El enojo con y sin control

| Aunque tiene mala fama, el enfado es una emoción humana más que hasta tiene aristas positivas. El asunto es comprenderla y exteriorizarla sin herir a nadie.

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CATERINA NOTARGIOVANNI

Porque el guarda lo llenó de monedas, porque el banco no le aprueba el crédito, porque el profesor puso un escrito sorpresa, porque el bebé lloró toda la noche y no la dejó dormir, porque el conductor dobló sin poner el señalero, porque la pizza está fría, porque hace frío y es primavera, porque la cerveza está caliente o porque no funciona la conexión de Internet. Contrariedades de todos los tonos capaces de provocar malestar, enojo y discusiones.

Podrán parecer banalidades, y no faltará quien diga que no corresponde hacerse mala sangre por ninguna de esas situaciones, pero, ¿cuándo vale la pena enojarse? Es que aunque se trata de una emoción con mala prensa ("qué fea la nena cuando se enoja", dicen a menudo los padres), enfurecerse puede tener aristas positivas.

Sin mufa, por ejemplo, no habría reacción de defensa ante un ataque. Y a la vez, no manifestarse enojado puede tener efectos nefastos en la salud. Entonces, la cuestión no es esquivar el enojo, sino comprenderlo y aprender a manifestarlo sin maltratar a quienes se cruzan en el camino.

Radiografía. El enojo es una emoción "básica y deseable", dice el psiquiatra Miguel Ángel Cherro. "Remite a una frustración, a algo que no nos sale o no podemos", señala el psicólogo Álvaro Alcuri. También enfurece una injusticia, una humillación o una provocación. "Es una respuesta natural que se adapta a las amenazas, e inspira sentimientos intensos, con frecuencia agresivos, y conductas que nos permiten luchar y defendernos cuando nos sentimos atacados. Por lo tanto, para sobrevivir es necesario un determinado grado de enojo", indica un texto del Centro de Apoyo de la Asociación Americana de Psicología.

Como todas las emociones, tiene sus manifestaciones fisiológicas: un episodio de enfado eleva la frecuencia cardíaca, la presión arterial, los niveles de adrenalina, provoca trastornos neurovegetativos, como el sudor, la palidez o el enrojecimiento de la cara y temblores.

Según explica Cherro, el enojo se puede rastrear tempranamente en las manifestaciones del recién nacido frente a situaciones no placenteras, reacciones que orientan a los padres sobre su estado de ánimo.

La capacidad de lidiar con esta emoción está vinculada con la regulación emocional, que comienza siendo "externa a nosotros", explica Cherro, "es decir, favorecida o entorpecida por la actitud que adopte en nuestra crianza el entorno cuidador significativo". "Paulatinamente vamos incorporando la modalidad reguladora y finalmente, de acuerdo a como hayamos sido tratados en esos vínculos tempranos, resultaremos o no capaces de una buena regulación emocional, y competentes para expresar nuestro enojo de manera socialmente aceptable", agrega.

Hay distintos modos de lidiar con el enojo: procurando la calma, reprimiéndolo o expresándolo. La opción uno requiere altas dosis de autocontrol porque no sólo implica cuidar lo que se comunica hacia afuera, sino las respuestas internas (el ritmo cardíaco, por ejemplo). Seguramente haya pocas personas capaces de lograrlo.

La represión del enojo es otra posibilidad, aunque peligrosa para la salud individual y social: "El enojo que queda en su fuero interno puede causar hipertensión, presión arterial elevada o depresión", explican desde el Centro de Apoyo de la Asociación Americana de Psicología. Pero además, puede derivar en expresiones de ira patológica, actitudes cínicas y hostilidad duradera. "Las personas que están constantemente menospreciando a los demás, criticando todo y haciendo comentarios cínicos no han aprendido a expresar su enojo de manera constructiva. No es sorprendente entonces, encontrar que éstas no tienen la probabilidad de establecer relaciones exitosas", señala el mismo texto del Centro.

Álvaro Alcuri utiliza una metáfora para ilustrar lo que puede suceder cuando la emoción no se canaliza correctamente: "El enojo es una bolsa de basura que uno no saca a la calle. Imagínate, a la semana tenés un basural. Muchas veces la persona ni siquiera es consciente de que tiene basura adentro. Pero ojo, eso no habilita a que uno ande descargando el camión de basura encima del prójimo", acota.

Este tipo de descargas la conocen bien quienes se desempeñan atendiendo al público, especialmente aquellos cuyo insumo es la queja. Tal es el caso de Ana Laura, que trabaja en el Área de Admisión y orientación del reclamo de la Defensoría del Vecino de Montevideo, donde buena parte de las llamadas diarias son realizadas por personas enojadas. (Ver servicio).

Entre niños y jóvenes, en general, el enojo se manifiesta de un modo diferente. "Más bien es el maltrato sordo y disimulado, el vacío, la mirada burlona, la actitud despectiva frente a un comentario. Eso se observa más que el enojo franco o la pelea. No es que no se dé, pero no es la forma más habitual de manifestación. Está más bien solapado, a tal punto que a veces pasa desapercibido y nos enteramos cuando estalla", cuenta Luis Correa, psicólogo y director del colegio y liceo Los Maristas.

Lo más "sano" es poder expresar el enojo de un modo firme pero no agresivo, dejando en claro las causas del enfado pero sin herir. En definitiva, ni acumulando la basura ni tirándosela al primero que pase por la puerta y que nada tiene que ver con las causas del malestar.

Ira. Aunque se usen como sinónimos, hay diferencias entre enojo e ira. El primero es "un sentimiento deseable en el ser humano, que adecuadamente manifestado constituye una expresión de autoafirmación del individuo que nos hace conocer en términos civilizados su disconformidad por algo. En tanto la ira evoca un estado con mayor o menor grado de descontrol donde en cierto sentido se anula la capacidad de pensar y se actúa muchas veces obnubilado y de manera impulsiva", asegura el psiquiatra Cherro.

La experiencia de Aníbal, taxista de 55 años, cuaja perfecto con esa definición. Aunque después de treinta años de experiencia ya aprendió que cuando un pasajero le habla mal debe respirar hondo y responder con calma, esa mañana de mayo Aníbal había agotado su dosis de autocontrol. Primero llegó tarde al relevo porque no oyó el despertador, luego soportó en silencio los reproches de su compañero y por último se quemó con agua caliente cebando el primer mate del día. Cuando el pasajero le dijo que se apurara, Aníbal tuvo una reacción sin precedentes: "Clavé los frenos así como venía, me di vuelta y le grite cualquier cosa", relata entre risueño y avergonzado, "le dije que por gente como él está lleno el cementerio, que además de apurado era un maleducado, que con qué derecho me hablaba mal… no sé, no me acuerdo mucho porque estaba sacado", agrega. Antes de que Aníbal hubiera terminado su descarga, el pasajero se bajó del vehículo y se perdió entre los transeúntes. "Por suerte se bajó, no sé qué hubiese pasado mirá. Estaba sacado", repite este hombre de apariencia tranquila. Debido a esa extraña reacción consultó a un psicólogo.

Siguiendo la metáfora de Alcuri, el incidente estuvo cerca de ser una colisión de dos camiones cargados de basura. Dado que es impensable evitar el enojo, es recomendable entonces reflexionar y ejercer el autocontrol. Como decían las abuelas, aprender a contar hasta diez antes de actuar.

Reclamos: zona de descarga

Ana Laura (21) es recepcionista del Área de Admisión y Orientación del Reclamo de la Defensoría del Vecino de Montevideo. Su jornada consiste en atender consultas y reclamos de personas que en su mayoría llaman enojadas, no con la Defensoría si no con la Intendencia o algún vecino.

"Muchos hablan a los gritos y nos obligan a adivinar cuál es el problema porque no lo cuentan", comenta la funcionaria. Cuando la llamada comienza en mal tono, Ana Laura apela a la experiencia, que le dice que debe bajar la voz y explicar que no entiende el reclamo. Eso expone al interlocutor a hacer lo mismo porque de lo contrario no escucha a la recepcionista. Si además de gritos se agregan insultos, ella le hace una advertencia: "Así no puedo continuar la llamada y voy a tener que cortar", ilustra. Lo que más indigna a la joven son las personas que le dicen saber que ella no tiene la culpa pero que acto seguido comienzan la descarga. "Si sabés que no es mi culpa, no me hables mal. Prefiero a los que lo hacen inconscientemente que los que me dicen eso", confiesa. "Una persona enojada no sabe canalizar lo que siente y no diferencia, sólo quiere un oído que escuche su queja", agrega. Ella nunca sufrió un episodio de violencia extrema, pero una vez una compañera fue amenazada por una señora exaltada. Desde entonces el área cuenta con un servicio 222.

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