Un recuerdo personal

Ricardo Bada

(desde Alemania)

LA EFEMÉRIDE me hace recordar una vez más mis viajes desde la República Federal a Berlín occidental, entre 1964 y 1989. En mi caso, y puesto que me gusta viajar en tren, ese recorrido suponía atravesar tres fronteras. La primera, el Rhin. Quienes somos -convictos y confesos- colonienses de la orilla zurda, no malgastamos nuestras vidas en esa otra Colonia que dizque existe a la orilla diestra. Antes de Schengen siempre teníamos la excusa de habérsenos vencido el pasaporte, o caducado la visa, en fin, la cuestión era sacarle el cuerpo a la ingrata tarea de cruzar al otro lado; "Siberia" lo llamábamos algunos. Pero para viajar en tren a Berlín, era necesario tan amargo trago.

La segunda frontera, la RDA. Ahí subían al tren los vopos (soldados de la Volkspolizei = Policía Popular) y escudriñaban el convoy de arriba abajo, persona a persona, valija a valija, te expedían el salvoconducto de tránsito por su santa patria socialista, embolsándose como represalia por esa injuria a tan sagrado suelo nuestros profanos marcos capitalistas. Y al cabo de un tiempo que se hacía interminable accedíamos -herméticamente aislados- al paraíso socialista. Dos horas encerrados a cal y canto, hasta Berlín.

Aquí no me queda más remedio sino recordar las innumerables veces que tuve que dibujar, generalmente en una servilleta de papel en un bar, el mapa del ex III Reich como quedó diseñado para casi medio siglo, desde el final de la guerra: pues lo habitual era que mis interlocutores (españoles, latinoamericanos) tuviesen la falsa noción de que el muro que partía a Berlín también dividía Alemania.

Y no. Las tres cuartas partes occidentales del mapa eran República Federal, la restante cuarta parte la RDA, y en el centro geométrico de esa RDA se hallaba Berlín, dividido a su vez de manera simétrica al mapa: las tres cuartas partes occidentales eran los sectores británico, francés y estadounidense, y la restante cuarta parte, Berlín Oriental, el sector soviético, que la RDA consideraba su capital. Dicho de otro modo, Berlín occidental era una isla dentro de esa fortaleza del socialismo real que fue hasta su estrepitosa caída el feudo de Honecker & Co.

En el tren, al llegar a la tercera frontera, entre la RDA y Berlín occidental, nueva detención, pasado ya Potsdam. Y el mismo chicaneo que antes, sólo que aquí era algo más rápido pues se reducía al control de los salvoconductos. Apenas media hora más tarde, por no se sabe nunca bien por qué, pero sí se nota hasta en la dilatación de las narinas, uno sentía que estábamos respirando aire libre. El tren corría ya por el inmenso Grünewald. Paradoja: retornábamos a Occidente yendo cada vez más hacia el Este. ¿Por qué no decirlo?: viajábamos de regreso al primer mundo.

No conservo la cuenta de las veces (no menos de cien) que viajé de ida y vuelta entre Colonia y Berlín. Y siempre la misma cantilena, a la ida y a la vuelta. A la vuelta, por lo general, con emigrantes polacos, si el tren era el Moscú-París, con sus vagones soviéticos que parecían salidos de los desechos del rodaje de Ninotschka.

Ir a Berlín era entonces una inefable aventura, incluía el morbo del contraste con el mundo del bloque oriental, con el socialismo real, con la retórica estalinista. Cruzábamos el muro como en busca de una droga necesaria para darnos cuenta, al regreso, de que nuestra jeremiada por lo mal que andaban las cosas era pura paja mental: ni en el peor de los casos vegetábamos como nuestros amigos en Berlín oriental.

Y un buen día, el 9 de noviembre de 1989, el muro cayó. En febrero del 90 viajé de nuevo a Berlín, e hice dos cosas que me llenan de nostalgia. Una: me subí a la cresta del muro, delante de la Puerta de Brandeburgo, izado por las manos de quienes estaban allí. Y dos: al día siguiente, con Luis Fayad, el novelista colombiano, nos dimos el gusto de cruzar el muro por una de las grandes brechas abiertas ya en él gracias a los "pájaros carpinteros"; así llamaban a quienes armados de martillo y cincel picaron la muralla hasta hacerla físicamente permeable.

Después, hace diez años, con motivo del 10° aniversario de esta fecha, en la solemne sesión del Bundestag, la lista de oradores no incluyó a nadie de quienes liberaron a la RDA de las cadenas al grito de «Wir sind das Volk! (¡Nosotros somos el pueblo!)». Lo que hizo más vergonzosa aún la presencia del canciller Kohl y su ministro del Exterior, Genscher, que contribuyeron como pocos a la eterna consolidación política del muro: ¿o no fueron ellos quienes invitaron una y otra vez a Honecker a visitar oficialmente la República Federal, y lo recibieron en Bonn con todos los honores? Me dieron ganas de vomitar. Pero así suele escribirse la Historia: con vomitivos.

Por eso a mí se me hace cuento que comenzó este nuevo Berlín. Por eso casi nunca regreso allá. Tengo que confesarlo: me falta el muro. Nunca me lo podrá explicar nadie. Tanta mentira luego. Tanto monumento conmemorativo luego, construidos gastando millones de euros. Pero el mejor, lo derribaron. Nadie podrá explicarme nunca por qué no se conservó, como la cicatriz de una cesárea en el vientre de la mujer amada.

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