"Reciclo emociones”. Silvia Miedzowicz (61 años) lo dirá más de una vez en el transcurso de la charla. Sin darse cuenta a veces, otras sí, es lo que ha venido haciendo a lo largo de su vida. Primero como arquitecta, transformando espacios; más recientemente como artista visual, encontrándole el lado B a las cosas, como le gusta decir. Sus obras están cargadas de significados: la vida, la enfermedad, un padre que ya no está, la familia, los amigos… pero sobre todo está ella y hasta se sorprende al advertirlo tiempo después.
Silvia siempre hizo cosas para regalar, buscando que fueran a la medida del destinatario. “Lo pienso, lo creo y te lo hago. Así fui toda la vida”, dice quien aprovechaba que se “daba maña para bordar o para coser” para confeccionar desde la ropa de sus dos hijos hasta el regalo para un amigo o una empresa.
Así transcurría su vida hasta que un día, apoyándose en la mesa para consultar algo en la computadora, se descubrió una dureza debajo de la axila. Hacía una semana que se había hecho el control anual con el ginecólogo, dos veces le dijeron que no era cáncer, pero su médico internista prefirió mandarle un estudio y otro y otro… “Me sacaron ganglios y dieron nombre y apellido de lo que se estaba gestando. Dedujeron que el cáncer venía de una mama y me hicieron una mastectomía total”, cuenta.
Fue en 2008. Seguiría un año y medio de quimioterapia y una idea muy firme: “A mí el cáncer no me iba a ganar, y no me iba a agarrar en camisón y pantuflas”.
Con la misma convicción que lanza esa frase, recalca una y otra vez que no quiere que el cáncer la defina. “Ni vi la luz, ni la tengo toda clara, ni soy más crack por haber pasado por esta enfermedad”, señala tajante.
Es cierto, pero es cierto también que a partir de que superó esa prueba que le puso la vida, su obra comenzó a llenarse de otros significados.
Por ejemplo, su amiga Dina Turovlin, también artista visual, la animó a presentarse a una movida que hacía la tienda La Pasionaria en octubre para generar conciencia sobre el cáncer de mama. Fue así que en 2013 Silvia tuvo su bautismo artístico frente al público. Ya no eran su familia o sus amigos que conocían su obra, se abría un abanico mucho más amplio y desconocido.
La movida consistía en intervenir un soutien (ver recuadro). Lo llamó El sostén de un reciclaje (y viceversa) y lo llenó de eso que tanto le gusta, que son los materiales que no se vuelven viejos, sino que tienen una historia que ella resignifica integrándolos con otros.
“Yo integro, ensamblo cosas”, explica al hacer referencia a las chapitas de Coca-Cola que forró con la tela de los pareos que se ponía en la cabeza porque no encontraba pañuelos que la conformaran. Y dentro del soutien pintó unas imágenes de una mujer con pelo al viento, un mar revuelto y una cometa con sensación de mucha libertad que su amiga enseguida identificó con el proceso que había atravesado.
“Yo me quedé de boca abierta porque no fue mi intención. Es una locura y una belleza lo que me pasa porque no hice ninguna de mis obras pensando en el cáncer… pero después veo que está en todas”, reconoce y se le vienen más ejemplos a la cabeza.
Como la vez que hizo posa recipientes como regalos empresariales usando en cada uno 44 hebras de lana o cordones diferentes y un amigo de su hijo se lo hizo notar. “44 era la edad que tenía cuando me enfermé”, apunta.
Las hormas nacidas a pedido de un gran amigo
Un día su amigo de la infancia Javier Lazovski llegó con dos hormas de zapatos y le dijo: “Quiero que las intervengas. Lo único que te pido es que sea un hombre y una mujer”.
A Silvia no le surgía nada, hasta que Javier le aclaró que lo único que pretendía era que estuviera su impronta.
Fue así que realizó una horma muy clásica y formal, como Javier, y otra muy colorida, como ella.
Eso lo vio su amiga artista, Dina Turovlin, y la animó a presentarse al Concurso y Muestra Comunitaria NCI, que terminó ganando y cuyo premio era una muestra individual. Para ella se puso a intervenir hormas que le compró a la hija de un zapatero que había fallecido hacía poco. Recurrió a todo tipo de objetos y le fue muy bien.
“Javier fue el que me impulsó, me empujó y me mentorió hasta el día de hoy en darle, en seguir adelante. Fue el primero en decirme que La negra del conventillo debería ser mostrada abiertamente a más gente”, señala sobre un perfil de una mujer negra en el que trabajó mucho y del que se siente muy orgullosa.
También destaca el apoyo de su amigo del liceo Alejandro Stock, un artista que la ayudó a pararse en lugares incómodos que la hicieron avanzar.
Todo fue color
Silvia insiste. La pasó mal —“para sufrir, ya abusé”, suele decir—, pero eso ya se acabó. “El cáncer empezó y terminó conmigo”, sentencia como para ponerle un punto final al tema y pasar a hablar del camino que se abrió de ahí en más.
Un camino en el que predominan los colores y donde todos los objetos tienen cabida. “Hago con lo que tengo y guardo casi todo. Tampoco soy de las que guarda, guarda y guarda”, aclara. Su marido Fernando —también arquitecto— le trae cosas del campo, sus amigos le acercan todo tipo de objetos y alguna que otra vez recoge algo que encuentra en la calle, aunque no es lo habitual. Le pasó hace poco con un marco de serigrafía que vio apoyado a un contenedor de basura.
También están los objetos propios, como las piedras que juntó en la playa con sus hijos cuando estos eran chiquitos —hoy Bruno tiene 27 años y Federica 25—, compraron pintura y se pusieron a decorarlas. Hoy esas piedras son el cabello de la protagonista del collage Absurda belleza, una de las tantas mujeres negras que integran su obra y que hizo sobre una mesita de luz reciclada.
“De cada cosa puedo contar una historia”, asegura y por su mente pasa el almohadón que compró junto a su madre cuando la llevó a Israel a visitar a parte de la familia que tiene allá; las corbatas y camisas de su padre; las cuentas que se ponía en el pelo cuando con 15 años se hacía trencitas; los restos de los hilos que le quedaron de las pashminas que confeccionaba cuando era estudiante; sus viejas chaquetas; collares de su hija; la mesita de luz que encontró en uno de los tantos reciclajes que le encargan para hacer junto a su marido…
Lo que surge de ensamblarlos no pasa desapercibido: Silvia ya tiene propuestas de galerías que quieren contar con sus creaciones. “Me contactaron de una galería de Miami y de otra de Buenos Aires, pero me implica una inversión grande que todavía no estoy para hacer”, reconoce quien dice estar recién dándose a conocer en ferias y exposiciones como la que integró este enero en el Centro de Convenciones de Punta del Este junto a unos 200 artistas.
Ya se había presentado en solitario en junio de 2025 (ver recuadro). Allí presentó Stand arte, una obra que es el reflejo de lo que ha vivido.
“Empieza como despacito”, describe mientras señala unas hebras de lana muy sueltas que luego se entran a entreverar y enredar, y que rodean varias hileras de chapitas forradas. “Como símbolo de un rasguño de la vida que forré con colores”, continúa mientras muestra cómo las hebras de lana dan la vuelta y finalmente se vuelven a separar. “Todo se torna más tranqui”, reflexiona haciendo alusión a los últimos años del trayecto vital.
“Representa lo que te pasa y es como vos decidas que te pase. Uno ensambla cosas de antes con cosas de ahora y tira para adelante. Es un desafío”, concluye ante la atenta mirada de su perro Hugo que no le pierde pisada en su casa del barrio Palermo que también es uno de sus reciclajes... tan cargado de emociones como todos los otros.
Su padre, las corbatas y la pasión por Liverpool
Cuando Silvia ganó el concurso de NCI, debió pedir aplazar la muestra que obtuvo como premio porque su padre se enfermó. Al poco tiempo, ese hombre que para ella era “mi rey”, falleció.
La artista le pidió a su madre quedarse con todas sus corbatas, que eran muchas, y las abrió todas. Con esas telas y otras provenientes de sus camisas, hizo una serie de cuadros que hoy cuelgan en una pared de su casa y que tienen mucho que ver con José Pedro, o “Boli”, como lo conocían todos.
“Mi papá era fanático de Liverpool, respiraba Liverpool. Mi mamá decía que Liverpool era la amante de mi padre”, comenta con una sonrisa y recuerda que ella siempre lo acompañaba al fútbol o al tablado de carnaval que se armaba en la cancha del básquetbol del que “Boli” fue dirigente.
Falleció en 2024, así que pudo ver al club de sus amores coronarse Campeón Uruguayo. Silvia lo cuenta y se emociona.
Su homenaje consiste en un cuadro en el que están representados los cinco nietos, otro titulado Corazón Negriazul que lo refleja, el collage La Poti va se y uno protagonizado por tres negras de La Cuchilla. “No me duele mirarlos”, asegura.
Todo esto está en su Instagram: @silvia.miedzo
El sostén reciclado
El sostén de un reciclaje (y viceversa) tituló al soutien que intervino para una movida de La Pasionaria para concientizar sobre el cáncer de mama. Le puso chapitas forradas de telas de los pareos con los que cubrió su pelada, le hizo dibujos simbólicos por dentro y lo colgó de una percha de la mueblería Lijtenstein Hnos. que sus abuelos polacos tenían en Mercedes.
Homenaje a su padre
Con las telas de las corbatas y las camisas de su padre “Boli” (fallecido), Silvia hizo una serie de cuadros que lo homenajean: Hermosas flores, cuidemos el jardín, un florero con cinco flores que representan a sus nietos; un collage bautizado Corazón Negriazul por su fanatismo por Liverpool; un cuadro con Las negras de la Cuchilla, y el collage La Poti va se.
Hormas premiadas
Gracias a que su amigo de la infancia Javier le pidió que le interviniera dos hormas de zapato, Silvia se presentó a un concurso y ganó. Desde entonces recicla hormas de todo tipo y tamaño con objetos personales o que le alcanzan sus amigos y familiares. Entre ellas destacan Los duques de Palermo, que denominó así por su elegancia. “Es como que están yendo a un evento en un castillo”, apunta.