El viaje del músico ambulante

Santiago Cheloni

Artistas callejeros.

Un violín, un saxofón, una quena y una flauta traversa: cuatro artistas que trabajan tocando música en los ómnibus de la ciudad de Montevideo.

Santiago Cheloni, Matías Valenzuela, Danilo Pérez y Rafael Fernández se diferencian en varios aspectos. Santiago y Matías son uruguayos, Danilo es chileno y Rafael es venezolano. Santiago toca el violín y baila ballet, Matías toca el saxofón, Danilo ha recorrido Sudamérica con su música y Rafael toca la flauta traversa y hace masajes terapéuticos. Pero hay una cosa que todos tienen en común: los cuatro son artistas que trabajan en el transporte público de Montevideo.

Antes de subir.

Primero la batería, después la guitarra, finalmente el saxofón: Matías Valenzuela se ha vinculado con la música desde niño. A los 12 años formó su primera banda y a los 17 se compró su saxofón. Ahora tiene 23. “He pasado por diferentes escuelas y sigo estudiando, es algo que no termina”, asegura.

Santiago Cheloni tenía 18 o 19 años cuando ocurrió su epifanía musical: “Escuché a un violinista tocar en el ómnibus y me vinieron ganas de hacer lo mismo”. Pronto pudo comprar su primer violín, pero como no tenía con qué costear las clases aprendió a tocarlo mirando videos en YouTube.

“Al principio fue tedioso, pero me fui alimentando de otros artistas y pude empezar a tocar canciones”, recuerda. Ahora tiene 27 años y en todo este tiempo solo asistió a clases formales durante un mes. Las dejó porque era “muy clásico” y eso le aburría, aunque luego comenzó a bailar ballet y adquirió un gusto por la música clásica: “Poder bailarla y tocarla fue una nueva aventura”.

Para Danilo Pérez, la música es sinónimo de viajar. Empezó tocando la quena en Chile a los 17 o 18 años, un instrumento de viento tradicional de las sociedades andinas. Luego, fue sumando instrumentos —bajo, guitarra y flauta traversa, entre otros— y se dedicó a recorrer la región: Perú, Ecuador, Venezuela, Brasil, Bolivia, Argentina y Uruguay. Hoy tiene 40 años y siempre ha aprendido a tocar de manera autodidacta.

Rafael Fernández cumplió 31 años el martes pasado, pero ha estado enamorado de la música desde que tiene memoria porque su madre se la pasaba cantando en la casa. A los 9 años aprendió a tocar el cuatro venezolano, un instrumento de cuerda perteneciente a la familia de las guitarras. Con 14 o 15 años ingresó a un conservatorio de música y luego estudió flauta traversa en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela. Dirigió una orquesta sinfónica de niños y adolescentes y viajó a Chile en 2016, donde aprendió a tocar el saxofón y comenzó a trabajar como artista callejero.

Matías Valenzuela
Matías Valenzuela tuvo su primera banda a los 12 años de edad.

Primera parada.

Un año después de haberse comprado el saxofón, Matías Valenzuela empezó a subirse a los ómnibus. “Sabía tocar una sola canción, pero con la filosofía de llevar la música a la gente, eso era suficiente”, sostiene.
Su motivación era esa, la gente: “No todo el mundo tiene la oportunidad de escuchar ese instrumento”.

Para Matías, la primera vez es inolvidable: “Estuve toda la tarde con ganas de subirme y lo terminé haciendo como a las 6 de la tarde, cuando ya se había hecho medio de noche”. Estaba nervioso cuando tomó aquel ómnibus, en Arenal Grande y 18 de Julio, y las palabras se le atropellaban unas sobre otras. Pero recuerda que le fue “muy bien”.

A partir de allí, la cosa se hizo rutina: “Soy de Canelones, entonces venía a Montevideo a tocar y volvía a mi casa con un montón de monedas”. Cuando sus padres se dieron cuenta de que “realmente podía hacer plata”, lo tomaron en serio, “como un trabajo más”. Ahora sí vive en la capital.

Santiago Cheloni ya tenía experiencia como artista callejero antes de comenzar a subirse a los ómnibus: “Hacía de estatua viviente en las plazas, con el violín”. Se subía a un banco, esperaba a que le dejaran alguna moneda y ahí se movía y tocaba. Luego, conoció el mundo de los amplificadores y le encantó. “Compré un amplificador y un violín eléctrico y empecé a tocar en la calle con eso”.

El año pasado quiso probar suerte en los ómnibus. Al principio fue como “aprenderlo todo de cero”, porque en el violín “es todo milimétrico y por un mínimo movimiento podés hacer una nota más alta o más baja”. Sin embargo, aunque en la plaza estaba más quieto, arriba del ómnibus lo ve “mucha más cantidad de gente y la devolución es hermosa”.

Tampoco puede olvidarse de su primera vez. Tomó el ómnibus por Carlos María Ramírez y estaba tan nervioso que el corazón le latía con fuerza. No obstante, recibió una “muy buena” devolución: “Incluso el chofer me dio un billete, que es algo que no ocurre muchas veces”.

Era 2011 cuando Danilo Pérez llegó a Uruguay. Empezó a tocar música en los ómnibus como un hobby, pero luego se transformó en su trabajo. Rafael Fernández llegó al país unos años después, en 2018, “porque había escuchado que acá se había formalizado el arte callejero”. Ahora estudia en la Escuela de Música Vicente Ascone (EMVA) y en el ómnibus toca el saxofón y la flauta traversa.

Danilo Pérez
Danilo Pérez empezó tocando la quena a los 17 años de edad.

Segunda parada.

Matías Valenzuela sale de lunes a viernes y algún que otro sábado, seis horas al día. Además, trabaja tocando con bandas de forma esporádica. “La ganancia en el ómnibus depende mucho de la hora y de la línea”, explica. Sus recorridos favoritos son 18 de Julio, Rivera, Tres Cruces y la zona del Palacio Legislativo. Pero la calle 8 de Octubre está sumamente cancelada: “Es muy buena en cuanto a plata, pero te tranca mucho porque está lleno de vendedores”.

A Santiago Cheloni también le gusta mucho Rivera. Otros de los recorridos por los que transcurre seguido son Avenida Italia y Agraciada, porque ve que la gente va “prestando más atención” y eso económicamente le sirve más. Trabaja de lunes a sábados, de cuatro a seis horas por día, y lo que más disfruta tocar son óperas y temas de Queen.

Para Danilo Pérez, de todo lo que ha conocido en países de Latinoamérica, el transporte público uruguayo es el que lo ha hecho sentir “más acogido”. Trabaja de lunes a viernes, cinco horas por día, y también toca en eventos. Con él, Avenida Rivera vuelve a llevarse el premio por recorrido preferido. Y en cuanto a la ganancia, explica que “hay días que hacés más y otros menos, pero si trabajás seriamente es un jornal común y corriente”.

Rafael Fernández siempre va por 18 de Julio y por Rivera. El Centro le gusta particularmente porque es distinto de donde se crió, que era un lugar chico, “un pueblo prácticamente”. Sale de lunes a lunes durante ocho horas, las cuales reparte a lo largo del día.

Rafael Fernández
Rafael Fernández comenzó de niño tocando el cuatro venezolano.

Tercera parada.

Hay otra cosa que Matías, Santiago, Danilo y Rafael tienen en común: los cuatro están de acuerdo en que lo mejor de su trabajo es la alegría de la gente. Una vez, Matías Valenzuela estaba tocando un tango de Gardel y todo el ómnibus empezó a cantar la canción: “Incluso un par de veteranos se pararon, era una fiesta. Me bajé con una linda sensación de adrenalina”, afirma.

Santiago Cheloni recuerda que un día se cortó la pista de repente y tuvo que improvisar. “Pero lo mejor fue que a la gente le gustó que siguiera tocando igual y que saliera bien”, dice.

“La gente se pone a cantar, me acompaña e incluso se me han puesto a bailar algunos”, cuenta Danilo Pérez. Y para Rafael Fernández, lo mejor es el sentimiento que queda en él y en cada uno de los pasajeros: “Un gozo, una paz, un amor”.

No obstante, no todo es gozo, paz y amor. “La pandemia fue un momento feo”, admite Matías. Él y Rafael tocan instrumentos de viento, por lo que para trabajar necesitaban quitarse el tapabocas. Matías relata que una vez una señora lo agredió verbalmente cuando estaba por empezar a tocar: “Al principio la ignoré y seguí tocando, pero ella seguía así que paré y le dije que no podía hacer nada porque necesitaba trabajar”. En ese momento, se sintió “cuidado” por gente del ómnibus que lo defendió.

Y Rafael también sentía la presión de la gente: “Cuando a alguien no le parecía, me bajaba y ya”.

Después del viaje.

Para Matías Valenzuela, “es lindo compartir algo con la gente y recibir cariño, pero en la calle hay que tener cuidado”. De hecho, su idea es seguir tocando en los ómnibus mientras esté estudiando, pero luego conseguir un trabajo con la música en el que no tenga que estar todo el día en la calle.

Santiago Cheloni sueña con hacer shows. Como también baila ballet, está practicando tocar y bailar al mismo tiempo “que es complejo, pero se puede”. Además, quiere trabajar como fisioterapeuta, que es otra cosa que está estudiando actualmente. “Son mis dos pasiones: la música y la danza por un lado, y la fisioterapia por el otro”, sostiene.

Después de tantos años arriba de los ómnibus, Danilo Pérez se ha hecho amigos e incluso muchos son choferes. Su sueño es “tocar, viajar, ser feliz y hacer feliz a la gente”.

En cuanto a Rafael Fernández, no tiene un plan a futuro. “Estoy muy entregado a la incertidumbre, a que la vida me sorprenda, a la sabiduría del infinito”, dice. Por ahora sigue en Uruguay porque quiere: “Me encanta cómo me trata la gente en el ómnibus y en la calle”. Sin embargo, no tiene idea de todo lo que pueda llegar a vivir.

Aprender del trabajo en la calle.

Para Matías Valenzuela, “si el ómnibus es una fiesta cuando terminás de tocar, es mucho más lindo que si te dan mucha plata y no pasa nada”. Santiago Cheloni piensa igual: “Lo más duro es cuando nadie aplaude”. Pero aprendió a seguir adelante a pesar de eso: “Me bajo, tomo otro ómnibus y cambio de canción”.

Según Rafael Fernández, trabajar en la calle “te da una forma de ser y una conexión más directa con la gente”. Las interacciones lo han marcado mucho: “Una vez, le dije a un indigente que mi instrumento era una cruz porque pesaba montones y él me dijo: ‘¿Cómo vas a pensar eso, si es lo que te da de comer?’”

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