"Soy como Dalí, yo"

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FERNANDO GARCÍA (desde Buenos Aires)

SI SE INTERRUMPIERA a un transeúnte en la hora pico de la peatonal Florida para preguntarle cuál es su idea del artista argentino, contestaría: "La Minujin". Dos años atrás, frente a su casa del barrio de Montserrat (a pocas cuadras del Congreso) un cartonero observaba atento la conversación entre la mujer de eternos lentes Rayban, pelo beatle cuasi albino, y mameluco de operario extraterrestre, con su interlocutor, un periodista. El cartonero esperó que el periodista la despidiera y lo interpeló.

-¿Ésa era la Minujin, no?

-Sí.

-Es una fenómena, voy a ver si me compra algo. ¿Le toco el timbre ahí?

-Sí, suerte.

La distancia entre ese señor que recapitaliza la basura de Buenos Aires (propiedad privada del que tira, según Mauricio Macri) y el así llamado "mundo del arte" es tan abismal que podría creerse que él conoció a "La Minujin" en otra vida. Por ejemplo, como empleado y operario de la clase media baja en ascenso de los años 60, esa que consumía como "frivolidad" los experimentos vanguardistas del Instituto Di Tella, cuya estrella más dorada era una veinteañera audaz, "La Minujin".

Pero para Marta Minujin la clave fue la televisión. Ahí "La Minujin" saltó el charco. Aunque se la haya condenado una y otra vez por apolítica y, cómo no, mediática.

Marta da sus entrevistas en su casa-taller de fines del siglo XIX. El edificio neoclásico mutó de "casa de ropa de trabajo" (Casa Minujin: la nieta-artista conserva el cartel) a la minucueva de ambientes enormes, pasajes insospechados y un patio a cielo abierto donde "duerme" un viejo Citroën 3CV. Tras encontrarlo abandonado en la calle, la artista lo cortó al medio para que pasase por la puerta de la casa, y después lo cubrió de venecitas (pequeños azulejos de colores).

Ella se sube al Citroën, con dificultad; y saluda como la reina del pop, agitando su mano con gracia en el carruaje corroído. Igual que ha hecho con otros periodistas, me pasea durante los primeros quince o veinte minutos por sus proyectos flamantes buscando la anuencia, el juicio valorativo o, seguramente, el elogio.

-¿Te gusta?- pregunta con esa voz como anginosa y desaforada, esa voz de Buenos Aires, una voz "mediática", una voz con el ritmo de Moria Casán y el timbre de Charly García. Ella misma contesta:

-Sé- . Así se responde, sé, sobreponiéndose al juicio del otro, caminando a toda velocidad, bajando un mega de información a chorros sobre sus ideas, reelaborándolas, comparándose, el yoísmo, la autoadoración, "Soy como Dalí, yo", y todo en un relámpago hasta que concluye:

-¿No es brutal?

AGUJERO ANTI-POP. José Luis es un hombre paciente. Lleva 28 años trabajando con Marta en el taller. Nunca se fue, ni siquiera cuando en 2003 un juez acorraló a la Minujin por tenencia de cocaína. Eso, según ella, la alejó un poco de la exposición pública sobre la que aprendió a cabalgar de muy joven, cuando la fama de sus happenings trascendió la agenda de las noticias culturales porteñas y la puso, por ejemplo, bajo la lupa de la influyente ensayista Lucy Lippard.

Volviendo a la minucueva, cronista y fotógrafa siguen al noble, paciente y atribulado José Luis, que conduce desde el taller hacia afuera y, luego, a una puerta melliza y más adentro por una larga escalera caracol de mármol.

Este no es el taller de Marta Minujin sino su absoluto opuesto. Una especie de fuerza negra en la que su figura, su persona-personaje se avizora casi como una defensa, un camouflage, un yelmo. Como el de la armadura medieval que monta guardia al pie de la escalera y transmite un ligero escalofrío.

A la vuelta esperan más sorpresas. Venados, ciervos y jabalíes embalsamados cuelgan de la pared exacerbando el abandono gótico del lugar. Si existe un agujero anti-pop en el universo es este entrepiso lúgubre.

Pero aquí, 65 años atrás, nació Marta, y esos animales de mirada cristalizada están ahí para evocar la memoria de un hermano que fue cazador y que murió de leucemia.

-No, de ahí nada, no quiero hablar nada de eso, es todo pasado, el pasado me cansa-, dirá Marta, como tantas otras veces cuando se la quiere poner de frente al espejo retrovisor. Coleccionistas que frecuentan esta casa-taller suelen filtrar historias de este lado. Pero ella no. Parte de lo que hay detrás de esos Rayban está escrito en las paredes de esta construcción gemela, donde verla deambular ceñida en su mameluco blanco a rayas, con esos lentes que le dan el contorno de una Victoria Ocampo heavy metal, es asistir a un pequeño relámpago surrealista.

Del otro lado, en la nave principal del taller, Marta pone a punto una serie de obras que trabajan sobre la idea del espejo. Cuadros reversibles en vidrio que soportan figuraciones confeccionadas -con una mezcla extrema de ansiedad y paciencia- en venecitas que arman la ilusión de un enorme ojo.

El ojo de Dios que espía y que se apresta a abrir un boquete en esta persona-obra-personaje.

POLLOS EN MONTEVIDEO. Rodeada de sus esculturas, apropiaciones del arte clásico griego que define como "pensamientos, conceptos", y de una inmensa foto junto a Andy Warhol, una instantánea del legendario pago de la deuda externa argentina con choclos (1984), Marta va y viene frenética en un camino de, como mucho, un metro, con las manos moviéndose en el bolsillo de su mameluco. Esa es la forma física -la acción, el movimiento- que elige para repasar su happening "Sucesos plásticos", cuarenta años atrás, en el estadio Luis Tróccoli del Cerro de Montevideo (26 de julio de 1965).

Hablaba de que nunca pensó en lo que hacía, que si pensaba nunca hubiera hecho las cosas que hizo. Su tutor teórico, Romero Brest, decía que Marta no producía obras sino hechos y que estos hechos eran manifestaciones inconscientes. Ella dice:

-Lo que pasa es que a mí me gusta vivir sin pensar, yo quisiera no pensar pero el cerebro piensa solo. Y ese happening del Uruguay fue hecho sin pensar, si no, nunca lo hubiese hecho: cómo voy a tirar pollos y harina desde un helicóptero si lo pienso.

-¡Pero pensaste un concepto, una idea!

-Pero no pensé en lo que hacía, no lo pensé. Ése es el disparate del arte, el arte disparatado. En un mal sentido es como quien maneja a muy alta velocidad en un túnel, si lo pensás no lo hacés. La creación no hay que pensarla: no la podés pensar. Capaz que un escritor puede, yo no.

-Pero el happening es justamente un plan, una estrategia ¿O no?

-No, no, son planes que se desencadenan. En Montevideo yo agarré veinte dólares y les pedí a las mujeres que durante ocho minutos, mientras sonaba la misa de Bach, rodaran por el piso ida y vuelta sin pensar en lo que hacían. Los veinte dólares era porque se pagaba como un trabajo. Simultáneamente ordeno a los patovicas: `levanten las mujeres y pónganlas en tierra`. A los motociclistas: `rueden sin parar`. Y simultáneamente me subo al helicóptero y tiro pollos vivos, harina y lechugas a la gente. Y después, a los ocho minutos los patovicas y las gordas que había contratado empujan toda la gente afuera. Hubo gente que esperó dos horas para ver esos "Sucesos plásticos" y en ocho minutos les pasó de todo. Les tiraron pollos, lechugas y harina y los echaron del estadio. Fue maravilloso… si se hubiese filmado… pero se perdió todo. Yo venía influenciada por la película 8 y 1/2 de Fellini. Por eso las gordas, las gallinas.

-¿Y qué crees que le pasaba a la gente con eso?

-Que no tenían tiempo de pensar. Era la fascinación del absurdo de las imágenes. Un estadio de fútbol, misa de Bach, pollos vivos, yo bajaba bien cerca con el helicóptero, no se murió ningún pollo, la gente se los llevaba, se llevaron las lechugas, todo. Ese fue el último happening de ese estilo que hice.

LOS COLCHONES. Antes Minujin había ganado el premio Di Tella con la obra "Revuélquese y viva" en la que dispuso el colchón como soporte artístico. El colchón no es cualquier cosa: es el lugar donde soñamos, dormimos, hacemos el amor. Veinte años después, el mismo soporte consagraría a Guillermo Kuitca como un artista en la intersección de la muerte de la pintura y la supervivencia del arte conceptual y viceversa. Será una manía argentina nomás, acaso tenga que ver con esa pasión nacional por el psicoanálisis.

La cosa es que Marta volvió a los colchones hace algunos años, después de haber congelado esa experiencia hacia 1965. Ahora mismo, por ejemplo, trabaja en el taller una variedad de colchón con luz neón que hace pensar en un artefacto inaudito: la cama eléctrica. ¿O es otra forma del autorretrato? La hiperkinética que no es capaz de desenchufarse nunca, jamás, ni siquiera cuando la noche impone la costumbre de dormir.

Marta ha subido una escalera exterior y absurda del patio que conduce a una suerte de altillo. Desde abajo se la puede ver casi pegada al vidrio, sola, otra vez un poco Victoria Ocampo, otro poco Andy Warhol. Y aunque ría tras los Rayban, parece atrapada en su propio cielo. La imagen completa es una metáfora de la angustia.

EL FUEGO QUE CONSUME. Marta le pidió a José Luis que preparase dos capuchinos bien calientes. Luego se echó en el trono destapizado de su oficina casi congelada, y se quitó los lentes.

Son raros los ojos de Marta. Muy azules y puros, pacíficos, casi el negativo de esa imagen acelerada que sus lentes contribuyen a irradiar.

Marta, que es la reina pop, que inventó prácticamente el arte participativo (Lucy Lippard reconoció su laberinto "La Menesunda" como innovación mundial en su canónico Art from the sixties), que es explosiva y alegre, se larga a hablar sola.

-Antes que nada tenés que saber que ser artista es una cosa muy angustiante-. Se la escucha, entonces, como agobiada, apoltronada en su trono destapizado, sin los Rayban, los ojos cansados pero al azul vivo.

-Siempre, siempre, siempre, toda la vida. Salvo cuando estás en la vorágine del momento del taller en la obra, salvo ahí, pero si no, ser artista es espantoso, un fuego que te consume, te juro.

-¿La angustia es por el miedo a tocar el límite de la creación, que no se te ocurra nunca más nada?

-¡Noooooo! Angustia natural, existencial. El artista siente eso: Ah, ah, ah (reproduce una sensación de ahogo límite). Es siempre así, espantoso.

-Qué curioso escucharte decir eso a vos que siempre has transmitido lo festivo del arte.

-Alegre y festivo, sí. Pero como que cuando tengo el deber de hacerlo ahí viene la angustia.

-¿Cuándo empezaste a sentir esa angustia?

-Desde los trece años, un infierno. Aparte, me quise suicidar tres veces. Y cuando estaba con Alberto Greco (artista que lanzó el informalismo en Buenos Aires y se mató en Barcelona a los 35 años), se potenciaba, porque él sentía la misma angustia que yo. ¿Por qué te crees que Kierkegaard escribió El concepto de la Angustia?- pregunta Marta.

La primera obra realizada por Marta Minujin en la escuela Belgrano es una escultura abigarrada, de líneas cubistas, una obra demasiado grande para una chica de trece años. Una cara que se envuelve entre manos y se protege aparentemente de todo: de la vida misma. Se llama "La Angustia".

-"La Angustia", sé.

-¿Cuándo quisiste suicidarte?

-Cuando tenía 16 años. Sí. Después dije: me mato a los 30, pero no lo hice, después prometí hacerlo a los 40 y ya pasó: ahora no me mato más. Porque entendí, al final, que no tenía derecho a sacarme lo que no sabía quien me lo había dado. ¿Entendés? Por un concepto así preferí seguir.

LA TRANSFORMACIÓN. Marta casi se muere hace más de veinte años mientras intentaba esculpirse a sí misma. Lo está contando ahora parada al lado de una criatura de yeso pintada con acrílico que replica su persona-obra-personaje. Es una barbie gigante y monstruosa que cualquiera reconocería inmediatamente como "La Minujin".

Pronto vendrán a llevarse esta escultura-objeto a la feria ArteBa para que una galerista de Miami la ofrezca a 30 mil dólares de base. Ese es el precio de haber puesto el cuerpo en una marmita de yeso en la que la artista hiperkinética casi deviene momia paralizada, reflejo asfixiado en su forma original. Se llama, por supuesto, "Autorretrato", y tiene hojas dentadas de sierra incrustadas como espinas en sus omóplatos y hombros.

-¿Por qué te cortaste así?

-Soy yo, sé, vivo cortándome-, dice Marta, y sus dedos tamborilean huidizos sobre su momia pop.

Parte de su encanto como artista es, justamente hacer que esa momia sea inescindible de su figura. Un flequillo blanco, un par de anteojos Rayban y una sonrisa marciana dan exactamente Minujin. Como si fuera la fórmula de un color inaudito.

Así fue posible que en 2003, cuando le iniciaron la causa por tenencia de cocaína, las paredes de Buenos Aires se brotaran de un stencil minimalista que mostraba la leyenda "Free Marta" bajo su reconocible isotipo, que es el contorno mismo de su cara: flequillo beatle cuasi albino, Rayban, sonrisa marciana.

En el libro Marta Minujin por Romero Brest editado por Edgardo Giménez está documentada la transformación. Hubo una Marta Minujin antes de "La Minujin". Era una chica de aspecto menos impactante pero que acaso guardaba en su mirada el mismo grado de desafío. Esa Marta fue devorada por el isotipo. Si no hay flequillo blanco ni Rayban ni nada de eso, no hay Minujin. Dice:

-Mi persona está extendida en lo que hago aunque la gente crea que yo soy la obra de arte. No es así: no soy la obra de arte, soy lo que hago. Aparte, soy.

-Pero esa percepción no es inocente, vos la creaste, cómo, cuándo, por qué.

-Bueno, la verdad es que yo era hippie y dejé de ser hippie. Tenía mucho éxito en New York, me fui a Woodstock, me hice hippie y volví. Cuando estuve de vuelta en Argentina quise pasar por straight, ser normal. Entonces aparecieron los anteojos permanentes y el traje negro. Quise pasar al mundo de lo inadvertido. Pero soy extravagante de por sí. Siempre llamé la atención, ya desde chica, porque me vestía toda de negro, acá o en París, en cualquier lado que fuese. Pero no lo hice a propósito, se hizo solo.

-¡Pero el pelo tuyo no era así!

-No, era castaño claro. Y me lo empecé a teñir de blanco, no es normal. Fue como una transición mía del hippismo al punk. Yo estaba en Nueva York cuando pasó eso: me impactó el look. Lo que pasa es que el artista va tomando lo que más le interesa como mensaje creativo. El punk surge como algo underground después del flower power. Yo dejé rápidamente la cosa psicodélica y adapté esa violencia creativa del punk.

SEÑORA Y PICO. Marta Minujin tiene 65 años, dos hijos, tres nietas y el mismo marido desde que cumplió 16 años y se fugó de su casa para casarse en París. Dice que los ambientes formales la asfixian (se la ve en todos lados pero poco, huye como la Batichica) y orbitó en torno al peligroso circo neoyorquino de Warhol. No es lo que se dice una señora de familia y, sin embargo, también es eso. Ella dice:

-El artista está fuera de todo lo que tenga arraigue con leyes sociales. El artista está fuera de la ley.

-¿Y tu familia?

Se toma unos segundos, la primera vez en dos sesiones de charla.

-Sí. Yo tengo lo mío también, porque soy varias personas en una. Estoy casada con una persona totalmente diferente. Es un cable a tierra que necesito. Si no, a esta altura estaría muerta. Es un tema muy escabroso la familia, pero existe: la ley de la sangre existe. (Bosteza) Es agotador esto.

-¿Qué?

-Hablar de sí mismo.

-¿Pero acaso no es lo que has hecho toda tu vida?

La Minujin no contesta.

EN LOS ANGELES. Marta celebra como un éxito que la hayan incluido en "Wack!", una antología del avant garde femenino que montó el Museo de Arte Moderno de Los Angeles. Los curadores buscan dar cuenta de cómo la influencia de la mujer fue decisiva en la estética de los últimos 40 años y para eso mandaron reconstruir la "Soft Gallery" que Marta presentó en Nueva York en los 70. La instalación es la tapa del frondoso catálogo. En Argentina, mientras tanto, continúa el debate crítico sobre el peso real de su obra.

-Hay una idea instalada de que tu persistencia en el personaje Minujin se dio porque te quedaste sin obra. ¿Que pensás?

-Que lo hacen para negar justamente mi obra.

-¿Pero no pensás que vos misma te creaste ese problema?

-Puede ser. Pero siempre fue así. Primero fue un boom, como una rock star, en los 60 y después en Nueva York siguió igual: siempre llamaba la atención. Digo lo que pienso, hago lo que quiero, no me importan las modas. Te digo que hago un arte fabuloso y que nadie se da cuenta: que estas esculturas de vidrio son conceptuales y no las ven. No lo ven. Prefieren criticar que me copio a mí misma, que hago de vuelta los colchones. Pero los hago de vuelta porque los había abandonado, tengo todo el derecho del mundo de ir y venir en la creación.

-¿Donde está el límite del arte para vos hoy?

-Toda la tecnología disponible para mí ya es vieja. Internet también. Quiero algo que te permita desarrollar un arte resplandeciente. Un arte con la naturaleza. Poder mover las nubes del cielo y crear arcoiris, agarrar las estrellas. Modificar la naturaleza creativamente. Mover cosas en la vía láctea, fabricar falsos arcoiris creando espacios en el cielo estrellado.

Warhol

CUENTA Marta Minujin: "Con parte del premio que gané por `Revuélquese y viva` hice `La Menesunda` y con el resto me fui a New York. Fui a ver a Leo Castelli, le mostré las fotos de la obra `El Batacazo` en el Di Tella y él, que era el marchand de Andy Warhol, me dijo de exponerla en otra galería que tenía en la calle 57. Así conocí a todos los artistas pop. Me hice muy famosa porque la obra tenía conejos vivos, moscas… Salieron notas en el Times y en Newsweek. Como los conejos se morían, la sociedad protectora de animales hizo cerrar la muestra. A partir de eso, Andy Warhol quedó re-maravillado conmigo, era el año 67. Warhol era un tipo muy enigmático. Pero conmigo era simpatiquísimo porque le gustaba mi locura. Aparte, era un tipo que no le daba bola a nadie. Se reía de sí mismo todo el tiempo y se reía de la gente: como que se escondía atrás de él mismo. Por ejemplo, tenía un doble que lo mandaba a dar las conferencias, porque las conferencias lo aburrían muchísimo y además él no hablaba. Le pagaban diez mil dólares. ¿No es brutal?"

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