Ioram Melcer
EL LIBRO Ecolalias de Daniel Heller-Roazen habla del lenguaje humano, pero desde una perspectiva curiosa: el olvido de las lenguas. Los diccionarios definen el término ecolalia como una perturbación del lenguaje que consiste en repetir involuntariamente una palabra o frase que acaba de oír o pronunciar el mismo individuo. En términos más generales se lo aplica para describir el olvido de una lengua.
Nunca se sabrá si el lenguaje es una creación humana, una cualidad de la máquina llamada "cerebro", un producto de la sociedad, una pre-condición o garantía de la civilización, o quizás un resultado de la misma civilización. Lo más simple, tomando como referencia el episodio bíblico de la Torre de Babel, sería afirmar que se trata de un don divino, pero así no se resuelve el enigma. La opción de Heller-Roazen es la que puede escoger el intelectual: al no existir una respuesta definitiva, por lo menos está la opción de explorar el laberinto de la lengua a investigar, recoger datos y ejemplos, meditar acerca de sus características, y festejar su universo maravilloso.
EL ADN DE LAS LENGUAS. Munido de una impresionante gama de conocimientos y de una gran facilidad didáctica, Daniel Heller-Roazen guía a su lector como Virgilio a Dante. Posee estudios germánicos, conocimientos del canon textual del judaísmo, de la producción intelectual de la Edad Media europea, de la literatura y la tradición clásica del mundo del Islam, dominio tanto de la Lingüística Estructural como de la Lingüística Generativa, sumando a la lista los campos de la Crítica Literaria y de la Psicología.
Las preguntas acerca de la naturaleza de la lengua son el eje principal del libro, estructurado en capítulos cortos, que se pueden leer en forma independiente. Por ejemplo el episodio de la Torre de Babel, que se encuentra en el famoso ensayo de Dante De vulgari eloquentia. Si el estado original fue, supuestamente, de unidad de las lenguas, la separación de la humanidad en muchos pueblos tuvo como correlato la división de la lengua original en muchas lenguas. Si Dios fue la causa de esa división, el mismo acto de división es una expresión de la voluntad divina a través de la lengua. En tal caso, la lengua es también un vehículo de expresión de Dios, que reparte lenguas que solo Él sabe.
Pero si por otro lado se ve al universo de la lengua como una realidad regida por una suerte de "biología", es posible hablar de las lenguas como especies y establecer un paralelismo con las ideas de Darwin. En tal caso, la selección natural, la modificación arbitraria, y la supervivencia de los más fuertes explicarán muchos de los fenómenos históricos en la visión "macro" de la realidad lingüística. Otra posibilidad es pensar en la lengua como si se tratara de un ser vivo. Este enfoque nos llevaría a pensar en el olvido de la lengua como si fuera una amnesia, una suerte de Alzheimer, ya sea por algún trauma, por vejez, por casualidad, o por cambios en su entorno físico.
Siendo así, nada impide pensar en el nacimiento y en la muerte de una lengua. Ahora la metáfora biológica parece llegar a su límite. Cabe preguntarse, entonces, si las lenguas realmente "nacen". Y si nacen, quiénes son sus progenitores, y si mueren, quiénes son sus asesinos. Stalin (por cierto, un gran aficionado de la lingüística) diría, sonriendo bajo su tupido bigote negro, que si uno mata a todos los hablantes de una lengua, liquida la lengua. Pero Ecolalias muestra muchos casos en los que ya sin hablantes, una lengua deja su marca en otra, dando señales de vida, aunque sea a un nivel mínimo. A veces, una lengua no muere, pero desaparece de un contexto social, dejando una variedad de marcas. Es innegable el tono italiano (así como elementos de la mímica italiana) en el habla del Río de la Plata, como es imposible imaginar la lengua española sin las palabras que provienen del árabe. Está el caso, también, del "che" rioplatense. Los expertos siguen debatiendo si es un vestigio del italiano o del guaraní. De nuevo se puede pensar en términos biológicos: las generaciones anteriores de las lenguas dejan sus contribuciones al ADN de la lengua actual. Las lenguas, al encontrarse, intercambian su "ADN lingüístico".
METÁFORAS Y OLVIDOS. Daniel Heller-Roazen no adopta una metáfora absoluta. Sabe que las metáforas solo sirven para nutrir el discurso y ampliar el pensamiento acerca de su tema. Toma el caso del hebreo, lengua famosa tanto por su "muerte" después de la destrucción del templo en Jerusalén en el año 70 a.C. (muerte que ha quedado sin fecha exacta), como por su "resurrección" entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero no: ni muerte, ni resurrección. Se trata de una metáfora, sin duda útil para ciertas ideologías, pero inútil como descripción de las realidades relevantes. Heller-Roazen relata cómo ante el fenómeno del hebreo moderno hay quien piensa que ya ni siquiera se trata de hebreo, ni de ningún tipo de lengua semítica. Las taxonomías, ya se sabe, reflejan las mentes de los que las inventan más que definir "realidades".
A veces olvidar es más fructífero que recordar. El olvido presenta más posibilidades creativas en términos lingüísticos. Como ejemplos Heller-Roazen relata cuentos clásicos del árabe y del persa. También aplicado al hebreo es válido: 1800 o 2000 años (o más) de "olvido" han hecho que el hebreo se encuentre ante un mundo muy diferente que el de Alejandro Magno y César. Así, la lengua que "renace" ha podido tanto conservar vestigios de la antigüedad como inventar en poco tiempo miles de palabras para adaptarse a la realidad moderna.
A veces, también, el olvido es muy simple y directo. Las lenguas "olvidan" ciertos sonidos (los ejemplos en Ecolalias son del griego antiguo y del inglés antiguo). Basta que el lector de habla castellana piense en el sonido "z" como existe en inglés, que desapareció del castellano. Para muchos de nosotros, ciudadanos de un mundo de inmigrantes, el término "lengua materna" es casi una ficción. Heller-Roazen da el hermoso ejemplo de Elías Canetti, cuyas lenguas maternas, el búlgaro y el ladino (español de judíos sefaradíes) cedieron ante el alemán, pero su mente siempre conservó vestigios, o "secuencias de ADN" de sus dos lenguas maternas.
Ecolalias es un compendio delicioso, repleto de datos, de cuentos, de reflexiones, un baúl de maravillas del saber, y que también es accesible al lector general. Cada uno lo leerá con sus propios conocimientos lingüísticos, que lo llevarán a pensar que existen más cuentos relevantes, mejores ejemplos, excepciones a lo expuesto, etc. Por ejemplo: el japonés retiene los símbolos kanji del chino, habiendo perdido la memoria de cómo se pronunciaban en chino; el chino se escribe igual en todas partes, pero se lee diferente, según el dialecto local; Heller-Roazen habla del copto, última lengua descendiente del Egipto Antiguo, arrollada por el árabe. Y parece que las frases interrogativas en el dialecto árabe de Egipto adoptaron la sintaxis exacta de las frases interrogativas del copto. Como demasiados lingüistas, Heller-Roazen no se fija suficientemente en la sintaxis, que le podría proporcionar ejemplos espectaculares en muchas lenguas.
La edición en castellano de Ecolalias es hermosa y está muy bien realizada. Lo único que duele notar es que tanto los caracteres del hebreo como del árabe reproducidos en el libro de la editorial bonaerense padecen de muchos errores tipográfícos. Alguien trató de copiar las letras gráficamente, sin saber lo que hacía, y eso es una pena.
ECOLALIAS. SOBRE EL OLVIDO DE LAS LENGUAS, de Daniel Heller-Roazen, Katz Editores, Buenos Aires, 2009. Distribuye Gussi. 252 págs.