20 años del Museo del Carnaval: objetos de grandes figuras, talleres, tablados de barrio y alguna joyita oculta

El primer fideicomiso cultural del Uruguay atrae a turistas, investigadores, estudiantes y amantes (o no) de la Fiesta de Momo. Está abierto todo el año y quiere festejar con un techo nuevo.

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El Salón de Trajes del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

“¿Y ustedes qué hacen en el museo durante el invierno?” Es la pregunta que suelen recibir los integrantes del equipo de trabajo del Museo del Carnaval. “¡Hay más trabajo en invierno que en verano!”, comenta entre risas Juan Castel, hoy responsable del Centro de Documentación e Investigación de la institución, pero hasta 2015 encargado de la comunicación.

Juan comenzó a trabajar en el museo en 2007, apenas unos meses después de su inauguración, en noviembre de 2006. “En ese entonces el galpón nos quedaba grande, no sabíamos qué hacer, y ahora nos queda recontra chico. Hay mucho material, mucha cosa, mucha gente investigando…”, cuenta con orgullo sobre los más de 3.000 metros cuadrados que albergan mucho de lo que se ve y bastante más de lo que permanece oculto para un visitante normal.

“Tratamos de mostrar la fiesta desde otro lugar y potenciar sus distintos aspectos”, explica Juan sobre los objetivos de una institución que busca difundir, conservar, investigar, y poner en valor los objetos y tradiciones del “Carnaval más largo del mundo”, como se lo conoce en Uruguay. Y eso teniendo muchas veces que luchar contra quienes aún lo consideran una cultura menor o no entienden por qué es tan popular.

Domingo realizó una recorrida que puede ayudar a tomar dimensión de todo lo que hace el Museo del Carnaval, actividades que no solo se concentran en su espacio de la Ciudad Vieja, sino que también se proyectan hacia distintos rincones del país.

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Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.
A saber

El primer fideicomiso cultural del Uruguay

En enero de 2008 el Museo del Carnaval se transformó en la primera institución cultural uruguaya administrada bajo la forma de fideicomiso (de 2006 a 2008 fue un museo de la Intendencia de Montevideo).

Dicho fideicomiso está integrado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), el Ministerio de Turismo y la Intendencia de Montevideo, con la administración de fondos de la Corporación Nacional para el Desarrollo.

El padrón 2607, de 3.076 metros cuadrados, en el que funciona el museo, pertenece actualmente al MEC y completa una manzana entera junto al padrón 2606 del Mercado del Puerto.
Está ubicado en Rambla 25 de Agosto de 1825 N° 218, esquina Maciel.

El museo está abierto todo el año de miércoles a domingos, de 11 horas a 17 horas. Puede darse su apertura en fechas u ocasiones especiales, como la llegada de cruceros, Semana de Carnaval o días de mucha demanda. La entrada cuesta $ 200; los menores de 12 años no pagan.

Para comunicarse se puede llamar al 29165493 o vía mail: contacto@museodelcarnaval.org

Lo que se ve

Al museo se ingresa por la Rambla 25 de Agosto y, desde que se pone un pie en su espacio principal, uno no sabe por dónde arrancar de todo lo que hay para ver. Juan propone comenzar por la pequeña salita de Los Cabezudos, esos muñecos que provocan nostalgia en los mayores de 40 años y llaman la atención de los más jóvenes.

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Los Cabezudos del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

“Nos llaman en 2015, desde uno de los depósitos de la Intendencia de Montevideo, para decirnos que tenían los últimos cabezudos, si nos interesaban porque ellos ya no tenían dónde meterlos. Salimos corriendo, nos trajimos los que estaban más o menos en condiciones y empezamos a hacer un trabajo de reconstrucción”, recuerda Juan.

La idea era exhibirlos para el Día del Patrimonio, lo que finalmente se concretó en 2024, y que estuvieran solo un mes. Pero a la gente le gustó tanto, que no los pudieron sacar y se transformaron en una muestra permanente.

Así se sumaron a Las Troupes, muestra dedicada a la que durante 30 años fue la categoría más importante del Carnaval y que ya no existe; las muestras que describen las cinco categorías de hoy en día (murga, lubolos, parodistas, humoristas y revistas); las fotográficas que dan testimonio de Los viejos tablados o de las Divas en blanco y negro (Rosa Luna, Marta Gularte, Lágrima Ríos y Pochola Silva, primera directora de una murga de mujeres), o la muestra sobre el candombe.

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Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

También hay un rincón dedicado a las Figuras Máximas del Carnaval, repartido entre una pared de fotos que cada año suma una más, además de dos fotos bastante más grandes de Miguel “Pendota” Meneses y Ariel “Pinocho” Sosa, y un espacio muy especial para Tito Pastrana.

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Rincón de Tito Pastrana en el Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

“No sé cómo fue que di con la viuda, que se iba a mudar. ‘¿Quieren venir a buscar sus cosas? Porque yo tiro todo’, nos dijo. Nos trajimos lo que había y Sergio Gorzy donó el bombo de Tito, que lo tenía él. Lo tenemos en custodia”, relata Juan.

Hay además un lugar en el que se recrea una murga completa para que el público entienda bien lo qué es y a su vez pueda apreciar su vestuario. Se va cambiando cada tanto; actualmente lo ocupa Mi Vieja Murga en su versión 2023, con un vestuario en tonos de blancos, grises y negros que, con poco presupuesto, fue hecho con telas baratas y “mucha maña”, según detalla Juan.

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Mi Vieja Murga en el Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Si lo que se busca es conocer más de todo lo que refiere a vestuario y maquillaje, está el Salón del Traje, especialmente dedicado a Rosario Viñoly con la muestra Memoria de lo efímero. Imperdible para poder apreciar de cerca lo que la distancia de un tablado o del Teatro de Verano no permite.

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Salón del Traje del Museo del Carnaval
Foto: Natalia Rovira.

Y después están las muestras itinerantes, como es hoy la de Carlos Páez Vilaró, muy apreciada por los visitantes argentinos, o la de La Banda de Goyeneche de 1873. Esta última es un préstamo del Museo Histórico Nacional y refiere al coronel Juan Pedro Goyeneche, jefe Político y de Policía de Montevideo, que lideró la iniciativa de copiar la elegancia de los carnavales franceses y a su vez prohibir que la gente arrojara agua u objetos que pudieran hacer daño.

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Muestra Carlos Páez Vilaró en el Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

“Fue un parteaguas entre el carnaval bárbaro y el carnaval civilizado en aquel último tramo del siglo XIX. Por eso fue que algunas agrupaciones de vecinos, uno imagina que de la alta sociedad, le obsequiaron esta banda que tenemos en exhibición”, explica Juan.

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La Banda de Goyeneche de 1873 en el Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Todo esta oferta se completa con la Sala del Museo, que alberga todo tipo de espectáculos, no solo los que tienen que ver con la Fiesta de Momo, y es una interesante fuente de recursos; el Tablado del Museo con entrada popular ($120), que si llueve tiene autorizado trasladarse a la Sala, y la Plaza del Carnaval, un espacio que fue acondicionado en el marco de un proceso de revitalización de la Ciudad Vieja impulsado por la Junta de Andalucía en acuerdo con la Intendencia de Montevideo.

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Armado del Tablado del 2026 del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Lo que no se ve

En el primer piso del museo funcionan tres sectores claves.

El primero es el lugar de trabajo de la mayoría de las 11 personas que lo hacen funcionar.

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Equipo de trabajo del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

El sector dos es el del Centro de Documentación e Investigación, un acopio de mucho material repartido entre lo que ya está debidamente archivado, lo que queda por leer y analizar, y lo que, poco a poco, y en la medida de lo posible, se va digitalizando.

Allí se puede encontrar desde libretos, pasando por actas de la Intendencia que durante años estuvieron sin procesar, hasta muchas donaciones de gente vinculada al Carnaval, como Rosario Viñoly, Milita Alfaro o también privados.

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Juan Castel en el sector de objetos y vestuarios del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

“Todo el tiempo me pasan situaciones como la del otro día, que me llamó una veterana diciendo que su marido había muerto y como era fanático del Carnaval tenía dos cajas llenas de VHS en las que había grabado cosas desde los años 90”, cuenta Juan y agrega que le sucede mucho con las viudas de los carnavaleros. “Generalmente quieren prender fuego todo”, acota entre risas.

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Material del Centro de Documentación e Investigación del Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Agradece que en 2020 se haya podido cambiar el techo del Centro porque en días de lluvias había que estar resguardando todo de las goteras.

Todo ese material se complementa con el sector tres, destinado a los objetos. Están los emblemáticos, como la radio, la máquina de coser y la máquina de escribir de Marta Gularte, o una gargantilla confeccionada por Rosa Luna y donada por una amiga de la vedette —“es lo único que tenemos de Rosa”, se lamenta Juan—, o un vestuario de Zíngaros usado por “Pinocho” Sosa que se lo regaló a un amigo y que este último cedió al museo.

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Galera de los Zíngaros usada por "Pinocho" Sosa.
Foto: Natalia Rovira.

Además hay mucho de vestuario, sobre todo posterior al año 2000, porque los anteriores a esa fecha son muy difíciles de conseguir. Por eso se valora especialmente un traje usado por la murga Asaltantes con Patente en 1976.

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Juan Castel con un traje de la murga Asaltantes con Patente de 1976.
Foto: Natalia Rovira.

“Hay que tener en cuenta que nosotros luchamos contra el tiempo, porque todo esto está hecho para que dure 60 días, no 50 años”, remarca Juan y aclara que se han adoptado criterios para seguir recepcionando trajes porque no todo se puede guardar. “Tiene que ser representativo, que sean primeros premios, que lo haya usado alguna figura”, ejemplifica.

Lo curioso fue que al principio no era tan sencillo lograr que llegaran donaciones de los carnavaleros, muchos de ellos no pensaban que lo que tenían pudiera resultar valioso. “Les pedíamos prestado un traje para una exposición, te lo daban y cuando lo veían en el Salón del Traje quedaban petrificados. ‘Paaah, estoy en un museo’, decían. Eso que a veces a la cultura popular le cuesta tanto, sentir que tiene un valor también. Más el Carnaval”, reflexiona Juan.

Destaca además el valor que todo este material tiene para investigadores, no solo del Carnaval mismo, sino de la forma en que se vivía en otras épocas del Uruguay. En tal sentido, comenta que los libretos son de los materiales que más se consultan.

“Son los libros de historia de lo que hablaba la gente común”, grafica. “Parece que no, pero el Carnaval da para investigar cualquier cosa: economía, diseño, gestión, historia ni qué hablar… Y todo lo que va llegando es lo que se va a venir a consultar dentro de 100 años”, añade.

Juan resalta que hay una parte del archivo, que tiene que ver con colecciones de letras del Carnaval del siglo XX, que entró en la Memoria del Mundo de la UNESCO.

“Se entiende que ahí hay un pedazo de la historia del Uruguay que es la que no está en los libros. Y eso está acá, lo tenemos a disposición”, señala e informa que en el museo hay una placa que da cuenta de esta distinción, una más entre las muchas que tiene la institución (premio Museos MEC, Premio Internacional Reina Sofía, Premio Morosoli, Premio Iberoamericano de Educación y Museos, por solo nombrar algunos).

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Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Lo que se busca

El Museo del Carnaval presenta dos temporadas bien marcadas de gran público.

La primera es de los turistas que llegan de noviembre a marzo, donde destaca especialmente la temporada de cruceros y en febrero, sobre todo la presencia de argentinos que vienen a ver las Llamadas.

“Trabajamos con una productora y agencias, y vendemos el producto Museo dentro del barco. Los visitantes realizan una visita guiada y después pasan a la Sala del Museo para ver un show especialmente diseñado para ellos”, explica Claudia Rodons, encargada de la operativa del Museo del Carnaval.

A esto se suman los palcos turísticos, que desde hace años se comercializan para las Llamadas desde la web del museo y que, por primera vez este año, se vendieron también para el Desfile Inaugural y el Desfile de Escuelas de Samba.

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Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

La segunda temporada, que va de marzo a noviembre, está dominada por las escuelas y los liceos que los visitan. Son atendidos por un plantel de talleristas entre los cuales hay muchos que han salido en Carnaval o están vinculados a esta fiesta popular (ver recuadro). “Hay meses que no damos abasto”, comenta Juan y se ríe al mencionar un taller de parodismo que se arma en función del tema que estén tratando en clase y que termina resultando muy divertido. Está a cargo de Martín “El Pollo” Perrone, reconocido exponente de la categoría.

Les ha pasado también de recibir grupos privados que se arman especialmente para una recorrida, caso de familias enteras para las que se diseñaron mini talleres. Les ocurrió con una familia de México y una de Brasil.

“Es importante que el museo sea como un lugar de referencia, en el que puedas contarle a alguien en cualquier época del año qué es Carnaval. Puede ser una alternativa para mostrarle a un visitante cómo suena un tambor, algo que en invierno es más difícil de encontrar”, acota Claudia.

Talleres y programas

Área Educativa: planes para todas las edades

“El programa más fuerte que lleva adelante el Museo del Carnaval es el que tiene que ver con las visitas guiadas, que viene de 2009 y utiliza como principal metodología el taller”, señala Belén Pafundi, cabeza del Área Educativa.

Más de 100.000 personas han pasado por un programa que incluye 10 talleres a cargo de seis talleristas: Murga, Candombe, La murga y sus ritmos, Candombe sur, Calles con ritmo, Caritas pintadas, Sonidos reciclados, Llamando tambores, Carnaval te enseña y Parodismo (los coordina Raúl García). Se dictan entre abril y noviembre, pero en verano también se ofrecen para colonias de vacaciones u ONGs.

El Área Educativa mantiene además un vínculo muy fuerte con la comunidad académica, sobre todo con la Facultad de Información y Comunicación: se dictan cursos, se realizan prácticas pre-profesionales, se pone a disposición el archivo para distintas actividades. Destaca el programa Iberarchivos (fondos para el Centro de Documentación e Investigación).

Por otro lado, hay una línea para adultos mayores y residenciales que se comenzó a trabajar en 2025.

Para este año tienen un proyecto para jóvenes audiencias que tiene que ver con la batería de murga y otro de formación docente sobre herramientas carnavaleras para implementar en el aula.

Es intención poder retomar en algún momento El Carnaval y sus Artes, que fue un programa destinado a gente privada de libertad que arrojó muy buenos resultados.

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Taller en el Museo del Carnaval.
Foto: Natalia Rovira.

Lo que se festeja

En noviembre, el Museo del Carnaval cumplirá 20 años de vida. Claudia Rodons (Coordinación) y Gabriel Nieto (Museografía), que están desde 2008, y Belén Pafundi (Área Educativa), que se incorporó en 2018 primero en forma independiente y desde 2020 en el staff, miran fotos de lo que era en sus comienzos y no lo pueden creer.

“Cuando entrás a pensar decís ‘uy, ¿cuándo pasó todo esto?’ Porque ahora hay plantas, hay murales… pero era un nido de ratas, nacían los tomates guachos. Era imposible pensar en el crecimiento que tuvo”, señala Gabriel sobre un espacio que no fue pensado para un museo, sino que se fue reciclando. Por ejemplo, las viejas puertas del Teatro Solís son la entrada del Salón de Trajes.

Para Juan Castel, el trabajo en equipo ha sido clave para crecer no solo en metros cuadrados sino en todo lo que ofrece el museo y parece no detenerse. “Tiene que ver mucho con la forma de gestión, con tener áreas bien definidas donde cada uno va tironeando y nos interrelacionamos”, describe.

Claudia agrega que es importante que sea un espacio pensado para ser habitable por distintas expresiones, estén vinculadas con el Carnaval o no. “Que sea un espacio a utilizar”, dice quien es la encargada de articular, de vincular, de organizar.

En tanto, Belén destaca que ese crecimiento sin límite responde a que se trabaja con un patrimonio vivo. “No trabajamos con una colección estática. Permanentemente nos llegan donaciones, los percheros no alcanzan, todos los años se suman libretos… esa es una buena pregunta: ¿cómo vamos a hacer con las próximas donaciones que ingresen? Porque esto va a seguir”, se cuestiona.

Para eso consideran que es fundamental cambiar la mitad del techo que les quedó sin arreglar del año pasado, entre lo más urgente que los desvela por estas horas. “Eso también hace a estos procesos, que son lentos porque se requiere dinero, pero que son fundamentales para poder tener un museo en condiciones”, insiste Gabriel. Sería el mejor regalo de cumpleaños, sostiene Claudia y agrega que aún no han pensado cómo festejarán. “Estaría dentro de lo que ya hacemos, de generar acciones con docentes, generar alguna actividad vinculada con la comunidad, algo con los escenarios populares… Y viendo el presupuesto también”, reconoce entre risas.

En definitiva se trata de celebrar el camino recorrido y no detenerse. Celebrar, como dice Gabriel, haber generado “un trillo” para atraer gente a una zona por momentos complicada en cuanto a seguridad o para cambiar energías cuando el museo se proyectó puertas afuera.

“El Museo del Carnaval para mí es como un niño, como cuando tenés un hijo y lo vas viendo caminar. En ese sentido no paramos de crecer”, resume.

Tablado de Barrio

Llevar la fiesta a todos los barrios del país

En Montevideo llegó a haber 300 tablados. “Un tío me contaba que había uno cada siete cuadras”, dice Gabriel Nieto, el responsable de llevar adelante el programa Tablado de Barrio, que recuperó una tradición que estaba perdida: la decoración de escenarios populares.

Desde 2007 el museo trabaja con grupos de vecinos que gestionan escenarios carnavaleros en distintos barrios de Montevideo y la zona metropolitana. A partir de la segunda mitad del año se realizan talleres y encuentros virtuales para comenzar a avanzar sobre la idea decorativa y la maqueta.

“Desde la dirección del programa no damos lineamientos como para que se hable de algún tema, sino que se busca que cada escenario pueda contar lo que quiera. Yo voy articulando para que surja algo más propio y van sucediendo cosas interesantes”, cuenta.

El programa se inscribe dentro de lo que marca la nueva museología, que es procurar el relacionamiento con la comunidad.

Tablado de Barrio comenzó con cinco escenarios; este año serán cerca de 16. De la zona metropolitana se suman Paso Carrasco y Ansina, y está latente la idea de que en el futuro haya más presencia del Interior, donde el museo ha organizado corsos.

Gabriel remarca el apoyo que recibe del proyecto Esquinas de la Cultura y la articulación que realiza la Red de Escenarios Populares.

Esta última está formada por tablados que tienen la misión de llevar el Carnaval a todos los barrios de Montevideo y que son gestionados por los vecinos que se organizan en forma voluntaria durante todo el año. Esto responde a que no solo son escenarios que sirven para espectáculos de Carnaval, sino que también son espacios para dictar talleres, apoyar a instituciones del barrio, recibir actividades deportivas y artísticas, y desarrollar programas sociales en convenio con otras instituciones.

En pandemia fueron centros de referencia muy importantes, para entrega de canastas, vacunatorios…”, destaca Claudia Rodons.

Gabriel resalta la importancia de todas estas iniciativas poniendo como ejemplo lo ocurrido en el Monte de la Francesa: “Era un tablado que iban a tirar porque estaba estigmatizado por un hecho de violencia fuerte; nadie quería pasar por ahí. Los vecinos voluntariamente transformaron el lugar. Ahora es uno de los escenarios más grandes, van 2.500 personas”.

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