El Personaje

Adolfo Sayago: "Pintar es algo natural para mí"

El pintor uruguayo se ha hecho célebre gracias a sus marinas, ha explorado toda la costa uruguaya y ahora hace lo propio con las del río Cebollatí como nuevo proyecto.

"Pinté la costa uruguaya de punta a punta", dice con orgullo Fito Sayago.
"Pinté la costa uruguaya de punta a punta", dice con orgullo Fito Sayago.

Iba para basquetbolista. Asegura que jugaba muy bien y el físico lo ayudaba, 1,90 de estatura. También pensó en algún momento estudiar para ingeniero agrónomo. “Pero no lograba concentrarme, era muy disperso, ahora le dicen déficit atencional, volaba una mosca y me distraía”, recuerda. Pero, por encima de todo, desde muy niño sintió una pasión por la pintura que nada conseguía igualar. Y ganó el pintor.

Adolfo “Fito” Sayago (57) es hoy un artista reconocido. Sus marinas son, tal vez, lo más celebrado de su obra a esta altura extensa. “Pinté la costa uruguaya de punta a punta”, se vanagloria. Aunque ahora comenzó a explorar la costa del Cebollatí que descubrió a instancias de unos amigos junto a los que viajó a tierras olimareñas para conocer ese paisaje. Y allí, libreta en mano, comenzó a esbozar el capítulo más reciente de su obra.

Fito Sayago es un hombre extrovertido, para nada la imagen del artista huraño y aislado. Sus cuadros son buscados fuera de fronteras por un público variado y exigente. Hoy vive en Punta del Este, su rincón inspirador, y desde que descubrió las redes suele subir cada semana una foto de su obra más reciente. Y sus casi siete mil seguidores lo aplauden cada vez.

El éxito con sus seguidores es algo que le viene ocurriendo desde el principio. En su primera exposición a mediados de la década de 1980 vendió más cuadros de los que había llevado a la exposición. Para entonces llevaba varios años pintando, había comenzado siendo un niño.

DEL CARTÓN AL LIENZO. Fito es hijo único. Sus padres tenían un apartamento en el Centro, en Yaguarón y Colonia. A pocos metros estaba el antiguo diario El Día y todavía se acuerda de los “picaditos” que se armaban en la madrugada cuando venían los canillas a buscar los diarios.

Hizo primaria en el Colegio Crandon, allí descubrió su interés por la pintura. Tenía apenas 10 años cuando logró que el maestro de dibujo, ni más ni menos que José Arditti, le enseñara los rudimentos de la pintura. “Agarraba las cajas de los ravioles y pintaba en el reverso”, recuerda.

Su abuela, que vivía en el mismo edificio un par de pisos más abajo, fue la primera en alentar su vocación pictórica. De hecho, era ella quien le compraba las témperas y todo el material.

"De chico pintaba en el reverso de las cajas de ravioles", cuenta.
"De chico pintaba en el reverso de las cajas de ravioles", cuenta.

Más adelante, ya en Secundaria, Fito continuó en el taller de Arditti pero ya como discípulo. “Desde que empecé a los 10 años no paré más de pintar”, dice con la sonrisa ancha.

Mientras cursaba el liceo dedicó parte de su tiempo a la otra pasión que continuó por años: el básquetbol. Primero jugó en Welcome y luego en Nacional, cuadro del que años más tarde sería dirigente por un tiempo. Le tocó jugar junto a algunas de las figuras míticas de balón cesto vernáculo: Fefo Ruiz, Tato López, Pierri, Peinado. Y, a su juicio, era bueno pero costaba ganar la titularidad ente aquellos “monstruos”.

“Y un buen día me decidí a dejar todo por la pintura, no quería jugar más, estaba harto de estar en el banco de suplentes, así que me decidí”, cuenta Fito.

El año 1984 fue un año de quiebre para él. Mientras el país emergía de los años oscuros, Fito Sayago era un veinteañero con ganas de comerse la cancha, no precisamente la de baloncesto. Había reunido una obra mínima pero suficiente, sus mayores la habían visto con aprecio. Y llevó sus cuadros a la Galería Caravelle de Punta del Este. “Fue increíble, llevé ocho cuadros y vendí 12, cuenta.

De pronto había ingresado al mundo de la pintura como un profesional. “Ahí sentí por primera vez que era un artista”, recuerda.

Poco tiempo después viajó a Estados Unidos con fines de estudio, hizo algunos contactos y en 1990 logró exponer en el Laguna Art Festival de California. Pero su verdadero viaje “iniciático” fue a Europa y, en particular, a España. En Madrid descubrió al pintor que más influyó en su obra, el madrileño Joaquín Sorolla, el maestro del iluminismo español. Sorolla venía de la escuela impresionista pero se afianzó como luminista y en su obra se destacan las marinas, un tema que definitivamente cautivó a Sayago.

Luego de la exposición de 1984 se habían sucedido varias en galerías puntaesteñas y de Montevideo, pero cada vez más en el exterior. Si durante sus años mozos había pasado largas jornadas en el taller de Arditti, su maestro, poco a poco fue afianzándose en su propio taller en jornadas igualmente largas y productivas.

Algunos de sus amigos fueron también grandes firmas de la pintura uruguaya. Fito recuerda siempre y en particular a Enrique Medina, a Raúl Rial, Ángel Tejera y, por supuesto, Carlos Páez.

“Es lo que más extraño ahora, tener un rato para la charla con los amigos”, dice.

Aunque nunca se lo propuso en forma consciente Fito Sayago logró el ideal de cualquier artista: vivir de su arte. “Me costaba pensar en la pintura como en un trabajo rentado, pintar es algo muy natural para mí”, explica.

Sus marinas fueron apetecidas por un público remoto. Durante algunos años viajó con asiduidad a Japón donde sus cuadros eran comprados con fervor. “Ellos veían mucho simbolismo en mi pintura”, cuenta Sayago.

Expuso por primera vez en Tokio durante 1999, con un éxito increíble para él. Y continuó viajando en años sucesivos a tierras niponas. Gracias al éxito comercial de su obra en Japón, Fito logró sortear los efectos nefastos de la crisis de 2002 y obtuvo los ahorros suficientes como para comprar un local en la Ciudad Vieja y abrir su propia galería.

Su obra ha ido afianzándose con un sello propio, pero también comienza a buscar nuevos caminos, como su exploración del río Cebollatí y su hermoso entorno que comenzó a pintar en esta época.

“Me llevé una libreta y empecé a tomar nota, no a dibujar ni a pintar, tomaba notas. Me fijaba, por ejemplo, en cómo cae la luz a ciertas horas, el color de las hojas, cómo llegar a ese verde, ese tipo de cosas. En algún caso llegué a pintar en el lugar mismo, pero fue en pocas ocasiones”, cuenta el artista.

LA PENÍNSULA. Desde hace unos cuatro años reside en Punta del Este en forma permanente. Lo siente como “su lugar”, en particular porque la costa le ha proporcionado abundante materia para su obra, aunque se complace en repetir que ha pintado la costa “desde Colonia a Rocha”, deteniéndose en cada playa.

Sayago es padre de cuatro hijos: Soledad, María Jesús, Joaquín y Nicolás. De ellos, Joaquín es quien comienza a seguir los pasos de su padre en la pintura.

Pero su vida en la península ha estado lejos de ser apacible y retirada. Entre los años 2016 y 2018 fue víctima de robos y copamientos durante al menos cuatro veces. Los episodios tomaron estado público de inmediato, Fito Sayago es conocido no solo en su calidad de artista sino también como dirigente de Nacional, actividad de la que está retirado actualmente. Pero, precisamente, debido a la repercusión de esos hechos las autoridades tomaron nota e incluso el entonces director nacional de Policía, Julio Guarteche, llamó a Sayago para interesarse en forma personal por su situación.

Su paso por la directiva de Nacional tampoco estuvo exento de problemas. En 2016, ante el homicidio del hincha de Peñarol Hernán Fiorito a manos de barrabravas tricolores en la ciudad de Santa Lucía, Sayago que, por entonces integraba la directiva, exigió la inmediata expulsión de los hinchas y una depuración de los violentos entre la hinchada. “Amenazaron a mis hijos, ellos dejaron de ir al fútbol y me trataron como un traidor por señalar que tipos que se dicen hinchas de Nacional debían ir a la cárcel”, declaró en su momento Sayago.

Ahora, dedicado de lleno a la pintura en Punta del Este, Fito Sayago continúa explorando el paisaje, tratando de descifrar la luz y cómo representarla en un lienzo. El gran misterio al que se enfrenta un artista a solas en su taller, día tras día, hasta conseguir esa escena más soñada que vista. Porque para Fito Sayago pintar es algo propio de su naturaleza.

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