Anaqueles llenos de memoria

| El Archivo General de la Nación recibe unas 10 mil consultas por año. Entre sus documentos más buscados están las cartas de Artigas y la herencia de Gardel. | Una de las últimas donaciones llegó de manos de la directora, Alicia Casas, que entregó los borradores de los libros de historia de su esposo, José Pedro Barrán.

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DANIELA BLUTH

Si todos los documentos del Archivo General de la Nación (AGN) se pusieran unos al lado de otros, sumarían 112.357 metros lineales. Casi como ir desde la Plaza Cagancha montevideana hasta el Aeropuerto Internacional de Laguna del Sauce, en Maldonado. Claro que en vez de toparnos con varios semáforos, alguna duna y dos peajes, el recorrido incluiría la correspondencia entre Bernardina Fragoso y el general Fructuoso Rivera, los escritos de Juan Pivel Devoto o las cartas entre Pedro Figari y su hija María de los Ángeles, las actas del proceso de independencia nacional, mapas del siglo XVIII, las memorias anuales de cada uno de los ministerios desde su fundación y cientos de miles de expedientes judiciales, algunos de los cuales se remontan a 1730. La misión del AGN -creado en 1926- es preservar, custodiar y difundir todos los documentos públicos del país, así como los privados que son de su propiedad y aquellos que tienen interés público.

Difícil imaginar todo ese papelerío junto, ordenado, cuidado. "Clasificado", diría un archivólogo o similar. De hecho, el AGN tiene dos sedes: el Archivo Histórico en la casona que ocupa el 1474 de la calle Convención, y el Judicial ubicado en una antigua fábrica de bebidas sin alcohol en San Martín 2400. La casa principal tiene tres plantas y seis niveles de depósitos, además de salas de lectura, bibliotecas, subsuelo y un ascensor de las primeras décadas del siglo XX casi único en su especie. Una pequeña puerta ubicada en el segundo nivel la comunica con el edificio vecino, que alberga área de oficinas y un luminoso taller de restauración en el altillo. En total trabajan unos 130 funcionarios.

La mayor parte de las consultas las recibe el Archivo Judicial, por donde pasan unas 8.000 personas por año. Muchos son abogados, escribanos y gestores, aunque cada vez más se acercan particulares en busca de sucesiones o actas de divorcios (ver recuadro).

En las salas y bibliotecas del Archivo Histórico, en cambio, se dan cita unos 1.500 investigadores, en su mayoría historiadores, por año. Mucha gente no sabe que el acceso al material del AGN es público y gratuito (basta presentar la cédula de identidad); sólo se cobran las fotocopias, las sesiones de fotos y la certificación ante escribano público.

Además, su inventario se puede consultar a través de la web (www.agn.gub.uy), lo que lo vuelve accesible para cualquier persona en cualquier parte del mundo. Ese logro es mérito de su directora desde 2005, Alicia Casas de Barrán, una mujer con una energía singular. Una "infatigable", definen quienes comparten oficina con ella. "No para y no nos deja parar", agregan. Y se nota.

Con un "¿Si? Come in…", Casas recibe a quienes llegan hasta su despacho. Estratégicamente ubicado en el hall de la casa, le permite llevar un control de todos los que entran y salen. Allí pasa buena parte de su día, y desde que murió su marido, el historiador José Pedro Barrán (1934-2009), trabajar la ayuda a sentirse mejor. Está rodeada por una foto de su maestro, Juan Pivel Devoto, una biblioteca de madera maciza y labrada, su notebook y muchos, muchos papeles. "En este país por cualquier cosa se genera una pila de documentos", reconoce.

-Asumió en 2005, tras una gestión de casi 30 años de Abelardo García Viera al frente del Archivo. ¿Cuál fue su primera medida?

-Lo primero que uno hace al entrar a una institución es mirar y decir: "Voy a poner en orden la casa". El orden de cada uno es diferente, no puedo hablar del orden anterior, pero sí del mío. Me encontré con que hacía falta atender el edificio, que es el continente; después está el contenido, que son los documentos. Las dos casas fueron recuperadas: las molduras, la pintura, la luz cenital, el subsuelo que llegó a estar inundado con hasta diez centímetros de agua. Todo llevó unos cuatro años y mucho dinero. Se hizo con el Ministerio de Obras Públicas, que siempre nos quejamos que es muy caro, pero al mismo tiempo es una seguridad. En el subsuelo que te mencioné, que era una especie de cueva, se va a incluir un espacio de seguridad para albergar el material en microfilm, que precisa determinadas condiciones de luz y presión. También se van a colocar allí los documentos muy antiguos; las cartas de Artigas, por ejemplo. Ese material lo tenemos que restaurar, dejar a nuevo y preservar en un lugar muy especial. Después habrá que digitalizarlo, a efectos de que si un usuario quiere consultarlo lo haga en la computadora, sin necesidad de manipular el original.

-¿En qué está el proceso de digitalización?

-Hemos avanzado mucho. Por ejemplo, en la página web está el inventario de nuestras colecciones. Tú no tienes que venir hasta el archivo, y cuando digo tú me refiero también a aquel señor que en Francia está estudiando determinado período de la historia uruguaya. Puede hacer la consulta por mail y se le mandan los documentos o las fotos. Por ahora se ve el inventario, que es lo que podemos hacer, porque la digitalización como tal es muy cara. En el Archivo Judicial ya se digitalizaron los primeros documentos públicos de Uruguay, los protocolos notariales de 1730 en adelante. Fue a través de un proyecto apoyado por el Ministerio de Cultura de España de ayuda a los archivos iberoamericanos. Seguramente lleguemos hasta 1830 y esté listo para fin de año.

- ¿Y qué va a pasar con el resto de los documentos?

-Iremos viendo. Yo soy una acérrima defensora de la tecnología, pero tengo temor de embarcarme en algunas cosas. Para digitalizar bien los documentos, éstos tienen que estar en condiciones, restaurados… Además tenemos que ir por fondos, y luego controlar que esté bien y que funcione. Hay que ir paso a paso porque el Estado es pobre, y como es pobre siempre tiene que hacer lo mejor. Como decía Pivel, no tiene que comprar lo más barato, tiene que comprar lo mejor.

NOVEDADES. Justamente, una de las adquisiciones recientes más relevantes para el Archivo es la colección del historiador Pivel Devoto, que abarca su vida pública y privada. También se sumaron al acervo los fondos del fundador de Marcha Carlos Quijano y de Doroteo Márquez Valdes; el primero donado por su familia; el segundo, por el colegio Sagrado Corazón (ex Seminario).

A veces llega "una hoja suelta", como sucedió con una carta de Aparicio Saravia a uno de sus hermanos, firmada con lo que podría ser una gota de su propia sangre.

En el nuevo subsuelo se está formando el área de Derechos Humanos. Allí están los documentos del Estado Mayor Conjunto (Esmaco) que la Presidencia de la República entregó en 2008 y las 11 cajas con rollos de microfilms con material que provenía de la Escuela de Inteligencia del Ejército que el Ministerio de Defensa Nacional donó en 2009. En marzo de 2011, se sumaron los 1.777 prontuarios correspondientes a las inhabilitaciones dictadas por las autoridades interventoras de la Corte Electoral para las elecciones del año 1984, que llegaron desde ese organismo. Si bien este archivo está "reservado" -o sea, no se puede consultar hasta dentro de 15 años-, se sabe que contiene los prontuarios de Wilson Ferreira Aldunate y el general Líber Seregni. Sólo pueden acceder los involucrados.

Más allá de estas piezas únicas, lo más solicitado por los usuarios es el Archivo Artigas, una colección que reúne todos los documentos escritos por y para el prócer de la patria. La colección va por el tomo 37 (alrededor del año 1819) y sumará por lo menos tres volúmenes más en los próximos años.

Con cada incorporación, la diversidad del Archivo se vuelve mayor. Las cajas con tapas de cuero labrado en hilo de oro (el que contiene las actas de la Declaratoria de la Independencia, por ejemplo) se mezclan con las de grueso cartón y las más nuevas, ya de plástico. Algunos fondos, a la espera de ser clasificados, aún permanecen envueltos en papel atado con hilo grueso.

-¿Qué criterios se aplican a las colecciones privadas que llegan a través de compras o donaciones?

-Últimamente se han dado muchas donaciones de archivos particulares por parte de las familias. En esas situaciones no se tira nada, en general viene depurado porque quien dona un archivo es muy cuidadoso. Hace poco se abrió el de Alberto Abdala, vicepresidente en la gestión de Jorge Pacheco, que era una donación que se hizo hace 20 años y estaba reservado.

-¿Cómo funcionan los fondos "reservados"?

-Además de la ley de acceso a la información (N° 18.381) tenemos una ley de protección de datos personales (N°18.331), que dice que tenemos que respetar la información personal, por ejemplo, una correspondencia familiar. Si en la cesión de documentos de una donación particular dice que no quieren que el material sea de uso público hasta dentro de 20 años, eso se toma en un acta notarial y así se procede. Nuestro deber es proteger esos datos pero al mismo tiempo luchar para que en algún momento sean accesibles a la ciudadanía.

-En su caso, ¿qué la llevó a donar el archivo de José Pedro Barrán?

-En mi casa está la papelería, los documentos, algunos manuscritos y borradores de sus libros y la verdad es que no quiero dejarle a mis hijos la labor que entiendo que hay que hacer y que debo hacer yo. Trabajé mucho a su lado, convivimos 40 años y entendí que la labor que él ha hecho en este país fue muy importante no sólo como historiador sino cuando le tocó ser profesor o estar en el Codicen. Traje algunos manuscritos de sus libros, y lo curioso es que el manuscrito y el libro difieren mucho. Cuando alguien vaya a ver la historia que él escribió, de repente se va a encontrar con acotaciones que no fueron publicadas, creo que son cosas que hay que guardar, con el tiempo se verá… Están viniendo de a poco, porque no he tenido tiempo de ordenar en casa. Él fue un hombre público y en esos papeles está su vida privada. Me cuesta mucho todavía hablar de esto.

Restauración. En la segunda planta de la sede central, una pequeña puerta da paso a la casa contigua (Convención 1470), que fue adquirida en 1970 y restaurada bajo la administración de la actual directora. Al final de un largo pasillo y una sucesión de habitaciones acondicionadas para oficinas, se llega hasta uno de los rincones más acogedores del AGN: el taller de restauración.

Secadores de pelo, tarros de pegamento, tijeras y rollos de papel forman parte del mobiliario y la decoración de esta especie de CTI documental comandado por tres mujeres: Beatriz Pucurull, Delia Domínguez y Liliana Belfiore. Su trabajo es "precioso y reconfortante", dicen mientras Beatriz destaca que hasta los estuches están hechos allí. Abre uno y despliega dos afiches recién restaurados con "papel de té"; hasta hace un tiempo no se podían ni mirar porque estaban rajados y corrían riesgo de romperse.

-¿Por qué le parece que los uruguayos no conocen el Archivo General?

-Tenemos poca conciencia de esto. Somos muy cuidadosos pero a medias. Cuidamos de guardar nuestros documentos, el título de propiedad de una casa o un ciclomotor, pero no se nos ocurre pensar que eso mismo hace el Estado. Cualquier actividad genera un documento, y esos papeles deben ser guardados porque son la memoria colectiva de los pueblos. Conforman el patrimonio documental, que a su vez forma parte del patrimonio nacional, y en eso se fundamenta parte de nuestra identidad como uruguayos: qué somos como uruguayos, más allá de la cédula de identidad. Eso requiere un cambio de mentalidad que no se da en un año o en dos.

Las cifras

112 Son los kilómetros de documentos que reúne el AGN en todas sus sedes. El Judicial tiene la mayoría.

1.500 Son las consultas de material por año en la sede del Archivo Histórico. Otras 500 llegan vía e-mail.

70.000 Son las fotocopias que hace el Archivo Judicial para servicio al público cada año. Recibe unos 8 mil visitantes.

La sucesión de Piria o Delmira

La sede del Archivo Judicial no corrió con la misma suerte que la casa central del AGN. Todavía están a la espera del presupuesto que les permita comenzar con la restauración de su edificio, que incluirá como primera medida colocar protección en las ventanas. También hay que arreglar la mampostería, las aberturas y los techos, dice su directora, la archivóloga María de los Ángeles Santero. En sus tres pisos se guardan todos los documentos generados por el Poder Judicial. Si bien son de acceso público, los anteriores a 1900 deben pedirse con cinco días de anticipación. Al hacer la solicitud hay que presentar los datos sobre juzgado, turno, N° de archivo y año de archivado del expediente. Entre los legados famosos, se destacan el del caso de las hermanas Masilotti y las sucesiones de personajes emblemáticos como Francisco Piria, Carlos Gardel o Delmira Agustini. Trabajan allí 4 archivólogos -incluida la directora-, un escribano y diez funcionarios.

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