El hombre que jubiló a Freud

| "El siglo XXI será del inconsciente, incluso en las decisiones más racionales", asegura David Brooks, el columnista del New York Times, en su nuevo libro.

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El Mercurio | Sergio Paz

Sabe por qué un equipo tiene más posibilidades de ganar cuando juega de local? No porque los jugadores se sientan más cómodos y conozcan de memoria la cancha. Nada que ver.

Según Moskowitz y Wertheim, dos neurobiólogos, el fenómeno se explica porque, en tierra de locales, los árbitros dejan de ser imparciales. Aunque no lo quieran. Suena coherente: inconscientemente se asustan. No quieren que los apabullen, que los insulten y, aunque intenten ser ecuánimes, lo cierto es que empiezan a favorecer al equipo local. ¿Broma? No.

Esto es ciencia. Neurociencia, según David Brooks, el autor del bestseller The Social Animal (El animal social), la teoría que en los próximos años no sólo revolucionará la forma en que se ha venido entendiendo la mente, sino también la economía, las ciencias sociales y, por cierto, la política. El libro que, aunque Forbes y Newsweek advierten que no es bueno ni para los científicos ni para quienes quieren aprender de ciencia y menos para los amantes de la buena literatura, claramente ofrece una forma sui generis de entender qué es lo que realmente queremos cuando queremos algo.

Sin complicados argumentos, explica cómo es que hasta las decisiones más racionales estarían controladas por el gran rockstar del nuevo siglo: el inconsciente.

Según Brooks, un periodista que se ha pasado los últimos años leyendo cuanto paper de psiquiatría, psicología y neurociencia haya pasado por sus manos, todo lo que elegimos en nuestras vidas sería el resultado de una red neuronal que envía señales (los scouts) desde el backstage del cerebro al medio ambiente, incluidas las redes sociales en las que twitteamos, vivimos, sociabilizamos. Es lo que delinearía nuestro carácter y lo que nos ayudaría (o impediría) conseguir los objetivos.

¿Cómo hace Brooks para explicar algo tan denso? Pues construyendo una rara novela -mezcla de ciencia, crónica y literatura de autoayuda- en la que sus personajes no están muy lejos de ser sofisticados avatares de un videojuego. De hecho, todas sus vidas (juventud, madurez, vejez) ocurren en una década. Brooks lo quería así: un mundo donde lo que realmente importa es el presente.

UNA BURBUJA. En el libro de Brooks hay algo adictivo: junto con a los personajes y sus acciones, el lector encuentra fichas, resúmenes con los últimos avances en neurociencia, todos los cuales aclaran por qué las cosas pasan como pasan. Aunque a veces uno crea que pasan porque sí. "Las coincidencias -dice Brooks- le dan a las relaciones un aura de destino que sin duda no es así".

Ahí está la pareja. En su casa de invierno en Aspen. Erica y Harold son un matrimonio de clase media alta. Son medios renovados, medios emergentes.

Erica y Harold son algo andróginos. Erica es una ambiciosa, dulce, y exótica ejecutiva chino-mexicana. Él un tipo culto, sofisticado, experto en historia, que no se hará problema cuando se entere que Erica le ha sido infiel en una aventura que, por cierto, a ella le ha importado nada.

Erica ama incondicionalmente a su marido. No se lo cuestiona. Tampoco su vertiginosa carrera que comienza cuando, en un restaurante, se encandila con el magnetismo de la dueña/ejecutiva. Es entonces cuando Erica entiende que ella también vestirá trajes, será una líder, una mujer en en el poder. Erica, claramente, conoce mejor el éxito que la ambición. Lo demuestra cuando dirige su propia compañía de cable.

Erica y Harold se divierten. No viven en una burbuja. Ellos son la burbuja. Y todo en torno a ellos huele a felicidad: el olor del cuero nuevo en su último modelo. El olor al tabaco en la terraza del penthouse.

Pero ¿es tanta la felicidad? En su vida íntima, Harold y Erica juegan tenis, andan en bicicleta. Su amor -dice Brooks- no nació junto a la primavera, sino gracias a suficientes dosis de dopamina. Y otros químicos.

El sustrato que sostiene The Social Animal son al menos 30 años de investigación sobre qué es realmente el cerebro, cómo nos relacionamos, qué es el amor, cómo vemos el mundo y, lo más importante, ¿realmente necesitamos lo que queremos? Si a una mujer le gusta un hombre alto, es porque se imagina junto a él con sus nuevos tacos ¿o porque su inconsciente sabe que, cada centímetro de altura, significa (ahora está comprobado) un ingreso superior?

¿Son Harold y Erica triunfadores? ¿O en verdad víctimas de un juego mental que no han podido entender ni controlar? Leyendo, uno duda a ratos de que Brooks tenga la respuesta.

MR. Polémica. Brooks vive en Bethesda, Washington, cerca de su taller-oficina donde prepara su columna de los viernes en televisión. También sus escritos para The New York Times. "Una de las cosas que hay que saber para ser columnista -dice- es que la gente te odia".

Brooks -en sus siempre peladas, pero leídas columnas- se ha especializado en despotricar contra quien sea. Y en fundamentar sus opiniones con estudios científicos, preferentemente ligados a la neurociencia, gracias a los cuales queda en evidencia la torpeza de políticas educacionales, salud, economía, en fin.

En medio de la crisis, Brooks escribía: "Tenemos un sistema financiero basado en la noción de que los banqueros son criaturas racionales que jamás podrían hacer algo estúpido en masa. Pero nos equivocamos". Inquieto, una y otra vez se pregunta: "¿Por qué el mundo racional ha triunfado sobre el emocional a un costo tan grande?" Líderes como Paul Berman lo han defendido diciendo que él "no es de derecha o de izquierda, (Brooks) es un crítico social con mucho talento para revelar los sinsentidos de la nueva vida burguesa".

Particular obsesión de Brooks es la clase media emergente, la clase en el poder. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Qué es lo que quieren?, son preguntas frecuentas en sus columnas. Y para responder encontró a su mejor aliado en la ciencia. Así, si en una semana se pregunta si hay que subir el sueldo en tal o cual área de la producción, Brooks discute poniendo sobre la mesa el estudio de Helper, Kleiner y Wang, publicado en el National Bureau of Economic Research, que asegura que la satisfacción de los empleados mejora si se bonifica la producción colectiva en vez de la personal. Para discutir otro tema, cita a Peetz y Kammrath, quienes han descubierto que la gente romperá sus promesas primero entre la gente que ama y luego con las que no.

En entrevistas ha contado que fue el mismo ejercicio, de revisar los avances científicos en relación con cómo funciona la mente, lo que le permitió escribir The Social Animal.

Su obsesión por la neurociencia le había dejado claro que, en los últimos años, el viejo inconsciente de Freud había sido redefinido, dando lugar a un nuevo concepto (un nuevo inconsciente) que sería el verdadero responsable de todas nuestras acciones conscientes. Lo de Freud es conocido: mientras más moralista sea una persona, más inconsciente tendrá. La neurociencia, sin embargo, ha dicho lo contrario: es el inconsciente el que genera la moral. Vale aclarar que el inconsciente de Freud es diferente al que ha estado investigando la neurociencia. ¿Muy enredado? Investigadores han logrado afirmar que los humanos tomamos nuestras decisiones más importantes desde la incertidumbre; eso, porque el verdadero responsable de nuestros actos conscientes es un área del cerebro que no está al alcance de la conciencia.

Brooks lo explica: "El inconsciente ha sido asociado a lo impulsivo, a lo impredecible. Pero ese concepto ha sido revisado, y ahora sabemos que el inconsciente puede ser realmente brillante y hacer conexiones creativas. Es más, el inconsciente es gregario. Te quiere ver hacia afuera y estar bien conectado, en comunión con el trabajo, la familia, los amigos, el país y las causas sociales".

En resumen, Brooks advierte que rápidamente nos aproximamos a un mundo en el que debiera empezar a ganar lo intuitivo sobre lo racional.

Según el autor, esta ciencia que comienza a revelar los secretos de cómo funciona la mente nos ayuda a llenar el hoyo que nos ha dejado la teología y la filosofía. Bajo su entendimiento, en los últimos años se ha gestado una revolución cognitiva que nos permitirá ser enfáticos al afirmar que las emociones son aún más importantes que la pura razón y que las conexiones sociales son aún más determinantes que las elecciones individuales, la intuición moral o la lógica abstracta. Brooks asegura que la percepción tiene más peso que el cada vez más pasado de moda coeficiente intelectual.

La mente consciente, insiste el periodista, se centra en el poder del individuo. La mente interior, el nuevo inconsciente, en cambio, busca las conexiones. ¿Qué es lo que, en verdad, explicaría la gran crisis que hay en el mundo? Pues que ambos mundos siguen distanciados.

Ahora podemos voltear y analizar, con los ojos del autor, nuestro propio mundo. ¿Qué pensar? De todo lo que pasa: ¿somos espectadores o cómplices? Probablemente David Brooks tiene más preguntas que respuestas. Claramente, es otra de las gracias de un libro que ha comenzado a hacer historia.

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