Cees Nooteboom
EN EL VUELO DE Oslo a Troms, dos universos: la tierra abajo bien lejos, el mapa en mi falda. Afuera, el sol se está ocultando. Las nubes de mi mapa fueron pintadas por Max Ernst, surreales, como nubes de algodón, escuadrones que pasan zumbando, fuego junto al gris, y la tierra abajo ya oscura, cada vez menos visible, un mero supuesto. Y a pesar de su carácter misterioso, no puede haber caos porque en el mapa hay caminos, pueblos, puertos, nombres. Las líneas verdes delgadas son fronteras provinciales; las más gruesas indican dónde comienza un país en esa inmensidad, y dónde termina el otro -Rusia, Finlandia, Noruega. Nosotros, un pequeño grupo de escritores, fuimos invitados por el gobierno noruego a pasar una semana en las regiones árticas. Nuestros anfitriones han bautizado la expedición "Ultima Thule", título metafórico utilizado por Nabokov y que probablemente inspiró su historia -que tiene muy poco que ver con la Spitsbergen real- por las mismas antiguas asociaciones que conmueven a cualquiera que siente el nombre por primera vez: Ultima, el fin de todo, la tierra más lejana en el fin del mundo, justo donde el verdadero infinito comienza. La nostalgia que provoca la frase es compartida por todos los viajeros del grupo. El nombre surge nítido en un relato del geógrafo y navegante griego Pytheas de Massalia, a pesar de que nunca estuvo, y en la famosa Carta Marina antigua de Olaus Magnus el trozo de tierra aparece pequeño, redondo y alienado de su forma real justo encima del dibujo de una ballena imaginaria sobre olas salvajes. No sabemos si nuestro viaje tiene algo que ver con las tensiones por los repentinos reclamos territoriales rusos en el Polo. De todas formas nadie menciona nada al respecto.
PELIGRO Y DESOLACIÓN. Nuestro primer destino, Spitsbergen, queda tan al norte que se cae del mapa, mientras el plano que tengo es tan grande y detallado que tengo problemas a la hora de ubicar los lugares que la semana que viene dejarán de ser un nombre y se convertirán en realidad -Troms, Hammerfest, Kirkenes, lugares alejados uno del otro por infinidad de tierras, bahías, fiordos, islas, lagos. Aquellos que son indiferentes al atractivo de los mapas y la ansiedad que provocan les resultará difícil imaginar mi excitación: miles de kilómetros cuadrados sin caminos, extensiones beige y verde pálido interrumpidos, una y otra vez, por el azul del mar o vías de navegación interna; nombres en finlandés o noruego identificando montañas y planicies, o ríos cuyos márgenes están despojados de villas o pueblos -lugares geográficos que nunca visitaré, la atracción de lo imposible. Gabmaskaide, Doaresjokrassa, Kipperfjordfjellet, una cantinela de lo verdaderamente inaccesible y aún así real, mapeado, medido, dibujado.
El diario que soy incapaz de leer muestra el pronóstico del tiempo con nubes de colores acuarelados y un sol detrás. Hacia el final de la semana las temperaturas durante el día serán de 2 a 5 grados Celsius en Troms, de 1 a 4 grados en Longyearbyen, la capital de Spitsbergen. Comenzamos a descender. Todo lo que queda del sol es un reflejo plateado, pero pronto desaparece también. Las nubes bajas crecen, convierten el horizonte en un gigantesco muro de moho grasoso hasta que lo atravesamos en medio de lluvias borrascosas. Y de pronto todas las islas en el mapa son reales, puedo ver las luces y cerros de Troms. Una hora más tarde estoy caminando por calles lluviosas, más allá del Domkirke, pintado de marrón amarillento, después de un café con chicas rusas, pasando la Catedral Ártica y su escarpada subida. La imagen que había visto en fotografías -casas de madera de colores vivos junto al agua de un azul acerado- ha sido borrada: de pronto me encuentro en un achatado pueblo provinciano del norte que huele a mar y a distancia. Desde aquí partiremos mañana a la mañana para Svalbard, nombre que utilizan los noruegos para denominar al archipiélago. Svalbard: Costa Fría. Antes de irnos, paso por una casa baja de madera pintada de rojo que está frente al mar, el Polarmuseet, una desoladora realidad reducida a escenas con personajes recreados que, si bien parecen un poco toscos, no obstante expresan algo de estas condiciones extremas: el maniquí de un solitario y rígido pescador remando entre hielos a la deriva; el esqueleto monumental de una morsa, con su inimaginable pene junto a él; en el frente de la casa la cabeza enorme de Amundsen con una nariz como un rompehielos, envuelto con un tocado dantesco; sentado contra las tablas de una falsa cabaña el maniquí de un marino despluma un ganso blanco, mientras su rifle y sus esquíes, unas despintadas tablas de maderas, están apoyados detrás de él. El Hermano Oso, terroríficamente grande, a su lado la Hermana Zorra, en actitud astuta, engañosa, casi con vida, animales expuestos como reliquias religiosas, la cabeza melancólica de una foca, fotografías de glaciares y refugios tapados por la nieve, balleneros y ventiscas -todo habla de peligro y desolación, humanos y animales en lucha contra los elementos y también entre ellos. La muerte es la protagonista. He leído suficientes historias sobre expediciones polares para saber el resto. Lobos árticos colgados de la pared; luego detrás de una vitrina veo su delicado cráneo sorprendentemente pequeño con una dentadura despiadada. En otro anaquel la horrible trampa con la que un oso polar puede dispararse a sí mismo. Yo sé lo cerca que estoy de este mundo, y al mismo tiempo no.
A la noche siguiente, en el hotel en Longyearbyen, se pondrá peor. Te sientas en una mesa con un vaso de vino y sabes que estás a nada más que mil kilómetros del Polo. Por unos pocos miles de dólares puedes ir en un viejo helicóptero ruso, y por un frívolo instante no serás capaz de reconciliar las historias anteriores con el lujo y la seguridad que te rodean. Willem Barents, la hibernación en Novaya Zemlya, Amundsen, Nansen, Scott, las historias sobre el escorbuto y la muerte por inanición, las tumbas solitarias dispersas por todo este archipiélago. (...) Un recordatorio débil de esto es la advertencia que te hacen de no ir solo a las colinas alrededor del pueblo, y menos desarmado, porque los osos que viven allí están a menudo hambrientos y, si hace falta, se alimentan con un humano. Si tú no llevas armas, deberás procurar que alguien vaya contigo.
LA TRAGEDIA DE BARENTS. Mi primer mirada a Spitsbergen es desde el aire, y vi lo que el holandés Barents vio: picos de montañas puntiagudas, spitse bergen. En el libro No Man`s Land, escrito por Sir Martin Conway (Cambridge, 1906; facsímil publicado en Oslo, 1995), leí sobre aquellos primeros días. El 18 de mayo de 1596, dos barcos partieron de la isla de Vlieland, Países Bajos, con Willem Barents y Jacob van Heemskerck en uno, y Jan Cornelisz Rijp en el otro. El 9 de junio se detuvieron en la llamada Bear Island según el libro. (...)
El 16 encontraron témpanos y procedieron al este. En 80°10` divisaron "tierras altas, totalmente cubiertas de nieve", la costa norte de Spitsbergen. Navegaron para atrás y para adelante por una semana, y tiraron ancla. La tierra, dijeron más tarde, era "quebradiza y consistía sólo de montañas y picos puntiagudos, razón por la cual le dimos el nombre de `Spitsbergen`". Como pensaban que estaban en Groenlandia, no sabían que habían descubierto una isla. (...) El resto es historia. Rijp y Barents siguieron caminos separados. Barents quedó atrapado por el hielo en Novaya Zemla, invernó en la penumbra de la estéril superficie helada sin sol, construyó una casa con madera a la deriva e intentó en la primavera alcanzar mar abierto -algo que intentaría muchos años más tarde la tripulación del Admiral Tegethoff- pero murió de escorbuto el 20 de junio. Luego de un viaje agotador por el hielo desierto, los demás alcanzaron agua despejada, donde descubrieron dos barcos rusos. Enseguida encontraron planta del escorbuto, que los curó en parte, y luego zarparon derecho a través del mar hasta la boca del río Petchora, a donde llegaron el 4 de agosto. Un mes más tarde, en Kola, en el Mar Blanco, por una increíble coincidencia se encontraron con el barco de Jan Cornelisz Rijp, a quien habían dejado hacía un año. Casi trescientos años más tarde el capitán Elling Carlsen de Hammerfest encontró las ruinas del refugio de Barents, de 16 metros de largo por 10 de ancho. Recogió todo tipo de objetos que estuvieron enterrados esos siglos bajo una capa protectora de hielo. Ahora se encuentran en el Rijksmuseum de Ámsterdam junto a 112 reliquias de otra expedición.
ENTORNO PODEROSO. Anochece en Longyearbyen. Estuve deambulando por el pequeño pueblo. "Pueblo" es quizá un término excesivo, "asentamiento" sería mejor. Aquí, también, hay un museo polar -arquitectura audaz, moderna. Todo lo que he venido leyendo se hace más dramático por culpa de las fotos y los objetos. Ahora quiero caminar por un rato junto al agua. Dejé el museo detrás, y mi cabeza de lego tiene mucho para meditar. A esta hora tan tarde el camino está desierto y desolado. A la distancia se puede entrever algún tipo de construcción. El agua a mi izquierda es un curso interior, y la tierra que la rodea del color del herrumbre. Las colinas distantes son grises, rocosas, con nieve en la cima. Este archipiélago, del cual Spitsbergen es la isla principal, es casi tan grande como Holanda y Bélgica juntas, y aún así la población total es menor a 2.700. Trato de compaginar todo con lo que leí: en el mesozoico, hace 250 millones de años, Svalbard estaba situada donde hoy se encuentra España -se deslizó hacia el norte sobre placas tectónicas a la deriva- pero si eso me golpea de forma extraña, hay más números y distancias para confundirme pues el archipiélago, que hoy es 60 por ciento hielo, en aquellos días estaba debajo del ecuador. Una y otra vez, el mundo ha sido revuelto, al parecer, y a veces revuelto de más. Las crestas de las montañas se han derretido, el frente de los acantilados se ha doblado sobre sí mismo, los tipos de roca se han mezclado con otras, y el magma líquido ha salido a la superficie convirtiéndose en granito -un largo y furioso cuento de hadas en el cual la roca se estiraba en cintas sin fin, los pantanos con toda su vegetación se convertían en capas de carbón y los dinosaurios aparecían y desaparecían, mientras que en la base del gran caldero, debajo del futuro hielo, los fósiles fueron preservados para contarnos sobre una vida temprana cuando la naturaleza todavía se manejaba sin nosotros.
Baja la niebla. Mi calle, vei 400, se dirige a Adventalen, pero no llega tan lejos. En el crepúsculo veo una luz lejana y decido caminar hasta ahí. Cuando me acerco, veo que es un trozo de tierra cercada con casillas de madera para perros huskies, esperando el invierno. Están encerrados, con la cabeza apoyada en la ventana sin vidrio de la casilla. No se interesan por mí, miran a través mío con sus ojos misteriosos, luminosos. Yo no existo porque no vengo a llevarlos a una travesía hacia el Polo Norte. Todo lo que la gente dice de los animales son siempre interpretaciones: incluso cuando digo que pienso que ellos son hermosos, es probable que sea un disparate. Aún así hay una indescriptible melancolía instalada en ese lugar, y también rechazo, como si yo tuviera que pertenecer a otra categoría para captar su atención, como si debieras de ser más afín al paisaje. Sólo soy un caminante que nunca ha probado el peligro, he sido juzgado y reprobado.
A la mañana siguiente tuve esa misma sensación (...). Los edificios públicos plantean un contraste vivaz con el poderoso entorno: colores alegres, líneas rectas, los barcos esperando absolutamente inmóviles en el agua metálica, casi sin gente, y todo esto contra un fondo de montañas truncas, decapitadas en el lado opuesto, pesados animales con sus costados cubiertos de nieve. Tanques de combustible, fábricas, autos… No sé si es por el silencio, pero cada edificio parece pintado por separado: imágenes concebidas por un pintor hiperrealista, que agregó silencio como una dimensión extra. Un barco de color rojo oscuro, un oleoducto, la torre alta de una fábrica con una única luz -si de pronto pasa un automóvil, es un evento.
Trato de imaginarme cómo será cuando llega el invierno y el sol desaparezca por cuatro meses. Longyearbyen es el único pueblo de cierto tamaño: tiene 1.800 habitantes. Al suroeste se encuentra la mina de carbón rusa Barentsburg, que es observada con cierta suspicacia desde los recientes ejercicios rusos alrededor del Polo, porque los rusos están anunciando que su masa territorial se extiende mucho más allá por debajo del hielo de lo que se consideró en el pasado, lo cual tiene implicancias importantes para la extracción de petróleo. Como resultado de un tratado concluido alrededor de 1920, Barentsburg se encuentra parcialmente fuera de la jurisdicción noruega. Cerca de 800 rusos todavía viven allí. Más hacia el norte se encuentra Ny lesund, con 40 almas. Cualquier otra cosa más al norte de esto es inaccesible y habitualmente fuera de los límites. No hay caminos que conecten las poblaciones en Spitsbergen. También hay una estación meteorológica en algún lugar pero, de todas formas, nadie más vive allí. Sólo durante el breve verano los yates navegan a lo largo de las inhóspitas costas de Nordaustlandet y Kvitya. En enero y en febrero, las temperaturas en Longyearbyen pueden caer por debajo de los 40 grados Celsius bajo cero, y en marzo todavía es más frío -¿cómo puedes vivir entonces? No es tan malo, es la respuesta, lo cual es seguido en forma provocativa por "y cuando termina el invierno, todos cambiamos de pareja". Es una larga noche, la noche polar, y ya les puedo decir que aquellos que no la han experimentado no tienen derecho a hablar. ¿Cómo será venir aquí en el invierno? Todavía hay un brillante amanecer a mediodía en noviembre, seguido de inmediato por el crepúsculo, y luego en forma gradual la oscuridad más profunda. ¿Caminar en la oscuridad hacia la moderna biblioteca a la luz de las estrellas o la luna (si está) justo encima del horizonte para poder leer al fin todo aquello que siempre quisiste? ¿Cómo puedes seguir cuando en realidad no necesitas estar aquí? ¿Qué es lo que uno hace todo ese tiempo? Te acostumbras, te dicen, hay libros, DVD`s y CD`s después de todo, la gente toma cursos para adultos en la universidad, hay todo tipo de clubes, y también tenemos nuestro trabajo, claro. No nos estamos muriendo de aburrimiento, a no ser que haya un problema con el avión de Troms que llega con los diarios todos los días. Y a veces tenemos las luces del norte…
PUEBLO FANTASMA. De mañana nos suben a un ómnibus apretados. Todos parecen disfrazados. El viaje en barco a Pyramiden llevará diez horas. Hemos sido advertidos del frío helado en mar abierto; recomendaron el uso de ropa interior térmica, también sombreros, lentes de sol por los reflejos cerca de los glaciares, y zapatos robustos porque parte del terreno que andaremos en la costa es complicado. No sabía qué esperar, aunque puedo decirles que por los rifles que vi apoyados en algún lugar, esta excursión no iba a ser de rutina. Pyramiden, si entendí correctamente, era una antigua mina rusa. Bajo los términos de los tratados internacionales que databan de comienzos del siglo XX, incluyendo uno concerniente a Barentsburg, la Unión Soviética tenía derecho a la explotación de Pyramiden, al igual que la mina en Barentsburg, todavía funcionando. La explotación continuó incluso luego del colapso de la Unión Soviética, hasta que de pronto un día en 1998 toda la población de Pyramiden tomó sus cosas y se fue, entregando el enorme complejo al invierno ártico. La Segunda Guerra Mundial convenció tanto a los alemanes como a los rusos de la importancia estratégica del carbón para sus flotas en esta parte del mundo, y los recientes reclamos rusos en la región muestran un persistente interés económico y militar. También puede haber petróleo, o gas, o Dios sabe qué debajo de todo ese hielo, y no deberían sorprender las discusiones que se están dando sobre la exacta ubicación de las fronteras marítimas, aunque nadie, excepto los noruegos por supuesto, tiene permitido pescar dentro de un límite de 370 kilómetros alrededor de toda la costa. Por lo tanto, sin importar qué, son aguas noruegas las que comenzamos a navegar en el MS Langysund.
Aparte del frío, lo que más recuerdo es el color gris, y el inmenso desamparo del paisaje. Ni rastro de presencia humana por ningún lado. Un barco ruso anclado en medio de la bahía, una pequeña choza de madera en una playa desierta llena de rocas -es todo lo que vemos por horas. Paisajes desamparados, ¿existe una cosa así? Probablemente no, pero ¿cómo puede uno sentirse de otra manera ante esas masas de roca gris erguidas con tristeza, castigadas por el clima en aguas también color ceniza? El barco sigue la costa, una vasta acumulación inaccesible de roca y piedra sin vegetación visible, tierra que por su apariencia jamás fue pisada por el hombre; desnudez, y a veces el color del herrumbre, u ocres amarronados con musgo; de pronto, más tarde, el peligroso reflejo proveniente del glaciar Nordenskiöld. El barco tratará de acercarse lo más posible, hasta que quedamos quietos en agua como ónix lustrado lleno de pequeños bloques brillantes de hielo. Los biólogos que están con nosotros están excitados con las aves que divisan: gaviotas tridáctilas, gaviotas marfil, alcas pequeños, pajaritos de la nieve y frailecitos. Se nos permite una mirada incómoda a través de sus binoculares, pero los pájaros son más rápidos que nuestros movimientos congelados; ellos viven ahí. Cerca de mediodía entramos en Billefjorden, una extensión del más ancho Isfjorden. Divisamos el puerto de Pyramiden, pegamos una vuelta grande y atracamos en una larga explanada de desembarco que tiene una suerte de puente ferroviario alto, de hierro, por el que los trenes corrían. Justo antes de que los rusos se fueran, intentaron volar todos los edificios junto al muelle, lo que fue impedido por el Sysselman, el gobernador noruego de Svalbard. Las montañas aquí son del color del cuero viejo, y la montaña que se yerge tres mil metros por encima de todo tiene forma de pirámide. De pronto algunos hombres que creíamos pasajeros lucen rifles cruzados en sus espaldas por si encontramos un oso polar. En pequeños grupos separados caminamos por el suelo pantanoso; cuando miro hacia atrás veo una nube baja que se desplaza hacia el lugar de desembarco donde se encuentra nuestra nave desierta. Estaremos sólo por una hora, y será una hora en un pasado muerto, una Pompeya comunista sin cadáveres.
Ningún volcán hizo erupción aquí, pero el efecto es el mismo: todo está como si de pronto hubiera venido la peste. Edificios, el centro de recreación, una enorme plaza abierta con la estatua de Lenin, la piscina -todo está vacío. Casi lo primero que veo es una pequeña estructura de madera con un cartel en caracteres cirílicos y, debajo de él, en el piso, los retratos de Marx y Lenin. Nadie se los llevó. Al margen de todo, no dejo de sentirme algo temeroso mientras voy vagando por las habitaciones -fotos familiares, planillas de trabajo, lámparas de mesa- y no dejo de preguntarme por qué me recuerda a Alemania del Este antes de la caída del Muro de Berlín. Incluso el olor. En algún lugar una furiosa pintura de un soldado soviético en actitud alerta sobre el cadáver de un soldado alemán, un tanque y un avión delineados contra un cielo azul acerado. Un diario amarillento, una puerta cerrada con clavos. De pronto pienso en el mono no aware japonés, que expresa la misma idea que el título del libro de Dimitri Verhulst: la tristeza de las cosas. Cuando veo a través de las ventanas mugrientas, veo el vasto complejo industrial de la mina, grúas oxidadas, galpones vacíos, oleoductos subiendo por la colina gris-amarronada, tanques de combustible ahora inservibles, camiones con volcadora ociosos, y todo esto en el marco de una naturaleza pronta para reclamar su territorio. "Bar", "Museo" está escrito en letras rojas en dos carteles colocados en una pared de ladrillos amarilla, pero ¿qué representa eso exactamente?
Cerca de 1.500 personas vivían en este sitio cerrado, a tantas horas de navegación del otro enclave habitado. Había incluso una oficina de correos (noruega); su cartel esta colgado junto a un mapa en inglés: "Granja", "Cantina", "Hospital", "Oficina", "Pista de aterrizaje". Lo que queda en los interiores ya es parte de un museo… la cantina desierta, sillas cubiertas con los escombros de la decadencia. Afuera se encuentra una escultura de madera de una pequeña torre coronada con una hoz y un martillo. Encima de esto hay unas llamas rojas y blancas estilizadas cuya silueta contrasta con la montaña de basura detrás como si hubiese sido cortada con una sierra caladora. También, al frente del edificio principal se cierne un cartel alto y redondo con el nombre de la compañía, Arktikugol. Muestra en su parte superior el dibujo de un casquete polar azulado con el número 79, el grado de latitud en el cual estamos, y encima dos martillos cruzados. Sobre el Polo, dibujado como un pequeño círculo, flota la estrella roja soviética. Todo el cuadro está coronado por un enorme oso polar. La estrella soviética no existe más, pero el sueño que simboliza la composición todavía existe -y en algún lugar debajo de esta masa desértica de hielo la nueva Rusia lo está reclamando. Mientras caminamos de vuelta entre nuestros guardianes armados, veo la cabeza de Lenin que mira por encima de los edificios vacíos de su abandonada colonia y fija su vista en los distantes icebergs. La pera prominente, una mirada perforante, todavía no me he ido y no la puedes olvidar. Quizá me llamaré Putin, o Medvedev, o Gazprom, o Rusia de nuevo, porque todo lo que ustedes pensaron que era hielo es en realidad tierra que se extiende lejos en el Océano Ártico, y es nuestra tierra, con todo lo que contiene.
GUERRA FRÍA. En los días siguientes viajamos a Hammerfest y Kirkenes, un viejo deseo. Siempre mirando a estos caminos interminables que recorren Noruega, nunca pensé que llegaría ahí de esta forma. Roma está más cerca de Oslo que Hammerfest, me dice alguien. Hammerfest, la problación más al norte del mundo: el día que llegamos está gris y aburrida, pero una llama parece iluminar toda la bahía. Esta es la capital del petróleo y el gas. Parte de la inmensa riqueza de Noruega se origina aquí mismo. Nos dan un curso rápido sobre cómo funciona todo. Vemos la columna de mármol que se colocó en 1854 para conmemorar la primera medición de la tierra. Luego, a través de un vidrio, podemos ver cómo hombres y mujeres de los cuatro rincones del planeta limpian el pescado para todo el mundo en una cinta transportadora ganando dinero para sostener a familias enteras en otros continentes.
El último pueblo que visitamos es Kirkenes, donde los nombres de las calles están indicados en noruego y ruso. Queda tan al este como Estambul, y tan lejos de Oslo como Oslo de Roma. Murmansk está cerca. Aquí se reparan barcos rusos. Oxidados y maltratados yacen amarrados en el puerto donde el viento helado prevalece. Más tarde, en la biblioteca, el entrelazamiento es más notable: la mitad de la colección de libros consiste en volúmenes rusos, y la bibliotecaria rusa se manda un discurso que es traducido al inglés por su colega noruega. Cuatrocientas mujeres viven en Kirkenes, y en el perpetuo invierno de meses se practica mucha lectura. Hay muy pocas calles -los norteamericanos llamarían a esto frontera, territorio límite, tierra de aventuras. El club de marinos, autos con matrículas rusas, y coronando todo esto el monumento que los noruegos construyeron dedicado a los soldados rusos que en 1944 ayudaron a liberar Noruega. Lo que no dice el monumento es que los rusos no se fueron así nomás, como visitantes recibidos calurosamente para tomar el té, sino que se quedaron un poquito demás. Aquí, como en Spitsbergen, la lucha fue feroz. Kirkenes fue atacada desde al aire más de trescientas veces, y cuando los alemanes se fueron, quemaron todo el pueblo y sólo quedó tierra arrasada.
De la colección de mapas que todavía guardo de este viaje, el del último día es el más hermoso. Está titulado "Grense Jakobselv". El mapa es casi todo azul, pero a través de ese azul corre una línea rosada con cruces, mar ruso de un lado, noruego del otro. Hay incluso un pequeño trozo de tierra en él, pero sin asentamientos poblados de ningún tipo, sólo colores en degradé indicando elevaciones y huecos, con cifras impresas donde están los cursos de agua interiores, cursos que de vez en cuando tienen nombre. Tierra blanca, tierra salvaje. Viajamos hasta allí desde Kirkenes por la ruta 886. Pasando Bjornstad la ruta ya no tiene más número. El río a nuestro costado es el límite. De nuestro lado, los puestos fronterizos son amarillos; los rusos al otro lado del agua son rojos y verdes. La línea exacta de la frontera corre por el canal más profundo del río. La tierra parece pantanosa. Arbustos bajos con frutos rojo-anaranjados, cebollines salvajes, hongos color amarillo, flores blancas y carmesí, y otras plantas verdes que parecen glasswort (Salicornia). Llegando a la costa los acantilados son gris pizarra, como desgastados, llenos de grietas y surcos, escritura del mar. La Guerra Fría es historia, pero no para aquellos que fueron testigos. Budapest 1956, Berlín 1953, Berlín 1989 -he estado muchas veces donde ambos sistemas se reunían, y aquí es casi lo mismo, a pesar de que aquellos días ya están lejos. A la derecha, en la desolación, puedo observar los cuarteles rusos donde los soldados de la patrulla fronteriza vivían, y un poco más lejos, arriba de los acantilados, las torres de vigilancia. A la izquierda, del lado noruego, los puestos de escucha de la OTAN, "que podían captar cualquier sonido".
Es probable que solo sea imaginación, pero a veces la amenaza de aquellos días todavía está en el aire. En el lugar donde el río se mete en el mar, uno mira los inocentes edificios y la frontera invisible, sinónimo de muerte para aquellos que intentaban escapar atravesándola. Cerca hay una advertencia, la vieja capilla del rey Oscar II construida en 1869, un edificio robusto hecho con roca gneis, una señal clara para los vecinos rusos indicando quién manda allí. Cuando nos acercamos, algunos autos se detienen para una boda Sami, mujeres en trajes tradicionales, hombres en traje oscuro, los verdaderos habitantes de estas regiones, que alguna vez vagaron por estas tierras sin tener que preocuparse por las fronteras, gente del lejano norte. Más tarde encuentro en mi cuaderno de notas el código de conducta del área fronteriza, que copié de un cartel cerca del mar. Aquellos que no son noruegos no pueden pescar en el río Pasvik, y sólo aquellas personas que han estado viviendo en Noruega por al menos un año y todavía lo hacen tienen permitido pescar en el río frente a nosotros, el Grense Jacob. La navegación sólo está permitida para barcos con matrícula emitida por la Comisión Fronteriza Noruega, y nunca de noche. Está prohibido cruzar la frontera, intentar hacer contacto con personas del otro lado o insultarlos. También está prohibido fotografiar material, personal o instalaciones militares rusas, o lanzar algo a través de la frontera. Cualquier intento de violar estar reglas será castigado como si se hubieran cometido realmente. La línea debe ser trazada en algún lugar, después de todo.
(Traducción: László Erdélyi)