DANIELA BLUTH
En Colonia del Sacramento el tiempo transcurre a un ritmo diferente. No necesariamente más lento, pero sí con más pausas, con más segundos dedicados a la contemplación y al disfrute. Quienes trabajan allí hablan de una rutina que no para, intensa y demandante, pero no mencionan la palabra estrés. Es como si no encajara con la impronta del lugar, que tiene un flujo de visitantes constante y que no se amedrenta con el intenso sol.
Claro que no es sencillo mantener la caminata a buen ritmo cuando la temperatura a la sombra supera los 30°C, como sucedió el día de enero que Domingo recorrió la calles de la ciudad. El paso se vuelve lento, cansino, o quizás más reflexivo. Los visitantes se refugian debajo de una Santa Rita o en la vereda de la sombra. Algunos locales prefieren cerrar por licencia o reformas, tal vez preparándose para la verdadera temporada alta de la ciudad histórica, a partir de marzo. Otros, en cambio, hacen frente al calor de puertas abiertas, apostando a Colonia también como un destino veraniego.
"Como montevideano, me cuesta pensar en Colonia como un lugar de veraneo, pero es cierto que hay playas hermosas y con muy buena sombra", reflexiona Guillermo Olivera, propietario de la tiendita cultural El Abrazo. Tras años de vivir en Barcelona y con una breve escala en Montevideo, Olivera abrió en agosto de 2012 un local que no se parece a ninguno de los que pululan en el casco antiguo. Para empezar, está ubicado en la avenida principal y céntrica, General Flores, sobreviviendo entre marquesinas de televisión por cable, refrescos y comidas rápidas. "Estamos en el límite como una forma de captar a los turistas pero también al público local", explica. Hay libros, DVD, CD, remeras, cometas, lámparas, juguetes, todo hecho por uruguayos. También hay algunas piezas únicas, como un ejemplar de Mario Benedetti en inglés. "Es que no todos los turistas que llegan dominan el español".
Olivera y su tiendita cultural integran un pequeño grupo de locales que buscan diferenciarse de lo que es moneda frecuente en la parte antigua de Colonia: una pésima relación precio-calidad. Si a eso se le suma la crisis en Europa y las restricciones en Argentina, brindar un producto de calidad a un costo accesible es un plus en sí mismo. "Antes nadie te preguntaba el precio, ahora antes de gastar preguntan cuánto cuesta", dice Dahianna Andino, barista profesional y socia junto a Ernesto Muniz de Ganache, un coqueto café que desde hace dos meses ocupa parte de una casa a la entrada del barrio histórico. Ganache comenzó su historia en la galería Peñarol, sobre General Flores, pero con la mudanza a la calle Real sumó en intimidad y propuesta. "En Colonia estamos todo el tiempo como en una postal, acá queremos aprovechar eso y que la gente venga a tomar un café y se sienta como en su casa", dice. En Ganache el plato principal es el café -Illy, Chicco D`Oro y Puerto Blest-, que puede venir acompañado por alguna de las especialidades dulces (son muy populares las cookies, los crumbles, la choco torta y el budín de naranja) y los sándwiches (el preferido de Andino: bondiola y queso en pan de nuez). También hay jugos naturales, licuados y una promo veraniega: el Summer Café, que combina café, helado y Bailey`s (o dulce de leche, para niños).
Con una decoración íntima y moderna a la vez, Ganache tiene lugar en el interior del local, pero en las tardecitas lo que se llena son las mesitas y sillas sobre la vereda. Un café y un buen libro pueden justificar una pausa de más de una hora. "Nuestro objetivo es brindarle a la gente un café redondito. El uruguayo tiene la cultura del mate, nosotros buscamos que la instancia de sentarse a tomar un café sea algo independiente del almuerzo o la cena… Y lo estamos logrando", reflexiona Andino. Los sábados de noche el horario (habitualmente hasta las 23 horas) se extiende a las dos de la mañana, cuando -espontáneamente- se dan charlas en ronda o guitarreadas.
En los alrededores de la plaza, el canto de los pájaros suena con más fuerza que la conversación entre un grupo de americanos o una pareja de italianos. El calor es sofocante y la búsqueda de resguardo una constante. Allí, en el número 177 hay una fachada diferente al resto: una heladerita antigua de Coca-Cola con viejas publicidades y varias cajas con fotografías de distintos tamaños. También hay una bicicleta, difícil de descifrar si se trata de parte de la decoración o del vehículo del dueño de casa. Una vez adentro, a las imágenes se le suman juguetes de hojalata, discos de vinilo, revistas de hace 50 años y un sinfín de delicias para un coleccionista. Suena Caetano Veloso primero, Edith Piaf un poco después. El alma máter de ese refugio con jeito es un brasileño, Eduardo Alvares Boszko. Oriundo de Porto Alegre, dice haber encontrado en Colonia su lugar en el mundo. "Quería vivir en un pueblo, andar en bici, conocer a los vecinos, y además sacar la foto que yo quisiera", cuenta. Alvares Boszko sabe apreciar un lindo paisaje natural, pero prefiere registrar las marcas del hombre. Y para ello Colonia es ideal. "En Uruguay la pequeña historia es muy palpable…". Entre sus fotografías y los objetos que trajo de Brasil -como el banco de carpintero de su abuelo- y los que armó -como los cuadros con piezas de colección-, su local está plagado de los que él llama "golosinas visuales". Una fotografía pequeña vale $ 390, la mediana $ 790 y la grande $ 1.190. Si están enmarcadas, los precios se duplican. "Mi objetivo es que un día mis fotos valgan más que un marco", dice con una sonrisa optimista. El próximo paso es que la tienda sea la antesala de un Bed & Breakfast, decorado con el mismo cariño y la misma onda que ese local al que Alvares le dedica buena parte de su día.
En la tardecita, cuando las calles se empiezan a llenar de peatones, caminar por el puerto es uno de los paseos preferidos. Allí, como dando la bienvenida, está Lola, un restaurante especializado en pastas caseras pero cuyo principal atractivo no figura en el menú: ver el atardecer en la primera línea frente al río. Muchos de sus clientes se instalan al caer la tarde y se quedan hasta la noche, cuando la terraza queda iluminada con velas y corre un agradable aire veraniego. Entre los preferidos están los raviolones de surubí y el volcán de chocolate.
En los últimos años, la zona del puerto de yates se pobló de boliches y restaurantes de autor que extendieron la zona turística un poco más allá del casco viejo. De un lado o del otro de la avenida General Flores, las calles de Colonia del Sacramento tienen esa capacidad única de hacer detener el tiempo. Al menos por un rato.
UN PARAÍSO RODEADO DE LAGOS Y LIMONEROS
Aunque está ubicada a nueve kilómetros del casco antiguo de Colonia y a sólo 700 metros del Río de la Plata, llegar a La Casa de los Limoneros no es sencillo. No hay carteles indicadores ni flechas que guíen al visitante. Pero se llega, sobre todo preguntando a algún locatario en el camino. El cartel que da entrada a la finca, donde se lee grabados sobre madera "Los limoneros" es austero hasta por demás, diseñado para ojos atentos.
El camino hasta la casa está enmarcado por una exuberante vegetación, con enormes áreas de sombra y una banda musical conformada por decenas de aves. Combinación de posada y chacra turística, La Casa de los Limoneros fue construida en el año 2000 con reminiscencias de las fincas de campo inglesas y las viejas estaciones de ferrocarril. Esa impronta se hace notar en la utilización de la madera, las vigas y los ladrillos a la vista. Las puertas de las habitaciones, originarias de la cárcel de Punta Carretas, fueron compradas en Piedras Blancas. "Nos llevó mucho tiempo terminar la casa", explica Mario, uno de los dueños, para justificar por qué empezó a recibir huéspedes recién en 2008. Tiene siete habitaciones (todas dobles salvo una triple) y no aceptan niños ni mascotas. La decoración es austera pero elegante, con muebles de roble y detalles coloridos, como los cubrecamas o los almohadones. Cada una de ellas tiene una especie de galería privada con vista a los lagos artificiales, habitados por cientos de ranas, peces, patos, garzas e incluso una nutria. Además, la casa tiene dos áreas de living y varios espacios al aire libre, donde se suele servir el desayuno. También hay una piscina y recientemente se construyó un quincho que muchas veces se alquila para fiestas particulares o eventos empresariales. Con la "promo" de verano la habitación doble cuesta US$ 120 por noche y la triple US$ 180; incluye desayuno e impuestos (www.lacasadeloslimoneros.com).
PHOTOGALERÍA DE LA PLAZA
La elección de los colores, la cuidada decoración y el innato encanto de los objetos que habitan ese pequeño espacio frente a la plaza, invitan a quedarse, mirar y revolver. Ese es el negocio y la vivienda de su dueño, el brasileño Eduardo Alvares Boszko, quien piensa abrir un B&B el año próximo.
CULTURA EN EL ABRAZO
Estanterías hechas con palets y cajones de feria albergan buena parte de la cultura uruguaya en formato de libro, disco o DVD. También hay objetos de diseño y remeras. Pero no es una tienda masiva. "No vendo mates", advierte Guillermo Olivera. Todos los días de 10 a 19 horas; cierra los miércoles (Gral. Flores 272).
GANACHE, CAFÉ POR BARISTA
Cada café tiene su textura, su color, su temperatura. Cada café es diferente, explica Dahianna Andino mientras domina la máquina de Illy. En Ganache un expreso cuesta $ 60 y la idea es que los clientes hagan una pausa en el local todos los días. Cierra los miércoles (Calle Real 178).
LOLA Y SU VISTA AL RÍO
Con capacidad para más de cien comensales y una de las mejores vistas de la puesta del sol en Colonia, este restaurante se especializa en pastas caseras: raviolones de surubí y sorrentinos de calabaza son los más pedidos. Costo promedio por persona $ 500 (Calle Santa Rita s/n, Club de Yates).