Un cine diferente

Sobre las relaciones familiares, sus guerras y cómo se sobrevive: la última película de Jim Jarmusch

Cuando importa más el detalle que la anécdota

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Jim Jarmusch
(Cannes, 2013)

por Óscar Larroca
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James Robert Jarmusch (Ohio, Estados Unidos, 1953) ha construido, con una tenacidad que ya es marca de estilo, una filmografía donde el tiempo se presenta como memoria y asiento de hechos más o menos irreversibles. Desde Una noche en la tierra (1991) hasta Flores rotas (2005), su cine aborda el detalle refinado antes que las anécdotas construidas por las plataformas de streaming. En Padre, madre, hermano, hermana, esa inclinación encuentra un cauce particularmente austero. Tres episodios, tres núcleos familiares, y una serie de objetos que se repiten con reserva, sin sermones ideológicos ni morales.

Te amo, te odio. El primer segmento, “Padre”, presenta a un viudo interpretado por Tom Waits (Bajo el peso de la ley, 1986; Café y cigarrillos, 2005, filmes de Jarmusch), que espera la llegada de sus hijos. Emily, una hija desconfiada y pragmática (Mayim Bialik, la estudiante Amy en la sitcom Big Bang Theory) y Jeff, un hijo atravesado por una culpa que no termina de formular (Adam Driver, que ya había trabajado una década antes para Jarmusch, en Paterson) visitan a su padre que habita en una comarca inhóspita y apartada de Nueva Jersey. Antes del arribo, la presencia casi etérea de unos skaters en la carretera interrumpe el frío paisaje invernal. Ya en la casa, la distancia afectiva entre los protagonistas introduce una tensión que nunca estalla, pero que se lleva al borde. La conversación no suele atravesar el umbral de lo intrascendente: una gotera, un sillón, un paisaje desde una ventana, son los únicos recursos para el diálogo. Así, en el mínimo borde de lo dicho, Jarmusch deposita lo esencial. Un improvisado y desangelado brindis con agua oculta algo más que la falsa humildad que se evidencia a primera vista, al tiempo que la aparente pobreza del veterano comienza a desnudar gradualmente lo que subyace bajo la superficie de mantas, ceniceros y libros desordenados. Cuando asoma algún tema confuso (una respuesta relacionada con el consumo de estupefacientes), la personalidad tosca de ese padre bohemio va dejando ver otras facetas, tal vez menos generosas. Un reloj Rolex que no permite despejar las dudas sobre su originalidad, es uno de los objetos que aparecerá en los siguientes episodios y será depositario de las guiñadas indirectas que comparten todos y cada uno de esos personajes, parcialmente rotos y conectados por tensiones comprimidas.
La incomunicación también será el tema de fondo que se desarrolla en Madre, con una exitosa escritora de best sellers (Charlotte Rampling) esperando la llegada de sus dos hijas; la delicada Timothea (Cate Blanchett) y Lilith, un tanto más desligada de las costumbres conservadoras de la familia (interpretada por Vicky Krieps, la actriz que encarnó a Isabel de Austria en el filme La emperatriz rebelde, de Marie Kreutzer). El encuentro es a la hora de la merienda, en un hogar burgués y aséptico de Dublín. La mesa del té, observada desde un encuadre cenital, exhibe una prolijidad casi litúrgica.
Hay algunos detalles sutiles y fugaces, como un foco apostado en la pared y que encierra con su amarilla luz la cara de esa madre, observante de los hábitos de comportamiento en la mesa. La armonía sin embargo es apenas un decorado. Las hijas —una frágil, otra más indócil— orbitan alrededor de esa madre sin lograr establecer un diálogo que exceda los lugares comunes de la cortesía. Otra vez, el agua se filtra como tema lateral. Algún comentario sobre la potabilidad de ese líquido será útil como excusa para atenuar la ausencia de diálogos más íntimos y comprometedores.
Una segunda presencia en las calles de un grupo de skaters permite discurrir sobre el paso del tiempo, el vértigo, la libertad y un ahora que se pone en pausa. No representan tanto la juventud perdida, sino una suspensión entre ciclos. En ese vaivén, las figuras se desplazan sin anclarse y nos recuerdan que, probablemente, en ese presente se manifiesta la nostalgia, la melancolía y los rencores sordos.
Todo ello volverá a hacer acto de presencia en “Hermana, Hermano”, donde la visita de dos mellizos a sus padres se produce en ausencia. Un accidente, un apartamento vacío (y vaciado) en París. Jarmusch introduce pistas sobre el origen y las ocupaciones de esos padres, mientras los hijos evocan los recuerdos que se abarrotan en el presente de un recinto deshabitado. Los objetos se desplazan de un capítulo a otro —fotografías, traslados en autos, el agua, el brindis— y operan como restos de un pasado marcado por la sospecha de situaciones irresueltas. Las flores que intentan sustituir la ternura, que ocultan rostros o que directamente aparecen marchitas, parecen recordar los vanos intentos de clemencia de un desolado Bill Murray en Flores rotas.

Ni víctimas ni victimarios. Apoyado en un ilustre reparto que además de Waits, Driver y Blanchett incluye a Indya Moore (Skye) y Luka Sabbat (Billy), el director erige un pequeño tratado sobre los vínculos entre padres e hijos, donde los silencios, los desvíos retóricos y las ceremonias fallidas están retratados con pinceladas que permiten interpretar las historias más allá de lo que deja ver Jarmusch desde la superficie. Tom Waits compone un padre que no necesita explicarse; Adam Driver sostiene su culpa con una represión amortiguada y eficaz; Cate Blanchett y Vicky Krieps modulan actuaciones en contrapunto que recorren desde la fragilidad a la displicencia.
Padre, madre, hermano, hermana no señala victimarios ni víctimas. Tampoco describe la desesperanza, sino la constatación de que las relaciones familiares no siempre se resuelven en los mejores términos, sino que se sobrellevan. Queda, a la postre, la pregunta que da título a esta reseña: brindar con agua no es un gesto de sobriedad, sino que es un acto (tan profano como sagrado) que persiste aun cuando el líquido se ha diluido junto a otros asuntos.
En el universo cinematográfico de Jarmusch, este nuevo trabajo deja en evidencia que el tiempo, a todo esto, prosigue su curso. El brindis, quizás, no celebra nada; apenas documenta que aún cargamos con convenciones en torno a lo que callamos.

PADRE, MADRE, HERMANO, HERMANA, de Jim Jarmusch. Estados Unidos–Irlanda–Francia, 2025. 110 minutos. En MUBI.

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