OSCAR BRANDO
JOHN WILLIAM Cooke tenía la edad de Eva: había nacido en La Plata en 1919, bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Murió en 1968 durante la dictadura de Onganía. Integrado al peronismo del 45, Cooke fue dentro del movimiento una figura excéntrica y controvertida. Sostuvo, contra viento y marea, la idea de que el peronismo y su líder eran capaces de dar cauce a una revolución socialista. El viento y la marea le demostraron lo contrario. Luego de la caída de Perón en 1955, Cooke fue durante un tiempo delegado del ex presidente. Intentó transformar la Resistencia Peronista aproximándose a la revolución cubana y alentando los movimientos armados; al mismo tiempo navegó en una organización proclive a las componendas de las que Cooke no se libró. Las derivas y los naufragios de este personaje lleno de tics, sólo superado por Eva, habrían hecho posible una biografía intensa e interesante y una nueva cala en los complejos laberintos del peronismo. Pero no.
Franco Lindner en Cooke, El heredero maldito de Perón, desperdicia la oportunidad y decide escribir una historia infamante. Se desprecia y maltrata a todos los personajes involucrados y de rebote al lector, al que se le espeta un relato repleto de situaciones absurdas -cuando no ridículas- y de trampas para cazar incautos. La más torpe es que un personaje anticipe o adivine, con frase impostada, algo de la historia por venir.
Y es que el punto de partida de la biografía que escribe Lindner es muy simple: toda la historia de la Argentina es un sainete y los cuadros de la obra actuados por el peronismo se asoman al grotesco. No hay cuestión política que no atraviese cabarets y prostíbulos y no esté cercada por el juego, el alcohol, la droga y las intrigas sexuales. Después de insistir decenas de páginas en la debilidad crónica de Cooke por la cocaína y el cigarrillo, el biógrafo abandona el asunto para subrayar, en otras decenas, las dificultades sexuales del personaje. Más que cualquier asunto político, importan los largos años en los que Alicia Eguren, mujer de Cooke, lo corneó con el Che, con Salvador Allende y con el ejército de húsares de la juventud peronista. Su avidez sexual recuerda heroínas de novelitas porno, afectadas por la otrora llamada fiebre uterina.
El libro es una biografía contra Cooke hecha con un celo sólo superado por viejos empeños clásicos contra Eva.
Y justamente Evita, por supuesto, tampoco se salva, pero es un personaje de reparto: el papel estelar se lo roba la Eguren de la que Cooke repite una y otra vez: "¡Qué flor de puta!". No se está pidiendo una hagiografía de Cooke. Pero ya que el autor se permitió inventar cuanto pensamiento, diálogo o situación quiso, bien podría haberlo hecho en zonas más interiores. No se le ocurrió, para indagar en el personaje, recrear las estadías de Cooke en Montevideo, el abismo de la droga o la angustia por los vendavales que lo azotaban. La coherencia del libro para rescatar lo frívolo, lo no interesante, es absoluta. No hay una fisura en la parodia. Lindner compra y mejora los argumentos reaccionarios de la descalificación. Si Cooke acepta la lucha armada es nada más que un pistolero o un aventurero irresponsable. Si se opone o no la asume con convicción, es un cobarde, un farsante que no se anima, un traidor. Nada se produce por motivos políticos: todo sucede impulsado por intereses mezquinos de dinero, mujeres o negocios.
Son sainetes la cárcel en el sur luego de la caída de Perón y la fuga, la estadía en Cuba, la participación en el entrenamiento militar y la pelea en Bahía de Cochinos. Son tragicómicos Perón y todo su entorno, las zozobras del pensamiento del líder y las autorizaciones a sus acólitos. Allá, a las cansadas y escondida entre la maraña de los vicios, Lindner no tiene más remedio que admitir la influencia que Cooke tuvo sobre los jóvenes peronistas. Entonces apenas informa que escribió algunos libros que tuvieron gran aceptación y cuya lectura desafió largo tiempo la clandestinidad.
Hubo alguna vez una literatura antiperonista, "gorila", que se podía haber creído perimida. No todos los libros escritos sobre Eva en las últimas décadas son favorables, pero sus enemigos ya no acometen las antiguas simplificaciones que, lastimosamente, afectan el trabajo sobre Cooke. Esta es una biografía inútil, innecesaria para amigos y adversarios.
COOKE. EL HEREDERO MALDITO DE PERÓN, de Franco Lindner, Sudamericana, Buenos Aires, 2006. Distribuye Sudamericana. 331 págs.