Un retrato postal

Alfredo Fressia

EL ORGANIZADOR de este libro soñó alto. Quiso revelar en él "un Vinicius íntimo, con las verdades recónditas que quedaron fuera de sus poemas y canciones más confesionales". La correspondencia aquí reunida —postal, de años en que no existían los efímeros e-mails— descubriría "al hombre que habitaba en el artista, en sus momentos de coraje y miedo, certidumbres e inseguridades, humores y amores". Sin duda el interés de la obra de Vinicius de Moraes (Río de Janeiro, 19 de octubre de 1913-9 de julio de 1980), como poeta, como crítico de cine, como diplomático en décadas centrales del siglo XX, y aun el de su propia figura humana, públicamente conocida y admirada, merecían la publicación de esa contracara íntima, creada en medio siglo de correspondencia (de 1932 a 1980).

ALGUNAS DECEPCIONES. Sin embargo, el organizador sólo logró reunir poco más de doscientas cartas de ese medio siglo, y aun así, incluyendo en el conjunto tanto la correspondencia activa como la pasiva. Es decir, ordenadas cronológicamente, comparecen aquí cartas escritas por Vinicius y a él dirigidas, organizadas en este caso por década, a saber, de la de los ’30 a la de los ’70. Es cierto también que entre estos correspondientes figuran nombres de áreas variadas, poetas, cineastas, músicos, lo que debe interesar a un número vasto de lectores. Entre remitentes y destinatarios comparecen, por ejemplo, escritores como Manuel Bandeira, Mário de Andrade, Carlos Drummond de Andrade, Lucio Cardoso (amado por una joven Clarice Lispector), Sergio Buarque de Holanda, Rubem Braga, Ferreira Gullar, o el pintor Candido Portinari, o creadores ligados a la música, como Chico Buarque o Antonio Carlos Jobim. Ciertamente, la presencia de semejantes nombres contribuye al interés de la edición, pero en muchos casos decepciona el número modesto de cartas encontradas, o ciertos contenidos poco reveladores. Queda sin duda el lado "humano" y simpático de esos correspondientes (un Joo Cabral que imprime plaquettes con poemas de Vinicius en España al mismo tiempo que estampa su susto frente a una intervención quirúrgica, o Carmen Miranda ayudando financieramente, y en secreto, a una de las mujeres de Vinicius, entre tantas otras "instantáneas" privadas que una correspondencia puede contener). Aun así, el editor no es suficientemente explícito cuando anuncia cartas de Charles Chaplin y de Orson Welles, que después se revelarán meras misivas rápidas, o de agradecimiento, que nada aportan al "Vinicius íntimo" que la correspondencia se propone mostrar.

TAMBIEN FUE HIPPIE. Sobran más bien cartas de y para la familia del poeta, aun si son muy reveladoras de la personalidad del poeta-diplomático, quien desde los lugares más diversos del mundo exhibe la misma incapacidad en lidiar con dinero y pide listas de favores como pagar cuentas, pensiones de sus innúmeras ex - mujeres, mensualidades escolares de sus hijos (y un largo etcétera que incluye la imposible vida "práctica" del poeta).

Los rasgos de personalidad del propio Vinicius, permanentes, y los avatares de su vida, sobre todo cuando debe abandonar su carrera diplomática en 1968 y se dedica por entero a la música hasta volverse casi un hippie en sus últimos años en Bahía, crean de hecho un perfil entrañable del autor, que seguramente interesará a sus lectores. Por ejemplo, se impone sistemáticamente en la lectura esa especie de calidez con que rodeaba sus relaciones. Es el caso de su amistad con Manuel Bandeira, a quien llegaba a mandar desde Los Angeles (donde Vinicius fue cónsul de 1946 a 1950) listas de películas que no debía perder, o con el "Compadrito lindo" (sic, en español), como llama a Chico Buarque (y debe interesar a una parte del público las modificaciones que propone para las canciones creadas en común), o sus amores femeninos, siempre "definitivos" y que a veces duran durante una única carta. Esa necesidad de pedir y dar protección aparece también en sus relaciones con otra habitante de California: su adorada Gabriela Mistral, a quien llega a dar consejos y por cuya salud se inquieta.

También da placer oír a Vinicius hacer una crítica literaria espontánea en sus cartas, es decir, sin la retórica del discurso público. Es el caso de su entusiasmo —hasta las lágrimas— al oír a Ferreira Gullar leyendo el "Poema sucio", exiliado en Buenos Aires ("Y el poema es oportuno para mostrar a esos críticos de mierda que la poesía, lejos de haber muerto, está más viva que nunca cuando la agarra por los cuernos un poeta así", 13.X.75). En la misma carta, es explícito en la impresión personal provocada por Borges: "Tiene la cabeza ordenada, para la convivencia, como los cajones de un armario, con todas las respuestas listas. (...) Me dio casi ternura por él, tan viejito y canalla, tan reaccionario y al mismo tiempo tan buen escritor, qué sé yo... Es difícil conversar con él porque es un monologuista militante. Imagínate que me contó que el día en que debía tener un encuentro con Neruda, no lo fue a ver con miedo de que pensaran que él era comunista".

El apasionado Vinicius aparece también en sus simpatías y odios por ciertos países, principalmente aquellos en los que tuvo que trabajar como diplomático. Amaba México y a los mexicanos, no entiende cómo estos podían ser desdeñados en los EEUU y no esconde su opinión negativa sobre ese país (a veces con formulaciones lapidarias: "Merda de terra, merda de gente", 17.II.48).

TARDE PARA INVESTIGAR. El Uruguay, donde trabaja de 1958 a 1960, le suscitaba simpatía. Montevideo, escribe en español, es "chiquitita pero cumplidora". "Me gusta, es curioso, esta ciudad medio provinciana, de clima estimulante: la patria del mal tiempo. Lluvia y pampero tres veces por semana. Cuando el sol sale, sale hermoso, luminoso y fresco. Pero ¡cuánto tango! Prender la radio es un peligro. Orfeo, si otro mérito no tuvo, tuvo este: dio un buen impulso a la música popular brasileña, por lo menos aquí. Ahora, a pesar de mucho tango todavía, están tocando más samba, por lo menos los de Orfeo", 14.X.59. Y también, desde Montevideo, el poeta "se escapa" a veces a Buenos Aires, sin avisar al Itamaratí (el Ministerio de Relaciones Exteriores de su país), un abandono de puesto que está prohibido a un diplomático, e implora a sus amigos que no comenten esas escapadas.

Con excepción de la célebre pieza Orfeo, y de algunos poemas para la canción, la poesía "soltera" (sic, sin música) de Vinicius no deja mayores rastros, en esta Correspondencia, para la crítica genética. Filmada por Marcel Camus, la película Orfeo negro llegará a ganar la Palma de Oro en Cannes en 1959. Pero desde 1948 las cartas del poeta hablan de su texto: "Estoy trabajando, a veces, en una pieza negra, que se llamará Orfeo, tragedia carioca (...). El primer acto salió muy bien, en decasílabos. Escribí el segundo, pero lo estoy rehaciendo. El tercero lo tengo listo en la cabeza. Se trata de la leyenda griega transpuesta al ’morro’ carioca. Conservé los nombres, la línea general del mito, todo: Orfeo, Eurídice, Aristeo, etc., nombres mulatos, ¿no te parece?" (18.V.48). El texto de la pieza verá la luz en la revista Anhembí en 1954, bajo el título Orfeu da Conceio, y, transformada en musical, se estrenará en el Teatro Municipal de Río en 1956.

Las cartas de este Querido poeta pertenecen al acervo de la Fundación Casa de Rui Barbosa. La publicación, bienvenida desde luego, imperdible para los admiradores de Vinicius, deja sin embargo la nostalgia del inmenso fresco —de medio siglo XX y de una vida—que hubiera podido exhibir un conjunto más vasto. Lamentablemente, más de veinte años después de la muerte del poeta, tal vez ya sea tarde para iniciar la investigación que esta vez el organizador no hizo.

QUERIDO POETA. CORRESPONDENCIA DE VINICIUS DE MORAES, organización de Ruy Castro. Companhia das Letras. San Pablo, 2003. 372 páginas.

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