HUGO BUREL
Tanto que hablamos de la identidad y resulta que el foráneo personaje de traje rojo, vientre redondo, barba blanca y plural origen conocido como Papá Noel domina estos días festivos. Su presencia es notoria en las tandas publicitarias, en los mensajes de los comercios, en la decoración de algunos shoppings o en exposiciones alusivas en donde un mundo nevado y sideralmente alejado de nosotros se corporiza y promueve colas para que uruguayos, uruguayas, uruguayitos y uruguayitas -ser correcto con el género es toda una fatiga- se planten delante de simulados paisajes del Norte helado para ser fotografiados y colaborar con la creencia en el viejito bueno de la bolsa. Pero resulta que, además, gracias a las maravillas de la tecnología celular, el barbado se comunica con los niños para hacerle pedidos y mandarle mensajes de texto y hasta colaborar con fines solidarios, no sea cosa que todo se lo lleve el marketing de ventas capitalista.
Papá Noel es un personaje inspirado en un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás, que vivió en el siglo IV en Anatolia (la actual Turquía). Era una de las figuras más veneradas por los cristianos de la Edad Media, del que aún hoy se conservan sus reliquias en la basílica de San Nicolás de Bari, en Italia.
En apretada síntesis, lo que sucedió después es lo que sigue: alrededor del año 1624, cuando los inmigrantes holandeses fundaron la ciudad de Nueva Ámsterdam, que luego se llamará Nueva York, llevaron con ellos sus costumbres y mitos, entre ellos el de Sinterklaas, su santo patrono. En 1809, el escritor Washington Irving escribió una sátira, Historia de Nueva York, en la que deformó el nombre del santo holandés con la burda pronunciación angloparlante Santa Claus. Años después, el poeta Clement Clarke Moore, en 1823, publicó un poema donde dio cuerpo al actual mito de Santa Claus, basándose en el personaje de Irving. En ese poema se describe un Santa Claus enano y delgado como un duende que regala juguetes a los niños en víspera de Navidad y se traslada en un trineo tirado por nueve renos, incluyendo a Rudolph, que va delante de todos y los guía.
Hacia 1863, el personaje adquirió la actual fisonomía de gordo barbudo y bonachón. Esto fue gracias al dibujante alemán Thomas Nast, quien lo incluyó en sus tiras navideñas en Harper`s Weekly. A fines del siglo XIX, a partir de un anuncio estadounidense de la Lomen Company, se creó la tradición de que Papá Noel procedía del Polo Norte; y se hicieron populares los renos navideños como su medio de transporte. Por fin, ya en el siglo XX, la empresa Coca Cola le encargó al pintor Habdon Sundblom el rediseño de la figura de Santa Claus/Papá Noel para hacerlo más humano y creíble. Esta versión data de 1931. Y es la que hemos adoptado por aquí en detrimento del mito o culto anterior del cristiano pesebre y la tradición de regalar el 6 de enero en vez del 25 de diciembre.
En algunos países como Alemania, Austria, España y la República Checa, se han realizado movidas en contra de esta primacía de Papá Noel sobre las tradiciones cristianas. En España hay una campaña en su contra y a favor de los Reyes Magos. Bajo el lema Yo soy de los Reyes Magos, ha incluido una manifestación ante la embajada de Finlandia con pastores que llevan pancartas en defensa de los Reyes Magos en los pesebres.
Como puede verse, nada más ajeno a nosotros que Papá Noel. Su absurdo e invernal traje rojo con bordes blancos, su rostro encendido y nórdico, su risa monótona e inmotivada, el trineo remolcado por los ágiles renos que vuelan y ese tiznado acceso a los hogares bajando por la chimenea constituyen un ejemplo perfecto de penetración cultural, al igual que ese otro disparate que año a año viene ganando protagonismo: Halloween, una costumbre tan ajena a nosotros como el harakiri. Lo único que nos falta es importar pavos para guillotinarlos el Día de Acción de Gracias.
Vaticino el triunfo definitivo de Papá Noel cuando éste aparezca en algún spot televisivo tomando mate y caminando por la rambla, tan uruguayo como Gardel.