L. G.
Calor. Eso es lo primero que se siente en la cara, cuello, pecho y estómago con las manos juntas y ahuecadas del maestro en reiki a centímetros de la piel o en contacto con ella. Silencio. La concentración y la mente en blanco es fundamental para una buena sesión de entre 45 y 60 minutos. Paz. Esa es la sensación posterior si todo resultó satisfactorio, o al menos se siente el raro placer del cuerpo liviano. Energía. Eso es lo que se quiere transmitir con la técnica.
Como todas las prácticas enmarcadas en la denominada New Age, el reiki —así como la fitoterapia, la reflexología y hasta el tarot— no sabe de términos medios. O se lo ama o se lo rechaza con una mezcla de odio y desconfianza.
En Uruguay comenzó a difundirse hace unos diez años, pero desde un lustro atrás, de acuerdo con el maestro reiki Alejandro Cáceres (45), se volvió "casi" popular. "Hay mucha gente que lo hace de manera independiente", asegura.
Reiki es un término japonés compuesto por "rei", que significa "energía del universo", y "ki", que quiere decir "energía vital". Cáceres lo define como "una filosofía y técnica de sanación a través de la imposición de manos como forma de sanación". No necesitó viajar al extranjero para aprender la práctica, de la cual es maestro tras estudiar dos años y medio en Uruguay. Hoy tiene 40 alumnos, la inmensa mayoría mujeres de mediana edad o mayores.
Cáceres tiene un aspecto y tono de voz similar al de un sudamericano que vive en las costas del Pacífico, pero es uruguayo. También es un estudiante avanzado de medicina que ya realiza sus prácticas. "Siempre que llega un paciente con alguna lastimadura de cierta importancia, como una úlcera venosa, el médico de guardia me lo manda a mí. Puedo decir que hago ‘trampa’ (se ríe) y le mando los símbolos reiki. Siempre logro que se curen antes", asegura.
¿Símbolos? Eso forma parte de la tradición milenaria del reiki y está restringido para los recién iniciados. En un momento supo haber 300 pero hoy no se usan más de veinte. "Son llaves alquímicas transdimensionales, una especie de dibujos que trazamos con la mente con un determinado sentido. Se necesita una correcta sintonización con ellos para usarlos correctamente", dice Cáceres.
Esos símbolos son los que el maestro utiliza para transmitir la energía al "paciente". Incluso se puede realizar esta práctica a distancia, sin importar la separación geográfica o en el tiempo.
Para alcanzar la plenitud hace falta un número no determinado de sesiones. En el mercado, cada una de ellas cuesta entre cien y doscientos pesos, como mínimo.
Como casi todo lo que tiene aunque sea un tufillo a New Age, el reiki genera resquemores. En otras palabras, temor a que haya mucho "chanta" en la vuelta parapetado entre "chakras"; "símbolos". Para el maestro Cáceres, la experiencia de quien quiera iniciarse es similar a una recorrida por la feria: "uno puede ver una naranja y parecerle muy linda, pero hay que tomarla, ver si está madura y cuánto jugo se le puede sacar. Con el reiki pasa lo mismo, basta una o dos sesiones para evaluar la seriedad del maestro. Uno debe informarse antes de acudir".
El reiki es considerado ideal para quien se encuentra "pasado de revoluciones". Luego de una sesión de casi una hora —en silencio, con los ojos cerrados, y la mente en blanco— es inevitable una placentera sensación de paz. ¿Cuánto hay de sugestión en todo eso? "Ninguna", afirma tajante Cáceres. "Si uno está abierto a las sensaciones recibirá toda la energía. El que viene con suspicacias, su propia resistencia provoca rechazo. El reiki funciona respetando el libre albedrío. Pero por lo general todo marcha bien, porque quien se acerca a nosotros es porque está ‘entregado’".
TESTIMONIOS. Araceli Galarza es terapeuta, y muchas veces sentía un malestar infundado luego de una sesión con sus pacientes. Luego de abrirse al reiki, asegura que ha logrado "un equilibrio tal que la armonía en mi consultorio es total".
Mirtha Pereyra, al igual que Galarza, es una alumna avanzada de Cáceres. Tuvo ocasión de probar el reiki a distancia luego de una operación a la que tuvo que someterse un hermano. Tras dos horas en el quirófano, y mientras Pereyra "transmitía" su energía desde la sala de espera, su pariente pasó al posoperatorio sin sentir ninguna molestia.