MAGDALENA HERRERA
Por qué estás tan flaca? ¿Por qué estás tan callada? ¿Por qué no comés un poco de pizza? ¿Por qué no comés? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Esos y otros tantos porqués debió intentar contestar -aunque no tuviera respuesta- Catalina Fernández (15 años), durante 2009. Con apenas 13 años, la joven nacida en Colonia, un día se dio cuenta que estaba viviendo lo que ella describe como "una pesadilla". "Ana", como personifica a la anorexia, la controlaba "como un títere". Claro que durante muchos meses, Catalina no era consciente de que padecía ese trastorno. Por el contrario, creía que su familia exageraba, que todos la miraban de reojo y que rumores y mentiras sobre ella circulaban en su entorno. Que su mal humor constante se debía a eso. Que su cansancio también. Y fundamentalmente se sentía muy sola. Lloraba, la ropa le colgaba, pasaba de médico en médico. Ella quería explicar que no le importaba adelgazar, ni el peso, simplemente que no tenía hambre. Pero nadie le creía, recuerda sobre esa etapa.
Llegó a pesar 30 kilos. El día que cumplía 14 años, Catalina escribía: "Hoy cumplo años y muchas cosas me regalaron/ Pero se olvidaron de lo que más yo deseaba: que Ana no avanzara/ ¡Ay ya no sé que voy a hacer contigo!/ No te siento, pero contigo sigo hasta el momento/ Vinieron mis amigos más cercanos, pero muchos ni me llamaron/ ¿Ves lo que estás haciendo con mi vida?/ La estás arruinando y si sigo así la vas a estar terminando".
Hoy, Catalina pesa 36 kilos y se ha alejado completamente de "Ana". Come como cualquier joven de su edad, sucede que no ha recuperado los kilos necesarios porque tiene un metabolismo acelerado, según le dicen los especialistas.
Y ha escrito un libro que llamó La otra cara de la luna. Diario de una anoréxica. "Cuando uno está enfermo ve todo desde una perspectiva diferente a la de una persona que no lo está. Entonces quise contar ese otro lado de la luna, y por eso el título", dice Catalina, y también explica que cambió los nombres, no por ella, sino por todos a quienes nombra en el libro, que quizás se puedan ofender o no quieran aparecer. "Por eso me llamo a mí misma Amanda, y todos los demás tienen nombres ficticios, para protegerlos".
Cada vez más débil, hasta internada alguna vez, Catalina corrió serios riesgos, y aunque ella nunca pensó en hacerse daño, hoy reconoce que se lo estaba haciendo. Por esa razón, la palabra "muerte" también ronda en algunos capítulos de su libro.
-¿La historia está novelada?
-No, es cien por ciento real (lo dice con voz muy bajita).
-¿Cómo era tu vida antes que apareciera "Ana"?
-Yo era feliz. Me gustaba el deporte pero tampoco era una obsesión. Estaba feliz con lo que tenía. Si me pongo a pensar, no sé por qué fue, qué lo disparó. No había un motivo fuerte, a simple vista. Por lo que me dicen ahora, tampoco hay una razón única para que le suceda a cualquiera. Mi psicóloga dice que soy muy autoexigente.
-¿Por qué llamás "Ana" a la anorexia en tu libro?
-En los centros de recuperación para anoréxicos y bulímicos se le denomina Ana, y me pareció interesante. Era como personificar la enfermedad. Obvio que no se trata de una persona pero como es tan controladora parece que vos fueras un títere, y ella el titiritero. O algo así.
-¿Cuándo comenzaste a darte cuenta que la comida controlaba parte de tu vida o era un problema?
-En sí mucha cuenta no me daba. No tenía mucha conciencia en relación a eso. Mi familia me empezó a preguntar por qué comía tan poco. No era por ser más flaca o más gorda, sino porque no tenía hambre. Comencé a darme cuenta que cuando comía menos me cansaba más rápido. En mi casa me exigían y yo no quería, porque en realidad no tenía hambre, entonces mi estado de humor era muy diferente al actual. En los deportes no me canso, sin embargo en aquel momento sí, y tenía mucho frío. Por ejemplo, mis amigas usaban una remera manga corta y yo andaba de polera. Ahí es cuando me doy cuenta de que por algo sucedía eso.
-¿Hasta ese momento no?
-No, yo pensaba que mi familia estaba obsesionada con eso, que no pasaba nada. Los culpaba a ellos y en realidad era yo.
-¿Cómo te veías en el espejo?
-Es que no me interesaba la figura en sí, no me gastaba en mirarme al espejo. Yo no comía menos para adelgazar. Ni siquiera me interesaba saber cuánto pesaba. Nunca fui de mirarme al espejo, solo lo hacía para probarme la ropa. Cuando veía que se me caía todo y me quedaba cada vez peor, ahí sí me veía mal.
-¿Cuánto fue lo mínimo que pesaste?
-30 kilos (lo dice muy bajito).
-¿Y cuál sería tu peso normal?
-40 kilos. Todavía sigo en tratamiento porque peso 36.
-¿Sentís que ahora controlaste la anorexia?
-Sí, me ha costado subir de peso porque tengo el estómago muy chico. Como lo normal, pero tengo un metabolismo acelerado, según dicen mis doctores. Como que quemo muchas calorías rápido.
-¿Sos ansiosa, nerviosa?
-Sí, nerviosa.
-¿Que sentís que es lo peor que padece una persona con anorexia?
-Tiene varias cosas que son muy feas. Para mí lo peor era la tensión que se formaba, no solo en mi casa, también en lo de mis amigas era lo mismo. Es algo que aunque vos lo quieras esconder, no podés. Tu cuerpo está a la vista. Todo el mundo lo ve. Y como no lo podía esconder, me avergonzaba de pensar lo que la gente diría al respecto. Yo sabía que debían pensar cosas porque, yo, si viera a una persona así, tan flaca, también las pensaría. También, otra cosa horrible era que nadie decía nada, pero en realidad lo decían todo. Te miraban con caras extrañas, algo que normalmente no era así. O te tenían compasión en cosas que vos decías por qué a mi sí y a ella no.
-Tú querías que te trataran como si nada pasara.
-Que me trataran como siempre. Pero claro, ahora entiendo que no era todo como antes, y ahí estaba la diferencia.
-¿Resultaba más difícil al vivir en Colonia, un lugar chico donde todos se conocen?
-Sí, se corrían rumores que no tenían nada de verdad. Incluso, ¡un familiar vino a preguntarme si pesaba 26 kilos! Era algo ilógico. Si ya con 30, era un esqueleto viviente, con 26, no sé, ni podría caminar. Era imposible. También había rumores de que mi familia no me quería. Salieron a decir cosas que no fueron ciertas.
-¿Se sufre mucho por eso?
-Sí. Lloraba mucho. Porque sentís que nadie te entiende. Yo quería explicar que no lo hacía para adelgazar, pero todo el mundo estaba convencido que sí. "Sí, es para adelagazar", me decían. Entonces, yo pensaba: nadie me entiende, nadie me entiende. La gente me preguntaba: "¿Pero vos no tenés hambre?" No, no tengo hambre, les contestaba, pero no me creían. Y realmente no tenía hambre, si comía era obligada. Cuando tenía hambre comía, lo solucionaba con un pedacito de cualquier cosa. Yo me sentía sola. Como que nadie me entendía. Entonces me angustiaba porque quería hablar con mis amigas y ellas me decían que no, que yo estaba mal (se le quiebra la voz); quería hablar con mi madre y ella me llevaba la contra; buscaba hablar con mi padre y me decía que no tenía razón.
-Según contás en el libro, repercutió en toda la familia, tu padre, tu madre, tus hermanos. ¿Te dabas cuenta del dolor que les causaba o eras ajena?
-Era totalmente ajena. Yo pensaba que exageraban situaciones, que en realidad no eran así. Si llegamos al caso había exageraciones. Si un día no comía carne, por decir algo, ya era un diluvio. Claro, parece una pavada no comer carne, pero si yo retrocedía en eso, todo el tratamiento retrocedía. En mi caso no era exagerado.
-Un momento muy fuerte, que hasta dudaste ponerlo en el libro, fue cuando tu padre te dio la única cachetada en tu vida. ¿Cómo lo viviste y cómo lo ves hoy?
-Mi padre no exageraba situaciones pero cuando tenía que decirme las cosas, las decía. Muchas veces yo me ponía berrinchosa, y si él me tenía que decir "tranquilizate", me lo decía una y otra vez hasta que me tranquilizara. Mi madre, en cambio, me discutía, me seguía la corriente, y al final terminábamos berrincheando las dos. En el momento de la cachetada sentí rabia, pero me hizo caer una ficha. Lo entendía, y sabía que yo estaba mal.
-¿Qué fue lo peor que te llevó a hacer esta enfermedad, de lo que te arrepentís?
-Entrar, solamente eso.
-Pero, ¿eras conciente?
-No, pero lo que más me arrepiento es de haber dejado que me dominara.
-En el libro decís que no inducías los vómitos. Muchas chicas lo hacen.
-No, yo no me animaría, no tendría coraje para hacerlo. Lo que pasaba era que mis padres me hacían ingerir una cantidad equis de comida como para una persona normal, pero mi estómago era más chico del de una persona de mi edad. Entonces lo que entraba quedaba ahí, pero lo que sobraba iba para afuera. Mi estómago retenía lo que podía.
-También en tu diario, afirmás que nunca pensaste en hacerte nada. Sin embargo, el tema de la muerte sobrevuela varios capítulos.
-Yo nunca pensé: "Ah, me voy a matar; ah, la vida no vale nada", nada que ver. Pero al ser una víctima de la anorexia es como que te estás matando porque llega un punto en que casi no comés. Una persona normal no vive con dos manzanas por día. Al ser víctima de la enfermedad, pasas a ser víctima del suicidio. Porque quien está provocando que no comas sos vos. No estás diciendo: "Me voy a matar", pero inconscientemente lo estás haciendo.
-Pasaste mucho tiempo con médicos, nutricionistas, psicólogos, inclusive algún día internada. Ese fue un momento crítico de la enfermedad. ¿Ahí sentiste que te morías?
-Sí, prácticamente.
-Sentiste que tu abuelo estaba contigo y te hablaba.
-Sí, yo tenía una afinidad muy grande con mi abuelo, y ta, no sé porqué, lo más probable es que hayan sido pensamientos míos, porque es imposible. Pero yo sentía que ahí la quedaba porque de comer no quería saber nada, no quería que me dieran medicamentos, no quería nada.
-¿Fue ahí que reaccionaste?
-Como que tenés que reaccionar porque si no te morís. Era algo que me daba cuenta que estaba en mí. Vos podés ir al psicólogo e inventarle cualquiera. Podes ir al pediatra, decirle que sí y después hacer lo que quieras. Ir a la nutricionista decirle que comés todo, y no hacerlo. Solamente tu voluntad te saca de eso. Claro, necesitás apoyo, pero apoyo psicológico.
-Pero al principio llorabas cada vez que tenías que ir al psicólogo.
-Ahí fue lo peor. Porque en realidad me mintieron; me dijeron que iba a ir solo una vez y al final terminé yendo siempre. Ahora sigo pero no me molesta. En ese entonces, sí. Todos decían que era porque me decía cosas que yo no quería escuchar pero era mentira. Porque la psicóloga nunca me dijo: "Vos tenés anorexia", "vos querés adelgazar`, no, nada que ver. Sino que me dijo que era muy autoexigente.
-¿Cuándo decidís tomar las riendas de tu vida nuevamente?
-Llegó un punto que estaba cansada de todo. No quería escuchar más nada. Quería que en mi casa estuviera todo normal como antes. Y que no fuera una discusión permanente cada vez que nos sentábamos a comer. Era como una lucha libre: yo no quería comer, mis padres me decían que comiera, mis hermanos trataban de mediar, todos contra todos. Yo estaba cansada de todo eso. Además, me habían sacado el deporte, y los odié por eso. Fue lo peor. Que me tocaran lo que más quería. Porque no era que yo hacía más deporte que antes, sino el mismo, el tenis, natación y la gimnasia del colegio. Pero me lo prohibieron porque no me daba el físico. Y cuando, por ejemplo en el colegio, todos mis compañeros se iban a hacer deporte y yo tenía que quedarme sentada, mirándolos, me re molestaba. Yo no quería todo eso. Entonces pensé que si cambiaba de actitud, las cosas podían comenzar a arreglarse. Entonces dije hasta acá llegué, nunca más.
-¿Cómo hiciste ese proceso?
-Así como te mentalizás de "Ana", te tenés que mentalizar que podés salir. Si pudiste meterte, podés salir. Yo pensaba si toda mi vida comí, ¿por qué ahora no voy a poder? Bueno, si podés comer sólo pocas cantidades, hacelo, pero varias veces. Si no podés hacer deporte, esperá, ya vas a poder. A medida que van pasando las cosas, ves que todo cambia. En mi casa, al verme comer, todo era mucho mejor. No te dicen nada, pero te das cuenta que no hay tensión, que no hay una lucha constante, que un día te dicen hoy podés hacer natación. Es como que te sentís más libre. Mis amigos también me ayudaron al decirme que me veía bien. Eso da fuerza a seguir. Ya que valoran lo que pudiste hacer, que aunque no sea mucho, te anima a seguir.
-¿Por qué decidís contar y publicar tu historia con nombre y apellido, algo poco frecuente y valiente para muchos?
-Yo sentía que para superarlo totalmente, primero me tenía que desahogar. Para mí era más fácil escribirlo que hablarlo. Además escribiéndolo pensaba que podía ayudar al que está del otro lado de la luna y no lo ve. Para ayudarlos a saber que se puede salir. Y también va dirigido a aquellos que están en ese proceso, que vean que no es lindo, que no es como parece. A las personas que están viviendo lo que yo pasé les aconsejo visualizar su vida de antes y la de ahora, compararlas, y ver cuál es mejor. Y realmente pensar si están dispuestas a pasar por algo que puede llevarlas a la muerte. Sin embargo, también les diría que hay salidas, no está todo perdido por meterte en esto, no es que nunca vas a poder salir. Si vos te lo proponés salís, seguro, y más rápido de lo que piensan.
Quiere ser chef en el futuro
Catalina Fernández se encontraba en las primeras etapas de recuperación cuando sufrió una recaída. Sus padres habían viajado a Perú. "Yo no quería que se fueran, pero una vez que lo habían hecho, no quería que volvieran. Que se hicieran responsables de lo que habían hecho. Fue mi tía que los mandó llamar porque una noche, me sentí mal y vino una doctora muy amiga de mis padres, que le dijo que si yo seguía así me iban a tener que internar, porque no me daba el físico. Cuando volvieron me sentí muy culpable, aunque ellos nunca me dijeron nada. Y ellos se sentían culpables de haberse ido. Era un ida y vuelta".
-¿Qué le aconsejarías a las familias que tienen a una persona anoréxica entre sus integrantes?
-Que no lo nieguen, porque es tapar el sol con un dedo. En cuanto puedan darse cuenta deben reaccionar, pero no en forma brusca. Si a una anoréxica le decís comé, te dice que sí, y después no lo hace, o hace lo opuesto. Se le debe ofrecer cosas que le gustan, apoyarla sin preguntarle tanto, pero tampoco dejar que haga lo que quiera. De cualquier manera hay que buscar ayuda médica y psicológica, porque la anoréxica en sí no lo hace consciente, no pensás que es tan dramático. Alguien tiene que decírtelo y mejor que no sea la familia, porque es quien más querés pero con quien más te enojás. El apoyo psicológico es esencial. En mi caso, voy a seguir en tratamiento médico hasta que recupere los kilos. Y psicológicamente se aconseja que el enfermo de anorexia siga por largo tiempo, porque siempre puede haber una recaída.
-Estás en cuarto de liceo, ¿qué pensás hacer en el futuro?
-Voy a ser chef, quiero estudiar en el Crandon. Me encanta cocinar.
-Qué paradoja.
-Es que a mí me gusta la comida, más lo dulce que lo salado. No comía porque no tenía hambre pero me encanta lo picante. Y me gustaría especializarme en cocina mediterránea.