FELIPE POLLERI

"Un escritor pertenece a lo que hace"

Celebrado en el exterior como uno de los autores más interesantes y originales de las letras uruguayas, es también un severo crítico del panorama cultural local. Foto: Marcelo Bonjour

Felipe Polleri, un autor que ha logrado importante reconocimiento en el exterior.

Vive con la austeridad de un monje laico. Un sacerdote sin dios entregado con fervor a la literatura. Su cuarto trae a la memoria El dormitorio en Arlés, de Vincent Van Gogh. De hecho una lámina con una reproducción de una pintura del genio neerlandés cuelga de una de las paredes. También hay un retrato de uno de sus dioses, un Fiodor Dostoievsky de mirada intensa que lo interpela cada vez que abre los ojos. La habitación es breve y está atiborrada de libros y prendas, en el último piso de un viejo edificio sobre la calle Canelones. Desde la azotea domina la bahía y la calle Ciudadela se mete como una lanza en la cuadrícula de la Ciudad Vieja.

Así vive Felipe Polleri (64), un escritor entregado a su arte como los monjes a la oración. "Yo no preciso más nada", dice mientras echa una mirada alrededor desde la cama y enciende un cigarrillo, uno de los incontables que fumará durante la entrevista. Cada día escribe en un cuaderno, o garabatea algún dibujo, mapas a través de los que persigue sus demonios. Para muchos Polleri es lo más parecido a un escritor "maldito" que existe en las letras uruguayas. Pero él se concibe con la mayor sencillez, como un artista exigente consigo mismo pero con la familiaridad de andamio del obrero de la tinta.

Se lo suele inscribir a Polleri en el grupo de "los raros", una lista que cuenta entre otros a figuras de la talla de Felisberto Hernández o Mario Levrero. Con este último mantuvo, además, una larga amistad. Casi la totalidad de sus libros pueden encontrarse en la Biblioteca Polleri de la Casa Editorial Hum, parte de esta obra ha sido traducida al inglés y al italiano, gracias a la beca Books From Uruguay que lleva libros de autores nacionales a las grandes ferias internacionales. De esa manera su nombre empezó a sonar en Argentina, España, México.

Pero esta suerte de reconocimiento tardío ha llegado después de muchos años de pelea muda contra el papel.

Inicios

Cuando echa una mirada hacia atrás Polleri no duda en calificar su niñez como una "infancia triste". Esa infancia suele colarse en su obra, donde a veces habla cáustico e impiadoso. Sin embargo no recuerda con rencor a sus padres, todo lo contrario. "Hayan hecho lo que hayan hecho, los recuerdo con cariño, saldé las cuentas, hace muchos años que saldé todas las cuentas", dice.

Felipe creció junto a dos hermanas mayores que él, su madre y una compleja figura paterna. Su padre era un ludópata y esa adicción llevó a la ruina a la familia. "Desaparecía todo, se timbeó todo lo que había en mi casa, no por la casa en sí, que me chupa un huevo, pero era mi casa", lanza apretando las mandíbulas como si estuviera hablando de algo que ocurrió la semana anterior.

Así fue que encontró refugio en la lectura. Leía y leía sin cesar cuanto caía en sus manos "aunque no entendiera nada".

Cuando cumplió los doce años se dio cuenta de que quería ser escritor. Estaba leyendo a Charles Dickens —por quien continúa profesando la misma pasión— cuando se dijo, deslumbrado, "yo quiero hacer esto". Y empezó a escribir en un arrebato furioso mientras seguía la vida de un chico de su edad: terminaba la escuela, empezaba el liceo, se preparaba para la universidad. A los 18 escribió la que sería su primera novela, pero se asustó tanto que la tiró.

"Iba de un niño que era enano, o aparentemente lo era, y al que sus padres escondían. Su mayor amistad la tenía con un wáter (ríe), era una novela muy jodida, y esa amistad con el wáter era porque a los enanos y a los wáter se los esconde, ¿no?", cuenta. Polleri en estado puro.

Se licenció en bibliotecología "porque quería estar cerca de los libros". Y, de hecho, lo estuvo de manera superlativa cuando ingresó como bibliotecólogo a la Biblioteca Nacional.

"Nunca me gustó la escuela, el liceo, preparatorios, la facultad ni laburar. Todo por obligación, bibliotecología me parecía una linda profesión, la elegí porque estaba cerca de los libros y estuve cerca de los libros", dice Polleri. Durante los primeros años disfrutó a pleno, tenía la mejor y más completa colección de libros del país a su disposición. Mientras cumplía sus tareas podía hacerse tiempo para leer. "Además me gustaba el trabajo con el público, ser un servidor, orientar a la gente, ser un referencista", recuerda.

A fines de la década de 1980, cuando la dictadura vivía sus últimos estertores, la Biblioteca bullía de actividad estudiantil. Polleri recuerda haber visto generaciones enteras entrar por la sala infantil, continuar por la estudiantil y terminar investigando en la Sala Artigas. "Era un trabajo que me gustaba, lo que pasa es que lo que a mí no me gusta es tener jefes, no quiero mandar a nadie ni que me manden a mí", sentencia.

Trabajó durante varios años allí, luego lo hizo como corrector en el diario El Observador mientras su vida continuaba. Se casó, tuvo dos hijos, hasta que un buen día resolvió que no podía continuar dividido entre su vocación de escritor y las obligaciones que le imponía la vida laboral. Y ganarse la vida con la palabra. No fue una decisión sencilla, las retribuciones eran casi nulas. La relación con su esposa se fue deteriorando hasta que por fin, luego de casi tres décadas juntos, llegó la ruptura. Y la soledad.

—¿Hay un prejuicio generalizado contra los escritores?

—Este es un país cruel con los escritores. Más allá de círculos de lectores, el propio país te rechaza, no hablemos de las autoridades sean del partido que sean, es una constante histórica que la cultura, no la educación, la cultura importa un carajo. Si no existiéramos les iría mejor. Cuando uno llega a cierta edad decís, bueno, laburé toda mi vida sacrificándome mucho, porque yo quise, contra todo y contra todos, no le saqué nada a nadie, e igual te castigan de alguna manera. Yo lo veo con otros artistas, bueno, con Mario (Levrero). Fue reconocido primero afuera que acá, a mí siempre es una cosa que me da mucha pena, y así con tanta gente. Alberto Restuccia, un tipo que a este país le aportó muchísimo, y no puede ni pagar sus gastos. Yo he visto muchos escritores que tienen un libro o un libro y medio y después, por no soportar la soledad, el vacío, se subieron a algún lugarcito. Y bueno, así estamos, solos y jodidos, pero haciendo lo que queremos. Un escritor no le pertenece a nadie, pertenece a lo que hace, su compromiso es ese, hacer el mejor libro posible.

Su amigo Levrero

"Mario (Levrero) era muy especial. Llamabas, él te decía la hora y pasada la hora tu tiempo se terminó. Yo lo quería mucho, para mí fue como un padre que tuve, no tanto como escritor, no es que yo dijera: ¡pah qué escritor maravilloso!, que sí lo pensaba, pero como ejemplo, como ejemplo de una actitud frente a la literatura que para mí fue ética, él estaba comprometido con sus libros, ahí ponía todo", recuerda emocionado. Su amistad con Levrero duró años y aún hoy, 14 años después de su fallecimiento, sigue echándolo de menos. Sus conversaciones sobre libros y autores, sus consejos. "Era un gran tipo, muy generoso, muy caballero, conmigo siempre fue sumamente generoso. Yo le llevaba mis cosas y él me daba con un fierro, cosa que le agradezco infinitamente, en realidad me ayudó mucho", dice. Solo es capaz de rememorar otro escritor con el mismo compromiso ético con su arte y es Juan Carlos Onetti. "Aunque Mario era menos teatrero, más cerrado, en Onetti había como una puesta en escena".

SUS COSAS

Caminatas. "Salgo a caminar, me meto en el mismo café de siempre, paladeo el café de siempre con medio kilo de azúcar y leo los diarios de siempre con las mismas noticias de siempre o casi", responde Polleri acerca de sus hábitos cotidianos, sin poder sustraerse a la ironía.

​Películas. "Veo una película rusa, muda, en Youtube", bromea. Lo cierto es que algunas películas lo marcaron de por vida. "La hora del lobo", de Ingmar Bergman, que narra la historia de un artista atormentado que vive en una isla y de pronto se encuentra con las pesadillas que suele pintar. Polleri sintió una fuerte identificación con el personaje.

​Librerías. "Tomo de rehenes a los libreros de mis librerías preferidas y los obligo a escuchar mis dislates mientras relojeo los estantes", comenta acerca de otro de sus pasatiempos predilectos. Polleri es un lector fanático de novela policial y suele buscar algunos autores en particular, como James Sallis.

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