirá lo que me pregunta... ¿Se cree que es porteño?’, y empiezo a sentir ansiedad, nervios, inseguridad... quiero que se termine la charla. Pero pongamos que pienso ‘Che, qué divino este flaco, qué linda charla’. Ahí empiezo a sentirme motivado a seguir charlando... Todo el tiempo se da ese diálogo interno y eso alimenta lo que sentimos. Puede ser un círculo virtuoso o vicioso”.

—¿Uno puede aprender a dominar a sus emociones?

—Se puede aprender a gestionarlas. Hace 10 años que me dedico a esto y este nuevo libro (ver Sus cosas) es exactamente eso: manejar las emociones desde la biología.

De manera esquemática y sintética, Estanislao dice que para la biología la forma de gestionar las emociones es pensar en lo que se está pensando. Si se aprende a cómo pensar sobre el torbellino de pensamientos que circulan a toda velocidad y en múltiples direcciones en nuestro cerebro, hay chance de tomar mejores decisiones. “Se trata de detectar los pensamientos catastróficos e irracionales para manejar mis emociones. De lo que se trata, también, es de bajar la intensidad de las emociones. Cuanto más intensas son, menos calidad tienen los pensamientos, porque las primeras privan de energía a los segundos.

—¿Como cuando uno se enamora?

—Sí. O como cuando uno se enoja mucho. El enamoramiento dura poco porque es una emoción muy intensa. Nuestras vidas serían mucho más caóticas si eso fuera permanente.

-—Sos enamoradizo?

—Fui cambiando. Soy de engacharme con el enganchamiento y por ahí no estoy viendo tanto a la otra persona sino a la situación, que es muy linda. Aprendí a tomar un poquito de distancia de esas emociones, porque soy bastante pasional.

Sus cosas

un lugar
Punta del Este. Foto: Ricardo Figueredo
Punta del Este
“Mis padres eran fanáticos de Uruguay y de Punta del Este. Tanto así que cuando murió mi papá, lo enterramos en el Arboreto Lussich. Y cuando murió mi mamá, le cumplimos el deseo de esparcir sus cenizas en el mar, en la costa de Maldonado. Cuando vengo, siento que acá también están ellos”.
en el limbo
tapa libro En el limbo
Ciencia y divulgación
En el limbo es un extenso recorrido por algunas de las pasiones (y muchos de los conocimientos) que atraviesan su tarea y su trayectoria como divulgador científico. Dividido en 17 capítulos desplegados en aproximadamente 500 páginas, el libro amalgama teorías y prácticas de autoayuda y una nutrida bibliografía científica.
una película
Intensa-Mente
Intensa-Mente
Cuando Pixar/Disney estaba produciendo Intensa-mente (estrenada en 2015), ejecutivos de la producción se contactaron con Bachrach, para consultarlo sobre algunos de los aspectos del cerebro. Él, que estaba por sacar su primer libro, tuvo un buen diálogo con los productores del film e incluso contribuyó a bautizarlo.
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