GENERACIÓN ESPONTÁNEA
La celebración de los 200 años de los hechos de 1811 implícitamente coloca a José Artigas en el centro de la sensibilidad oficial y popular ante la efeméride. Luego de superada la llamada "leyenda negra" que cuestionó y difamó al prócer, todo lo que sobrevino y en especial con posterioridad al 28 de febrero de 1923, día en que se inaugura su estatua ecuestre de la Plaza Independencia -obra del escultor lombardo Ángelo Zanelli- fue la definitiva consolidación del culto y el mito en torno al héroe. La reivindicación de su figura había comenzado ya en el siglo XIX -con intervención de Bernardo Berro y Venancio Flores allá por 1854- y el decreto de repatriación de sus restos -firmado en 1856- había definido el texto de su lápida: "Artigas. Fundador de la nacionalidad oriental. Lo que siguió fue la imposición de una idea inculcada como verdad absoluta: el héroe como santo laico -genio y dios, según la letra de un himno- y modelo a seguir impuesto desde las aulas y del cual sucesivamente se apropiará la política desde todas las banderas del espectro, los militares y por supuesto la gente.
Todo eso me plantea o explica algo que siempre he sentido con relación a Artigas desde las redacciones escolares y la visión de sus primeras estampas impresas en hojas de carpeta: la imagen severa del prócer; su talante serio, preocupado, tenso si se quiere. Hay algo sobrehumano en esa rectitud y firmeza que no admite flaquezas. Y eso no es culpa de Artigas, sino de los que construyeron su imagen. Nunca sonriendo, o en un gesto que revele cierto hedonismo o algo de bienestar. Pero en eso media la circunstancia de que sus retratos para la posteridad fueron elaboraciones imaginarias de artistas que no lo conocieron. Son invenciones realizadas bajo la impronta de la época en que fueron concebidas y desde la sacrosanta devoción. Son el identikit hecho a la medida de una suma de virtudes que remiten a una santificación.
En el óleo de Juan Manuel Blanes de 1884, de pie ante la puerta de la Ciudadela Artigas ni siquiera mira al que lo contempla, que es como decir hoy que no mira a la cámara. Vestido de Blandengue lo vemos adusto, de ceño fruncido y brazos cruzados, casi aburrido. Si se mira con ojos actuales, parece que esperara un taxi un viernes a las seis de la tarde. Otro Blanes, Juan Luis, colaboró con su padre en su inconclusa visión sobre la Batalla de Las Piedras (1901), y en ella nos lo muestra de a caballo, descubriendo su cabeza ante los vencidos. Pero el jinete Artigas, rígido y aparatoso, parece más bajo y esmirriado que el soldado que está de pie ante la Ciudadela. Y más cabezón. En los dibujos a la carbonilla y tiza de José Luis Zorrilla de San Martín el problema es otro: una idealización romántica que parte del único apunte directo sobre Artigas: el que a lápiz realizara en 1847, en Paraguay, Demersay, para mostrarnos al héroe anciano. Esos dibujos muestran la evolución de su rostro desde la vejez a la juventud: la mirada clara, el mentón recio, la nariz aguileña, las entradas sobre la frente, el aire apasionado o reconcentrado del hombre en distintas edades. Por supuesto que hay más invenciones: las de Pedro Blanes Viale, Eduardo Carbajal, Diógenes Hequet, Miguel Benzo, Manuel Rosé y hasta Pedro Figari.
En 1996 El Cuarteto de Nos editó su nuevo disco, titulado El tren bala. La primera canción del disco contenía el tema que quince años atrás causó un revuelo fenomenal que llegó hasta el mismo Parlamento: El día que Artigas se emborrachó. Por la canción, el Ministerio de Educación y Cultura hizo una denuncia penal a la justicia por entender que se estaba difamando al prócer. El juicio finalmente quedó nulo porque el fiscal entendió que no se había cometido ningún delito. Luego se intentó que fuera juzgado por la justicia militar en plena democracia, porque se creía que vilipendiaba la bandera de Artigas. El Iname (actual Inau) prohibió que el disco se vendiera a menores de 18 años y no se podía irradiar en el horario de protección al menor. Alguien había osado humanizar al bronce, dotarlo de piel y debilidades como cualquier persona común. Pero mentar un Artigas ebrio connotaba un sacrilegio.
Creo que ese fue un hito de nuestra cultura que no ha sido suficientemente comprendido ni valorado en su real desafío. Más recientemente, la elección de Jorge Esmoris para protagonizar a Artigas en La redota, filme dirigido por César Charlone -todavía no estrenado-quizá apunta a lo mismo: romper el estereotipo. Es como imaginar una película norteamericano sobre George Washington interpretada por Steve Martin o Adam Sandler. El Artigas posmoderno va camino a ser alguien más próximo y menos literario. No obstante, cuando lo veo en alguna tapa de libro de pie ante un niño que maneja una computadora, temo que el paso siguiente sea la frase: "Sean los orientales tan informatizados como valientes". Y ascenderlo así de héroe a superhéroe.