EL PERSONAJE
Hace ocho años se paró en el escenario de Mundo Afro y mostró sus rimas propias por primera vez. Hoy su nombre es uno de los más notorios en la escena del hip hop nacional
Eli Almic menciona la palabra “dopamina” y dice que eso, la hormona responsable de la felicidad y del placer, es de lo que más extraña de los días de escenario. En palabras no parece tanto; pasaron dos meses desde que los recitales desaparecieron de la cartelera por la pandemia, pero dos meses es mucho, y más cuando está presente la idea de que probablemente sea de las últimas normalidades en restablecerse, “quién sabe cuándo”.
El escenario es lo que permite ese cara a cara que genera de todo: exigencias por un lado, con cada vez más aristas en las que pensar, y rimas más difíciles y goce y entrega por el otro. “Es de las cosas que más me gusta hacer, me da alegría”, dice. Todavía piensa en todo lo que fue para ella el escenario del Montevideo Hip Hop. “Me sentí increíble de principio a fin”, y eso, asegura, no pasa todos los días.
Entonces menciona lo mal que suena un celular, pero que hoy es la única manera de rapear en vivo, de darle algo espontáneo a los que la siguen por su música. Los otros ven una cara y ella puede leer mensajes, pero no hay esa confrontación ni esa energía humana que emana en el directo sin distanciamiento físico. “Si sirve económicamente o no, no, pero hay una cuestión afectiva que es importante no perder del todo”.
Porque también está lo otro y es que de los recitales salen los ingresos con los que muchos subsisten. Eli se las está arreglando, pero le preocupa todo lo que pasa alrededor. Apoya las iniciativas que puede y ahora, no hace mucho, empezó a trabajar en una olla popular del barrio Capurro. Aunque hace de sus canciones una herramienta social, en lo personal siente que tiene mucho pendiente.
Todavía no sabe cómo, pero quiere hacer más. “Capaz que es muy ambicioso de mi parte, pero me gustaría ayudar de alguna manera, así sea pequeña, a que el mundo sea un poco más justo. De repente mi manera es opinar sobre algunas cosas y soluciones capaz que no tengo, porque es difícil, porque hay realidades que yo no vivo, pero quiero pensar que el mundo puede cambiar y que mis raps no sean solo rimas con flow donde yo muestre mis destrezas, sino ir más allá”.

Su forma de ver y entender el mundo se refleja en sus versos, en lo que publica en redes sociales, en los videos de sus canciones, en su hablar, donde siempre acude a la “e”, para incluir a todos y todas, esa que tanto polariza, pero que en ella ya es parte de su comunicación.

—Siempre decís que fue un antes y un después pasar a ser consciente de “los privilegios” con los que creciste; ¿cuándo sucedió eso?
—No hace tanto, un par de años. Hablando con gente, con otras personas, conociendo otras realidades o hablando con amigues que me decían mirá que cuando sos lesbiana se complica más porque tal cosa, o cuando sos trans por otra, o cuando sos negro o negra, y capaz que vos no te das cuenta, pero el racismo existe. También ayuda a pensar todos los cambios sociales de los últimos años que nos marcan, la campaña de la ley trans, el no a la reforma, el feminismo ni que hablar. Es cuestión de reconocer que hay cosas que estás aprendiendo y pararte desde un lugar más humano. Yo creo que tengo que humanizarme mucho más todavía.
El recorrido de las canciones
Eli Almic —que en realidad se llama Elisa Fernández y que ahora a los 32 años cree conocerse un poco más y entender por dónde quiere ir en la vida y en la música— todavía se acuerda de cuando tenía 17 y escuchó el disco con un compilado de canciones solistas de Lauryn Hill y de The Fugees que le regaló su prima. Podría haber sido un sonido más en la banda sonora de una adolescente, pero fue el disco, la voz y las rimas que la hicieron percatarse de que había un género donde se podía cantar y rapear en una misma canción. Nunca había escuchado algo así. Nunca había escuchado algo así hecho por una mujer. “No dije voy a ser rapera, pero empecé a fantasear”.
Pasaron los años. Estudió teatro en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático, actuó mucho, subsistió económicamente como profesora de pilates, empezó a hacer obras en inglés con Teapot Plays in English. Pasaron los años. La fantasía de los 17 fue cobrando vida. Primero en versos tímidos que se animó a grabar en 2011, después, fue a fines de ese año o a comienzos de 2012 —la memoria la confunde— que se animó a mostrar lo que tenía en el escenario de la antigua sede de Mundo Afro en el ex Mercado Central.
“En Mundo Afro se hacían bastantes fiestas de rap. Yo todavía no tocaba con el RC (el DJ con el que suele trabajar desde sus comienzos), pero lo conocía y tenía un par de temas con él y con otras personas. Capaz hice Confesión o Sobre la música, que están en el primer EP que sacamos con RC. Después temas que ya no toco más”. Crecer, ir descubriéndose como rapera y cantante tiene también eso de desprenderse de aquello que no tiene una vuelta de tuerca. Hay temas que no la convencen pero les rescata algo, una melodía, un estribillo, un verso, el beat. Otros tienen que irse al cajón de recuerdos, o ni eso.
“El otro día encontré una grabación de 2011, el año en que empecé a grabar muy tímidamente y me reía porque era entre hermoso y medio horrible. Entre una voz más aguda, más aniñada y un flow como más agresivo. Estaba buscando. Trato de darle vida a las cosas que me surgen porque creo en ellas, pero también hay que dejar ir”.
Eli fue encontrando la voz, esa que la ha posicionado con gran peso dentro de la escena del hip hop cada vez más desarrollada en Uruguay. Pasó de aniñada a naturalmente gruesa, a veces más aguda, a veces más hablada, otras más cantada. Lo que sea necesario para que se denote la honestidad del verso, que es la suya también. Canciones que, si pueden, ayuden a otros como a ella a cuestionarse cosas, que son una especie de bola de fuego que busca incinerar neuronas ajenas para que piensen, reflexionen, sientan: así compuso, por ejemplo, Ayuda (2019) o Brujas (2018), o el EP Reflejo (2018), que le dio un Graffiti el año pasado.

Las canciones y los discos, sobre todo, son una forma de materializar la evolución de su carrera, como una línea del tiempo que se va marcando en beats.
Sobre esas canciones, dice: “Me han hecho devoluciones de que hay cosas que son muy violentas y agresivas. Y yo lo entiendo”. Pero aunque Eli busca trabajar sus formas de comunicación en sus relaciones personales para no herir, en su rap quiere ser la misma. “Y sé que hay gente que por ahí ese tipo de mensaje mío no le interesa porque piensa distinto y está todo bien. Entonces eso, yo soy sincera con mi mensaje. Si ayuda a pensar buenísimo, y si hay cosas que te repelen, escuchá a quien quieras, porque en realidad estoy siendo fiel a mí”.
El 2020 era un gran año de canciones para ella. Además de los sencillos como Tiempoempila y otro que está por lanzar, tiene la maqueta pronta de su próximo disco y espera publicarlo pronto. También había una Trastienda agendada que verá para cuándo se reprograma. En el 2020 planeaba su reencuentro con la actuación. Ya en 2019 tuvo su participación en Así habló el cambista de Federico Veiroj, y antes de la pandemia hizo talleres con la Escuela Timbre 4 y grabó un papel pequeño pero para varios capítulos de la tercera temporada de la serie brasileña Impuros de Fox.
“El año pasado me di cuenta de que tengo abandonado al teatro y la actuación. Se fue dando, empecé a hacer música y pasaron cosas. Nunca dejé de actuar, pero es verdad que empecé a hacer menos. En un momento me pareció que estaba bien, hasta que me di cuenta de que son mundos distintos y no tengo que elegir una cosa y otra, puedo hacer las dos”.
Mientras tanto Eli, que a veces piensa que es un poco utópica, se aferra a eso. “Si yo no creo que podemos ser mejores, en que puede haber un mundo más justo, tiro la chancleta”. Eli Almic no se rinde y hasta que no se suba de nuevo a un escenario, sus rimas seguirán brotando, honestas, por donde haya una pantalla, unos parlantes y unos oídos que la escuchen.
Sus cosas

Entre los libros de cabecera de Eli Almic están dos: por un lado, si de lectura feminista se trata, una obra que le movió estructuras fue Cabilán y la bruja de Silvia Federici. “Es un superlibro”, destaca Eli. Si de ficción se trata, dice que entre los libros más hermosos que leyó está Océano mar, de Alessandro Baricco.

En un cumpleaños de sexto de escuela todos cantaban fanáticos Give me de power de la banda mexicana Molotov y ahí hay rap. Siempre le llamaba la atención canciones que tuviesen algo de rap. Pero lo que la terminó por conquistar fueron las canciones de la cantante estadounidense Lauryn Hill, que escuchó en un CD de compilados a los 17 años.

En 2018 sacó el EP Reflejos, que le dejó un Graffiti al año siguiente. Ese trabajo lo hizo a partir de canciones que compuso a lo largo de un viaje de autodescubrimiento personal y musical que hizo por Estados Unidos. Ahora, si piensa en un lugar al que le gustaría ir cuando las fronteras se abran, sus cuentas pendientes son Cuba y Perú.