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Lo que aprendimos de los incendios de sexta generación

Los incendios que azotaron a varios países el año pasado son el más reciente desafío ambiental: fuegos que consumen todo a su paso. ¿Qué enseñanza dejan esas catástrofes para el futuro?

Incendio forestal Australia
Australia ardiendo.

Como un tsunami o huracán —esas fuerzas naturales que nos recuerdan que no somos los amos absolutos en este planeta—, el fuego desplegado en enormes incendios nos llevó una vez más a aprender sobre ecosistemas, gases de efectos invernadero, patrones de consumo, biodiversidad y otros fenómenos relacionados con el cambio climático.

El año pasado, el fuego destruyó millones de hectáreas en varios países. Los casos que más atención concitaron fueron los de Estados Unidos (en el estado de California), Brasil, Bolivia y Paraguay y, para cerrar el año que hace poco se fue, los impresionantes incendios en Australia cuyos humos llegaron hasta Uruguay.

Incendio Amazonia
La Amazonia amenazada.

¿Lo peor ya pasó? Ya quisiéramos. El investigador político y climático Alberto Franco dice desde Galicia que incendios de esa magnitud serán cada vez más frecuentes, y por un tiempo prolongado. Franco cree que serán comunes desde el presente y hasta 30 y 50 años en el futuro. “Esa es la primera conclusión que uno saca a raíz de los fuegos en Estados Unidos, Brasil y Australia, pero también otros como los que ocurrieron en Indonesia y no han recibido tanta atención. Los motivos de estos incendios no son siempre los mismos, claro. En Estados Unidos y Australia, tienen mucho que ver con las consecuencias del cambio climático, con sequías prolongadas y olas de calor intensas y más frecuentes. En los casos de Brasil o Indonesia, se trata muchas veces de incendios provocados por madereros y otros intereses económicos”.

No solo serán más frecuentes. Los incendios, como si se tratara de un proceso evolutivo darwiniano, ya mutaron. El fuego en Australia trajo al debate público a los incendios de sexta generación: un tipo que es tan potente e intenso que por sí solo modifica las condiciones climáticas. Se estima que este tipo de incendios aparecieron por primera vez en Portugal y en Chile, en 2017. En Galicia, donde vive Franco, ocurrió uno así, también en 2017. Las llamaradas llegaban hasta los 20 metros de altura y se propagaban a 10 kilómetros por hora. Esa masa de fuego es capaz de generar fenómenos climáticos como tormentas o remolinos, puede cambiar de dirección de manera imprevista y, en general, arrasa con todo a su paso.

Una explicación del poder destructivo de los incendios de sexta generación apareció en una nota en el medio español La Vanguardia: “La confluencia de estos fenómenos en un incendio forestal provoca una gran voracidad de las llamas que pueden llegar a consumir más de 4.000 hectáreas por hora. En el caso de Chile, el fuego se propagó a un ritmo de 8.000 hectáreas por hora mientras que en Portugal llegaron a consumirse entre 10.000 y 14.000 hectáreas por hora. Estos sucesos comprometen tanto las técnicas como las tecnologías más tradicionales que hasta ahora se han empleado en la lucha contra el fuego”.

Ante un evento climático de tal magnitud, uno se imagina que cualquier medida que pueda tomarse será insignificante. Sin embargo, el director de Cambio Climático del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente Ignacio Lorenzo, dice que justamente hay que elaborar políticas públicas para lidiar con los grandes fuegos. El jerarca explica que hay dos tipos de incendios: los naturales —provocados por fenómenos de la naturaleza (un rayo, por ejemplo)— y los más comunes en Uruguay, o sea aquellos que son provocados por, generalmente, personas que dejan un fuego prendido, o tiran un cigarrillo sin apagar de todo en un pasto amarillo y muy combustible. En el caso de los fuegos que nacen por el descuido, la respuesta más inmediata es educación a través de campañas públicas.

Un problema bastante mayor es lidiar con aquellos incendios que se producen cuando el terreno ha sido “preparado” para ello por las consecuencias del cambio climático, como una sequía prolongada o picos de temperaturas. Al respecto, Lorenzo dice que “eso tiene que con la gestión de las emisiones de gases que provocan el efecto invernadero” y agrega que en el caso de los grandes incendios el problema se agrava porque en el esas tormentas de fuego se liberan gases que también generan efecto invernadero, a lo que hay agregarle el daño a infraestructura y fauna. “Los daños son dobles”, dice Lorenzo y concluye que por ende también que tener políticas públicas dobles: por un lado, hacer lo posible por prevenir los incendios forestales; por el otro, seguir construyendo alternativas para detener el proceso que lleva a que el clima se comporte de manera tan dañina.

En uno de esos aspectos, agrega Lorenzo, Uruguay ha avanzado mucho. “Hoy tenemos un sistema de monitoreo y prevención de incendios forestales que funciona muy bien gracias a la coordinación entre la Sociedad de Productores Forestales (SPF) y diferentes partes del Estado”.

Carlos Faroppa, presidente de SPF, confirma la apreciación de Lorenzo. La sociedad que preside dividió al país en tres grandes zonas, cada una de ellas con una serie de recursos para detectar y combatir un incendio. “De por sí, la ley que rige para el sector indica que una zona forestada tiene que cumplir con una normativa, que entre otras cosas obliga a tener cortafuegos que funcionen. Nuestro sistema, en tanto, implica vuelos de aviones, todos los días, hasta tres veces por día para detectar posibles comienzos de incendios”, cuenta Faroppa y agrega que la cantidad de vuelos dependerá de cuán probable es que ocurra un incendio en un determinado momento, de acuerdo a un índice elaborado por la propia sociedad.

Avión bombero
Los aviones bomberos.

Además, en cada una de esas tres regiones hay una central de respuesta a incendios, con bomberos y un helicóptero que pueda descargar agua sobre el fuego. El presidente de la gremial agrega un dato contundente sobre la eficacia del sistema implementado por la SPF, Bomberos y otras dependencias estatales. “Donde están ocurriendo los fuegos hoy no son en los predios forestados, sino en lugares como balnearios y otras zonas que no están cuidadas”.

Como lo demostró el humo que llegó a Uruguay desde Australia, los desafíos ambientales no reconocen límites. ¿Qué repercusiones puede tener para el país los incendios de sexta generación en otros países? “En primer lugar, podría afectar la calidad del aire”, dice Alberto Franco. Pero para él, los incendios no son el principal problema que puede causarle el cambio climático a Uruguay. Olas de calor pueden afectar a la industria turística, por ejemplo. Franco también señala otro aspecto crítico para Uruguay referido al cambio climático: “No creo que tenga que decirte lo que pueda afectar a la economía del país si el consumo de carne en el mundo empieza a descender de manera significativa”, comenta el español.

Incendio bosque
Mirando el comienzo del Apocalipsis. 

Disminuir el consumo de carne —por el impacto que supone para el planeta su producción— es un argumento cada vez más frecuente para intentar mitigar las consecuencias más severas del cambio climático. Además, puede que también se produzca un incremento significativo en la cantidad de inmigrantes que lleguen al país, buscando un lugar al cual los incendios no han afectado tanto comparativamente.

Las políticas públicas y los planes de contingencia que se elaboren a partir de ahora, cuando los fuegos parecen cada vez más poderosos, deberán tomar en cuenta los riesgos y desafíos específicos de un fenómeno que, parece, formará parte del nuevo (des)orden global.

Evitarlos antes que consuman a la tierra

Un artículo elaborado para el medio de divulgación científica Science & Technology for Global Development (SciDev.net) da cuenta no solo las características específicas de los incendios forestales en Australia. También informa sobre los proyectos de investigación que intentan elaborar procedimientos y herramientas que permitan, hasta donde sea posible, prevenir la gran capacidad destructora de las llamaradas que cubren superficies cada vez más grandes. Una idea es crear, “una red de monitoreo del aire con más de 100 sensores de bajo costo instalados en hogares y lugares de trabajo”. También se discute crear una “red de monitoreo de lluvia con 84 estaciones que reportan en tiempo real, cámaras que monitorean la evolución de nubes, cámaras térmicas para captar las fuentes de calor en las laderas y sensores láser para la calidad del aire”, de acuerdo al informe elaborado por Daniela Hirschfeld , Martín de Ambrosio y Pablo Correa. Carlos Faroppa, de la Sociedad de Productores Forestales, por su lado, piensa que el modelo uruguayo también podría ser útil en otros países.

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