Trampas y redes francoafricanas

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Gloria Salbarrey

J.M.G. Le Clézio empieza por casa, o sea con una ficción inspirada en la familia de su esposa, una tribu nómada norafricana. Entre las dos etapas históricas del Sahara Occidental (SO), contadas en la novela Desierto (1980, reeditada en 2010 por Tusquets) media un tiempo indefinido: la batalla de Saguier el-Hamra entre las tribus africanas y los franceses fue en 1909-1912; la adolescencia de Lalla, nieta o biznieta de los combatientes, convertida en paria, desplazada y refugiada, transcurrió en lugar y fecha desconocidos, poco antes de los `80, cuando Francia y España -ya fuera de la zona- recibían los emigrantes, igual que Argelia.

Después el novelista insistió en la trama, el escenario y el tema, e incorporó al fin la experiencia inversa del europeo que llega al otro continente.

Si no fuera por la obsesión de recomponer identidades fracturadas que a lo largo de los libros se fue ajustando algo a las nuevas sensibilidades y gustos literarios, Desierto sólo tendría vigencia como antecedente lejano de algunos conflictos políticos endémicos. Hace poco la autodeterminación del SO redobló su visibilidad a raíz de la huelga de hambre de Aminuti Haidar, la Ghandi saharahui, y del muro de arena construido por Marruecos para separar las tierras que ha ocupado. Los gitanos expulsados de Francia, los emigrantes y los refugiados, las diferencias culturales y religiosas, comprendidas en el polémico choque civilizatorio, reclaman la atención cada vez más seguido.

Aparte de las estéticas perimidas, el paso de los años enseña que los libros son una parte ínfima en las redes humanitarias, si el novelista no esgrime un estilo propio, cautivante en sí mismo.

Antepasados remotos. El deber de hablar en nombre de los vencidos denunciando, si cabe, las culpas de los compatriotas aún tiene adeptos entusiastas pero ya no es suficiente. En la intención de ponerse en el lugar del otro, suelen verse las trampas del escritor, aunque sean involuntarias.

Las críticas exageradas llevarían a la parálisis creativa, obligando al creador a tratar sólo de su ombligo propio. Sin embargo este tipo de análisis coincide en parte con la caída en desuso de las denuncias panfletarias.

A partir de datos históricos y antropológicos indiscutibles, la gesta de Ma el-Ainam (Ojos de Agua) y sus legendarios guerreros azules recibe acá una idealización trágica que deja pasar de contrabando la visión occidental eurocentrista.

Junto a los pozos de agua salobre y los muros derruidos de la ciudad santa de Smara, el desfile de tribus desarmadas y empobrecidas por la invasión extranjera, la asamblea, los cánticos religiosos y la danza responden a las costumbres y a las necesidades dramáticas del relato.

Con los ejemplos de pureza, santidad y veneración, el retrato del majestuoso cheij (el viejo, jefe o maestro de una tribu o una cofradía musulmana), los milagros y el misticismo popular que se remonta a los santos de Marruecos y a los compañeros de Mahoma, contradicen la fama de fanático religioso que le han hecho los franceses.

La narración pomposa y grandiosa culmina con preguntas retóricas que denuncian a los bancos y las empresas europeas, reiterando la ironía trágica: el anciano sabio ignora contra quiénes está luchando.

Por causa del plan literario, el lector no llega a conocer la dimensión intelectual de Ma el-Aniam viajero, estudiante, peregrino en la Meca, amigo del sultán marroquí, autor de innumerables obras y fundador de Smara, centro religioso y cultural, con una fabulosa biblioteca de poetas, sabios y artesanos. El progreso iba a destruir el equilibrio natural y el esplendor de la segunda edad de oro desarrollada por los saharauis en el siglo XIX.

Precursor del ambientalismo. El planteo anterior haría las delicias de los ecologistas pero las novelas de la naturaleza ya no están de moda, en especial, si alternan el estilo altisonante con la técnica simple y rudimentaria deudora del naïf. En el relato épico primitivo, el escenario monumental, con sus contrastes y repeticiones dramáticas, evoca las estampas bíblicas y el territorio imaginario de los aventureros extranjeros que pone a prueba las flaquezas y las fuerzas humanas.

Más detallado y vivaz, el éxtasis de la niña moderna en el desierto es fiel al tópico romántico y panteísta del buen salvaje. Al novelista le faltó un lenguaje nuevo para representar el mundo inédito que evocaba su infancia en la selva nigeriana o la relación que tuvo con los indígenas de Panamá mientras cumplía el servicio militar en un destino insólito.

Una mujer africana en Francia. En la actualidad la imagen de una niña en medio de un asentamiento, el mar y el desierto, hecha por un letrado, es fácil de criticar.

Le Clézio le adjudica sensaciones físicas pacatas y sublimadas; la salva de contrariedades y la deja vivir a su gusto en un presente perpetuo, libre y despreocupada, rechazando por igual el trabajo en un taller de costura y el matrimonio arreglado con un candidato rico, por lo cual huye a Marsella donde tiene la suerte de ser descubierta por un fotógrafo.

Recorriendo las calles como el flâneur, que Walter Benjamín veía en Charles Baudelaire, la muchacha se hace amiga de un gitano ladrón de coches, junto al cual añora la visión de Al-Azraq (el hombre azul). Lalla le había exigido a su tía la historia de sus raíces y de las jetifas en las cuales el santón Ma el-Amian veneraba la sangre de su maestro.

Igual que otros melodramas, la personalidad firme y determinada de la chica muestra las nuevas estrategias de las mujeres en las sociedades conservadoras. La intimidad de los baños públicos, las santerías y las fiestas reflejan la situación social de las mujeres del Magreb, que sostienen la familia, las tradiciones y las formas populares del Islam, practicando ritos de la salud, la fertilidad y los alimentos, aprendidos fuera de la mezquita que está desde siempre reservada a los hombres.

El parto solitario y salvaje debajo de la higuera ritual, donde había amado a un pastor negro y mudo, recuerda a la Sinforosa de Ismael de Acevedo Díaz pero integra el regreso y el desenlace feliz, que es prueba del optimismo vital.

J.M.G. le Clézio es francés, sobre todo, porque la lengua en la que se piensa y escribe es la patria de las familias errantes. Durante la guerra mundial pasó la niñez en Francia, adonde la madre había vuelto para dar a luz. A los trece años, luego de un viaje al protectorado francés de Marruecos, escribió un relato de aventuras sobre un cheij que llegaba del desierto a luchar contra los extranjeros. Desierto, premio Paul Morand 1980, dio forma definitiva a esa historia. En los `90 el recorrido por la cuenca de Saguier el-Hamra en pos de los ancestros de su esposa Jemia, culminó con el libro de viaje Gens des nuages firmado por la pareja. En El pez dorado (1997, reeditado por Maxi Tusquets, 2009) el melodrama de la niña marroquí secuestrada, esclavizada, violada y refugiada, contado en primera persona, sin épica y sin trascendencia paisajista, multiplica la trama catastrófica y triunfal de Desierto. A su vez, El africano (Adriana Hidalgo 2007) que rememora el reencuentro del padre, nacido en Islas Mauricio y médico al servicio de Inglaterra en Nigeria, y el niño de ocho años, es un libro especial en la nutrida y premiada trayectoria (obtuvo el Nobel en 2008) de este trotamundos insaciable.

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