Decenas de delfines siguieron nuestra embarcación, una flotilla de aletas y cuerpos estilizados que emergían del agua. A una señal del capitán, seis pasajeros nos lanzamos al mar para encontrarnos con ellos. Miré a través de la máscara y vi a dos de los animales a unos tres metros de distancia: uno me sostuvo la mirada mientras otro se daba vuelta de manera juguetona.
De los muchos encuentros con fauna silvestre que tuve durante tres visitas a Kangaroo Island, a unos 110 kilómetros de la costa de Australia del Sur, este fue quizás el más mágico. Cuando mi marido y yo la visitamos por última vez, en 2002, junto a nuestros hijos gemelos de 8 años, Kangaroo Island Marine Adventures era apenas una idea en la cabeza de Andrew Neighbour, isleño de quinta generación y ex pescador de langostas. Hoy, Neighbour ofrece la posibilidad de nadar entre un grupo de unos 80 delfines mulares que se reúnen en lo que él llama su “sala de estar”. En estas aguas azul intenso frente a la ventosa costa norte de la isla, también pueden verse focas y aves rapaces como las águilas marinas de vientre blanco, cuyas sombras se deslizan sobre los acantilados.
Aunque el encuentro con los delfines fue una novedad bienvenida en este viaje a KI -como llaman a la isla los lugareños-, no estaba tan segura respecto de otros cambios en el lugar que me había cautivado por primera vez durante un viaje en solitario en 1992. Una de mis mayores preocupaciones era el daño causado por los incendios forestales de 2020, que arrasaron gran parte del extremo occidental, provocaron la muerte de dos personas y de decenas de miles de animales de granja, koalas, canguros y wallabies. También me inquietaba que el encanto y la sustentabilidad de la isla se vieran amenazados por el aumento del turismo.
Aun así, planificamos una estadía de cuatro días en KI, con la esperanza de encontrar el equilibrio justo entre fauna, aventura, gastronomía local y descanso en las inmaculadas playas de arena blanca. Mis visitas anteriores habían sido en marzo y en julio, pleno invierno. Esta vez viajamos en diciembre, durante el verano australiano.
Por eso me sorprendió que, después de llegar en un ferry repleto desde el continente, rara vez nos sintiéramos agobiados por la cantidad de gente. La única vez que tuvimos que disputarnos un buen lugar fue al observar a los lobos marinos de nariz larga jugando cerca del Admirals Arch, en el Parque Nacional Flinders Chase, en el extremo oeste de la isla.
La gente va al parque no solo para ver focas, sino también el arco en sí: una enorme abertura en los acantilados de granito, cuyos “dientes” de estalactitas enmarcan las olas rompiendo contra las rocas. Cerca de allí, las Remarkable Rocks -un conjunto de enormes bloques de granito esculpidos por el viento y el agua- parecen un parque de juegos alienígena. Los turistas trepaban por sus laderas cubiertas de líquenes y posaban para fotos en pequeñas cavidades.
Fue en el sendero hacia las Remarkable Rocks donde fui más consciente de los recientes incendios, aunque no de un modo del todo negativo. Una nueva pasarela de madera atraviesa el monte y, mientras me detenía a observar los restos ennegrecidos y esqueléticos de los eucaliptos mallee, esos recordatorios fantasmales quedaban eclipsados por los arbustos que habían brotado entre la devastación.
Flinders Chase cuenta ahora con un moderno centro de visitantes construido con maderas ignífugas, y el sendero Kangaroo Island Wilderness Trail, de 66 kilómetros, fue restaurado. Campings y alojamientos, incluido el exclusivo Southern Ocean Lodge, también fueron reconstruidos.
Animales como los lagartos goanna y los equidnas -mamíferos cubiertos de púas- sobrevivieron a los incendios de 2020 refugiándose en sus madrigueras. Pero el marsupial que da nombre a la isla y sus parientes wallabies sufrieron fuertes pérdidas. También desapareció aproximadamente la mitad de los cerca de 50.000 koalas, una pérdida que podría interpretarse como una de las correcciones crueles de la naturaleza.
La doctora Peggy Rismiller, que dirige junto a su esposo Mike McKelvey el Pelican Lagoon Research and Wildlife Center, me explicó que los koalas -que no son nativos de la isla- habían despojado de follaje a los eucaliptos del extremo occidental. “Si pudiéramos contener a los koalas en una sola zona, sería fantástico”, dijo.
Otros encuentros con fauna nativa ocurrieron durante visitas guiadas para ver leones marinos australianos en el Seal Bay Conservation Park y pingüinos azules en el Penneshaw Penguin Center, en la costa noreste.
No hace falta ir a parques ni hacer excursiones para ver animales. Tuvimos que ser muy cuidadosos al manejar, especialmente al amanecer y al atardecer, cuando canguros y wallabies suelen salir del monte. También vimos serpientes tomando sol al costado del camino y, una tarde, un canguro de metro y medio se enredó en una pelea con un perro.
A medida que la isla sigue transformándose, “la gente vuelve una y otra vez a la Isla Canguro”, dijo Rismiller, “para observar la naturaleza en su estado natural y caminar entre paisajes verdaderamente magníficos”, dijo un lugareño.
Debbie Seaman, The New York Times