Al profesor de educación física le llamó la atención el cambio de actitud de Felipe. El pequeño de ocho años dejó de divertirse en las clases para quejarse de incomodidad al hacer algunos ejercicios y prácticamente dejó de correr. Preocupados, sus papás lo llevaron al médico. A las semanas, el diagnóstico sorprendía a la familia: "Felipe padece artritis", les dijeron.
Aunque para algunos suene extraño, la artritis reumatoidea no es una enfermedad privativa del adulto. Esa inflamación de las articulaciones puede aparecer en los primeros meses de vida, aunque, a diferencia con la versión de los mayores, la artritis juvenil abarca más manifestaciones de la enfermedad. Eso sí, en ambos casos, aunque existen factores de riesgo (predisposición genética, alteraciones inmunológicas o estrés), las causas son desconocidas y puede aparecer de un momento a otro. Lo más usual es que se desarrolle entre 1 y 3 años de edad, o entre los 8 y los 10.
DOLORES CONFUSOS. Mientras en países de Europa se habla de 10 niños con artritis cada 100.000 y en Estados Unidos el número sube a 50 sobre esa misma base, en Uruguay no existen datos, aunque tanto el Instituto de Reumatología como el Hospital Pereira Rossell reciben casos todas las semanas.
"Siempre queda la duda de si estamos subdiagnosticando la enfermedad", dice la reumatóloga Emilia Spangenberg, especializada en artritis juvenil. Es que los primeros síntomas de la patología pueden pasar desapercibidos. Al igual que en los adultos, los chicos presentan dolor, calor e hinchazón en las articulaciones, sin embargo, como los niños suelen tener mayor tolerancia al dolor, apenas lo expresan. "Son chicos que renguean o dejan de hacer actividades que les eran usuales, como correr, andar en bici o triciclo. En el caso de un lactante, la madre se puede dar cuenta si nota molestias cuando le cambia los pañales".
Muchas veces, los chicos llegan a la consulta con un diagnóstico previo, y errado, de "dolor de crecimiento". Aunque la confusión es frecuente, Spangenberg asegura que hay una distancia enorme entre eso y artritis. "Un dolor de crecimiento nunca puede tener hinchazón ni limitar la movilidad", explica.
También los educadores deben estar atentos, pues pueden notarlo en los problemas de caligrafía, ya que al niño le cuesta escribir.
Otras veces, la incomodidad de la artritis hace pasar al niño por inquieto. "Les cuesta estar mucho tiempo sentados y los maestros los toman como hiperactivos. Los que más fácilmente se dan cuenta son los profesores de educación física. Tenemos muchos pacientes remitidos por ellos", cuenta la reumatóloga.
Fármacos y psicología atacan el mal
Si bien la fisioterapia y la adaptación del entorno (con herramientas para facilitar las actividades del niño, como lápices más gruesos o canillas monocomando) son la base del tratamiento, el uso de los fármacos suele ser capital para detener la artritis juvenil.
"La idea es frenar la enfermedad, y si es posible que desaparezca. Pero hablamos de remisión, y no curación, porque la patología puede volver en la edad adulta", indica la reumatóloga Spangenberg.
El primer paso son los antiinflamatorios no esteroideos, con los que hasta un 30% de los chicos logra remitir la enfermedad. Si no hay mejorías, se agrega el metrotexato, con el que se consigue hasta un 70% de remisión. Para los casos más graves se pueden utilizar los fármacos biológicos, aunque en Uruguay son poco frecuentes.
También se incluye grupos de ayuda y apoyo psicológico, ya que la artritis afecta la vida social del paciente y su familia.