por Eduardo Milán
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“¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?”, preguntaba Hölderlin. Creo que el peso de la frase no está en su densidad conceptual. Hemos asistido, casi impávidos, es decir, sin mucho que decir ni mucho que hacer al respecto, a formulaciones tan inquietantes como esa. O casi... En mi funciona. Soy adicto a la pregunta de Hölderlin. Y en momentos en que nadie me ve como en momentos a la vista de todos, saco esa sustancia sintagmática (frase sustancial, es decir) y la paseo como una mascota que no elegí sino que me regalaron. Ese tipo de gestualidad tenía un “pegue” en cierto momento histórico que no tiene más. Pienso, incluso, que a cierta gente le interesaría más que sacara del bolsillo una sustancia más blanca o blanca para compartir.
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Lo que me impacta es la capacidad de la pregunta de Hölderlin de estar siempre ahí, de no “perder vigencia” (esto es casi ridículo siempre como proposición, el “mantener vigencia”: uno ve por ahí la hormigueante tarea de algunos iconoclastas en proponer siempre que puedan la “vigencia del Manifiesto Comunista”, cosa que no niego pero que me parece un síntoma epocal incontestable: todo tiende a ser suplantado por algo que viene inmediatamente atrás, aunque sea un fantasma que recorre el mundo).
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Porque, ¿para qué poetas en tiempos de penuria? En 1800, en una de Las Grandes Elegías, Hölderlin tenía una iluminación. Las iluminaciones —lo dejará ver el maestro iluminado Rimbaud 71 años más adelante— no se formulan como preguntas sino como afirmaciones. Una iluminación no es una contribución a un debate. Es una irrupción en una cadena diacrónica regular, normativa, casi aburrida de tan reiterada. Y en el caso de la poesía sorprende siempre que alguien reitere: ¿y para qué poetas en tiempos de penuria? Poco importa que Hölderlin considerara al poeta como el visor de tiempos epifánicos, un conductor de espíritus a mejores instancias de vida. O el acompañante de un ser humano normal en el mundo de la alegría. Lo que importa es darle al poeta esa categoría que le daba el romántico alemán, una categoría perdida en esta época donde un poeta ni siquiera queda claro para qué está más que para escribir poemas.
(foto Leonardo Maine/Archivo El País)
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