Terror y pesimismo existencial

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Elvio E. Gandolfo

EL TÍTULO ES engañoso: La fábrica de pesadillas parece anunciar el menú convencional del terror más o menos contemporáneo. Pero los 25 relatos de este nuevo autor esconden en sus páginas un perfil de autenticidad y originalidad tajante, una presencia de peso. Desde los cuentos de los Libros de sangre del inglés Clive Barker no se veía un sacudón semejante a las aguas paradójicamente mansas y repetitivas del género. Disimulado en la serie un poco despareja de la colección de la Factoría de ideas, Ligotti renueva y continúa una tradición que tuvo sus mejores nombres en Arthur Machen, Algernoon Blackwood, o el propio H. P. Lovecraft.

LA BIBLIOTECA Y LAS IDEAS. Ligotti ha declarado en algún extenso reportaje su gusto por otros autores poco comunes: Thomas Bernhard, Cioran, Borges, Burroughs, Baudelaire, Kafka, Bruno Schulz. Afectado desde la adolescencia por una dolencia crónica de ansiedad, pánico y anedonia (falta de deseo), medicado para superar la depresión, lateral y complejo, no fue fácil su lenta inserción en el género, primero en revistas, después en recopilaciones.

En la mayoría de sus relatos el fondo que suele ocultarse tras los telones de la realidad es duro, amenazador, implacable. Su convicción personal y filosófica sobre el asunto es una amalgama de su propio estado psicológico con las lecturas ya mencionadas, o la de Schopenhauer y Krishnamurti. Aunque tiene escrito una especie de manifiesto personal, "La conspiración contra la raza humana" ("estilo Unabomber", reconoce él mismo) el modo en que escribe sus relatos es trabajado y literariamente sólido. Incluso dejó de lado juegos de palabras que solía emplear en la época de influencia de Nabokov, para que se traslade con más nitidez su visión del mundo, y no se vea complicada ni siquiera cuando es traducida a otros idiomas. El tono desfasado y curioso recuerda por momentos a un autor inglés, aun menos conocido que él, pero también seguido por un grupo fiel de lectores: Robert Aickman, de quien en español por ahora solo pueden rastrearse cuentos aislados en algunas antologías.

A menudo el ambiente es el de grupos creadores de vanguardia, bohemios o subterráneos, contado en una mezcla de rechazo y fascinación, que contribuye a potenciar el tema del relato (en "El bungalow", por ejemplo).

LAS HISTORIAS. Aquí reúne los mejores relatos de sus primeros tres libros. La reacción inicial de rechazo la provocaba en parte su apartamiento de los recursos más fáciles (la explosión sanguinolenta, el efecto "shoking"), para concentrarse en el estilo, el ritmo de las imágenes y las palabras.

Lector primero de Conan Doyle y Machen, cuando dio con Poe y Lovecraft encontró eso que lo ha convertido a su vez en autor de culto para otros: voces que parecían comprender exactamente lo que él experimentaba, una visión melancólica y negra del mundo, que se planta, insidiosa o explosiva, en el ánimo del lector.

El primer cuento, "El retozo", une a un psicólogo de cárcel, una charla nocturna con su mujer, un "killer" de niños, y la irrupción del terror salvaje, indominable, con un manejo magistral del espacio y la tensión.

Algo semejante ocurre en otros de los cuentos más extensos, como "El último festejo de Arlequín" (dedicado a Lovecraft y con elementos de Poe), "La Medusa" (progresivo acercamiento a un centro de horror), "El Tsalal" (con la imagen del pueblo entregado al Mal) o el extraordinario relato "Las ferias de gasolinera", un blues melancólico sobre sitios ruinosos y deprimentes de la cultura americana de carretera.

Ligotti usa estructuras sutiles, cambios de frente, narradores cruzados. El tono de su lenguaje es tan aplomado y sugerente que resiste incluso las traducciones desparejas, y una carga considerable de erratas. El último relato, "La torre roja", que obtuvo varios premios, tiene una inventiva simbólica y visual dignas de Kafka y Philip K. Dick.

En sus lecturas Ligotti ha declarado preferir los autores que de algún modo transmiten su mundo personal. En ese sentido -ha declarado- elige a Lovecraft antes que a Shakespeare, porque comunica una inquietud, una angustia y un mundo que son el núcleo individual de quien escribe, en vez de las variadas historias del mundo.

En "Los consuelos del terror", introducción sobre los motivos del género, se niega a las explicaciones sociologistas, o psicologistas. Para él, el terror ocurre "porque sí, no hay más. Por comprobar cuántas rarezas, pesares, desolaciones y ansiedades cósmicas puede soportar el corazón humano, y dejar corazón suficiente para traducir estas agonías en formas artísticas. (...) Como en cualquier relación satisfactoria, el creador del horror y su consumidor se acercan a la unidad".

Ese acercamiento ocurre una y otra vez en este libro, tanto en los textos breves, poéticos y experimentales, como en sus grandes sinfonías de horror y pesimismo existencial.

LA FÁBRICA DE PESADILLAS, de Thomas Ligotti. La factoría de ideas, 2006, Barcelona, 318 págs. Distribuye Océano.

Lugares y personajes

"EN LO que a mí respecta, sigo en marcha con numerosos seudónimos, ¿pero cree que soy capaz de recordar quién fui en realidad? Un hombre de teatro, eso parece plausible. Posiblemente fuera el padre de Fausto o de Hamlet. O simplemente Peter Pan".

(en "Teatro grottesco")

"Luego alcé la vista hacia el cielo y vi que no estaba nublado y que la luna llena brillaba en el oscuro estanque del espacio. Relucía brillante y borrosa, como si estuviera cubierta por un moho luminoso que flotara como una lámpara en las grandes alcantarillas de la noche".

(en "La escuela nocturna")

"Nos había alcanzado una temporada de horrorosa magia de la que nada nos podía liberar. Cada vez con más frecuencia me encontraba volviendo a aquellos recuerdos de las ferias de gasolinera para buscar una respuesta en el atardecer de alguna remota zona rural donde unos tiovivos y unas norias en miniatura estaban estropeados en un paisaje desierto".

(en "Las ferias de gasolinera")

"Quería creer que aquel artista se había librado de los sueños y los demonios de toda sensiblería para explorar los placeres repugnantes y horribles de un universo donde todo se había reducido a tres crudos principios: primero, que no hay un sitio donde puedas ir; segundo, que no hay nada que puedas hacer; y tercero, que no hay nadie a quien puedas conocer. Por supuesto, sabía que esta perspectiva era una ilusión como cualquier otra, pero también era algo que me había sustentado durante mucho tiempo y muy bien, así como cualquier otra ilusión y tal vez durante más tiempo y mejor".

(en "El bungalow")

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