Literatura inglesa

Solas, resentidas y peligrosas: ocho relatos de Caroline Blackwood, la mujer que escribió y vivió

En la misma saga que Lucia Berlin y Silvia Plath, pagó en vida el precio de no resignarse

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Caroline Blackwood, 1953
(foto Chai)

por Mercedes Estramil
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El relato “Ni una palabra” bautiza esta antología de Lady Caroline Blackwood. Escrito en primera persona, está incluido junto a otros dos bajo el subtítulo “Hechos”. El resto de Ni una palabra son ocho textos escritos en tercera persona y agrupados como “Ficción”. Podrían titularse “autoficción” los tres primeros, pero el vocablo “hechos” le da una contundencia judicial. En “Ni una palabra” Blackwood narra un episodio ocurrido en su niñez. Un empleado de las caballerizas llamado McAfee, padre de diez hijos, era el encargado de adiestrar a Caroline y a su hermana en el arte de la equitación. Ninguna era buena amazona, pero McAfee le promete a Caroline que si ingiere ciertas pastillas tendrá éxito como jinete. Aunque duda, ella accede a encontrarse con el hombre en la noche y a kilómetros del hogar, con la condición de no decirle a nadie. Con ese manual de pedofilia en mano, Blackwood cuenta —sin morbo, a sabiendas del nivel de ingenuidad que manejó su yo protagonista y del nivel de sutileza que maneja su yo escritora— cómo terminó todo. El espesor del que están hechos estos personajes se repite a lo largo del libro.
La segunda experiencia personal está en “Cochino”. Ahí narra cómo fue víctima de un estudiante en uno de los colegios a los que asistió. McDougal es el típico fanfarrón que hace bullying rodeado de una cohorte de miedosos. La heroicidad de Blackwood para hacerle frente, si es como cuenta, es de una habilidad psicológica audaz. En el tercer hecho, “Unidad de quemados”, dramatiza las visitas al hospital cuando una de sus hijas se quemó la cara en un accidente doméstico (otra moriría en la adolescencia por sobredosis de cocaína).

Detrás del arte. El nombre de Blackwood no suena como sería esperable, dado lo que escribió y vivió y cómo unió ambas orillas. Lo primero es que no cumplió con las expectativas familiares, dato que suele favorecer al arte. Lady Caroline Maureen Hamilton-Temple-Blackwood nació en 1931 en una familia de la aristocracia angloirlandesa. Su madre era heredera del imperio cervecero Guinness, y su padre el IV Marqués de Dufferin y Ava, muerto durante la Campaña de Birmania en la Segunda Guerra Mundial. Abolengo había. El patio trasero, sin embargo, reveló que ni Caroline ni sus hermanos bebieron las mieles de la cerveza y el heroísmo, y que tuvieron infancias sin mucha supervisión amorosa. De adulta hizo trabajos en prensa y se casó con profesionales del arte.
En 1953 se enamoró del pintor Lucian Freud (nieto del psicoanalista), de quien se divorció en 1959 para casarse ese mismo año con el compositor Israel Citkowitz, padre de sus tres hijas, del que se separó en 1966. En 1972 se casó con el poeta Robert Lowell (que dejó por ella a su esposa Elizabeth Hardwick, también escritora). Curiosamente, Lowell murió de un infarto fulminante el mismo día de 1977 en que abandonó a Blackwood para regresar con Hardwick. En medio de estos enlaces oficiales, un puñado de relaciones ocasionales, y un hundimiento veloz y sin retorno en el alcoholismo. Estos datos biográficos, que importan poco al leerla, sí que tuvieron peso cuando escribió, en pocos años, cuatro novelas y algunas colecciones de relatos. Igual que Silvia Plath, Dorothy Parker, Shirley Jackson o Lucia Berlin, Caroline Blackwood pagó el precio de no resignarse.

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Caroline Blackwood por Óscar Larroca (tinta sobre papel con posterior tratamiento digital)
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Mujeres venenosas. El catálogo femenino de su literatura contiene dolor y oscuridad. Lo confirman sus novelas: La hijastra (1976) muestra a una divorciada rencorosa, a cargo de su hija y su hijastra, incapaz de cortar el lazo con el manipulador exmarido; La anciana señora Webster (1977) dibuja cuatro generaciones de víctimas/victimarias; en El destino de Mary Rose (1981) una madre enloquece tras el secuestro y asesinato de una de sus hijas; Corrigan (1984) presenta en tono de comedia aleccionadora a una viuda sui generis engatusada por un pretendiente no convencional. El panorama de las ficciones de Ni una palabra sigue la línea: mujeres de mediana edad o ancianas estancadas en el drama (matrimonios desgraciados, viudez castrante, soledad, maternidad culposa, depresión, traumas estéticos, etc.). Blackwood juzga a sus personajes y se encarga de que el lector los juzgue también a fuerza de la claridad implacable con que los enfoca y exhibe sus miserias. No hay rescatados en esta pléyade de sufrientes obsesivos y rumiantes que no pueden ni quieren hacer la parada de la felicidad.
Algunos rasgos afectan la fluidez: la insistencia en remarcar los nombres de sus personajes o el subrayado de perfiles psicológicos que quedan claros en la primera descripción. Por otro lado, tanto sus personajes principales como los secundarios son figuras poderosas capaces de crear contrapuntos misilísticos. Físicamente, incluso, sus protagonistas femeninas son personajes de peso, sea por los kilos o por la vanidad: la engreída viuda de un pintor homenajeado (“La entrevista”), la enorme “señorita Renny” que domina la casa de los Richardson (“La niñera de la bebé”), la esposa en fuga que se opera los párpados y luego no consigue cerrarlos (“Mi amor, por favor, no llores”), la abandonada obesa que sale de compras a reventar la tarjeta del marido y no encuentra talle que le quede bien (“Compra compulsiva”), la coqueta madre abandónica que flirtea con el asistente social en una reunión con su primer hijo (“La esposa de Taft”).
Tres relatos escapan (algo) del conjunto odioso, en un intento por rescatar a sus protagonistas. Por la vía de la culpa, la divorciada frívola que no atiende a su perra moribunda por ir a una reunión social que no le interesa (“Addy”), y la madre divorciada enfrentada a una Navidad sin hombre que da vuelta la historia a último momento (“La Navidad de Marigold”). Por la vía de un también culposo amor, el duelo ritual e insondable de una mujer que visita un pub para morir (“El contestador automático”). El universo de Blackwood no da treguas de paz o de éxito. Ella misma no las tuvo. Incluso, en 1980, su intento de biografiar la vida de la ya viuda Wallis Simpson, se vio obstaculizado por la implacable abogada de esta, Suzanne Blum, parecida en maldad y determinación a muchos de sus personajes. Recién cuando Blum murió en 1995 el libro pudo salir. Al año siguiente Blackwood murió de cáncer, el 14 de febrero de 1996, una fecha que no le habría interesado festejar.

NI UNA PALABRA, de Caroline Blackwood. Chai, 2025. Buenos Aires, 209 págs. Traducción de Damián Tullio.

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