Literatura argentina

Retrato de una generación que no sabe quién es o que se miente a sí misma, convertida en clásico

Novela de Fabián Casas que es hija estética del menemismo

Fabián Casas foto Soledad Amarilla.jpg
Fabián Casas
(foto Soledad Amarilla)

por José Arenas
.
La década de los 90 dejó una impronta marcada a fuego en la literatura argentina. La época menemista entró con fuerza en la vida de un país de tercer mundo generando un espejismo de floreciente economía invencible encontrando, también, su guarida estética, entre otras expresiones, en las letras. En medio de semejante temporal surrealista una población entera se dejó arrastrar hacia una vida cívica y social anfetamínica, en especial una clase media que hizo la vista gorda al futuro nefasto que dejaría una ficción como la del “uno a uno”, la equivalencia fija entre el peso argentino y el dólar estadounidense, y el presente de una clase trabajadora en vilo.

El inicio del delirio. Un presidente comenzó su carrera como una especie de Jaime Dávalos del populismo federal y peronista, proponiendo un panorama de campaña arraigado en los dogmas de Conducción política, de Juan Domingo Perón. Aparecido en La Rioja, la tierra de Facundo Quiroga y la épica caudillesca, no dudó, al llegar al poder, en cambiar de look y de ideas. Las empanadas riojanas y las chayas se volaron para dejarle espacio a la pizza con champagne, las fotos con la farándula musical anglosajona, las chicas rubias y voluptuosas, el guiño hacia las drogas de diseño e ideas como las de un cohete viajando al espacio para redirigirse en segundos hacia el país que el usuario del futuro inminente deseara. El discurso ético se engrasó y los dirigentes fundamentales del país compartían mesas en locales bailables con conductoras de TV y vedettes llenas de brillo, además de concebir un Estado subastado al mejor postor o directamente cedido a nombres amigos. Todo esto con una complicidad de una sociedad bajo el síndrome del “fanfiction” ideológico: se trocaban oídos sordos a la abrumadora cantidad de casos de corrupción que rondaban a Carlos Menem y sus adláteres mientras se viajaba a Miami a comprar ropa, y los libros de periodismo de investigación escritos por Jorge Lanata, Gabriela Cerrutti o Luis Majul eran leídos cual novelas policiales bajo el sol puntaesteño.

Lo que pasaba debajo. Entretanto, bajo “la grasa de las capitales”, había un movimiento artístico movedizo de enorme valía. En especial en las letras aparecía un flaneur existencialista donde la noche porteña era el escenario de la crisis identitaria de los jóvenes que se perdían en la oscuridad, lejos de las generaciones anteriores entregadas al aburguesamiento, o bien, víctimas de la mentira estructural que la mayoría prefería no ver. Con este panorama, los adolescentes de los noventa paseaban sus ideas entre los McDonalds, los bares turbios y los centros de arte paracultural, sumando todo aquel lugar donde pudieran apagar el ruido interno que les hacía una ciudad en permanente fiesta, con drogas, sexo, rocanrol y otros distractores. Así se creaba una filosofía escéptica del ocio, de allí salen los personajes de Mariana Enríquez para su novela Bajar es lo peor, o los que pueblan textos como Plástico cruel de José Sbarra, incluso un poema como “Viva la mentira” de Alejandro Urdapilleta. El revoltijo de los 90 y su cambiar permanente de lugar paren obras como Plata quemada de Ricardo Piglia, Vivir afuera de Fogwill, o Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, por más que éstas tres novelas se publicaran unos años después. Incluso Quinteto de Buenos Aires del español Manuel Vázquez Montalbán es hijo de esa era. También lo son las crónicas de Enrique Symns o el célebre Buenos Aires me mata, el libro de crónicas de Laura Ramos.

Novela de culto. Ocio, de Fabián Casas, fue concebida en ese contexto. Su primera publicación apareció en el año 2006 pero el autor de Horla City escribía esta novela —considerada de culto para toda una generación— a mediados de los 90. Él mismo ha llegado a decir: “Ocio fue la primera vez que escribí narrativa, en 1994, y me costó muchísimo, tardé como cuatro años y son 70 páginas, ¡soy de madera!”.
Quizá el esfuerzo del que habla Casas es el que hace que se lea la obra como un claro texto de un poeta intentando escribir para pasar un examen, esa mitología por la cual el escritor se recibe de tal cuando escribe una novela. El aire que sopla por la narrativa de Ocio es ese, construcciones líricas que valen más que la anécdota inmadura de una novela escrita en pleno auge de la década de la que salieron muchas obras menores, con honrosas excepciones.
Pero el aire opresivo de una sinrazón juvenil y el tiempo libre vivido a la luz de un drama existencial de barrio que la narrativa de esos años imprime en las letras del libro —como en tantos de sus coetáneos— hacen que la pobreza del relato y el lenguaje plano tenga dos formas de lectura: un estilo de era inevitable para un retratista de aquellos momentos cotidianos, o un campo donde las expresiones que sí vienen de una poesía trabajada brillen con mayor fulgor. Faltarían unos años para ver a un narrador formado lejos de cierto lugar común noventoso. Pero, quizá, tampoco vale acusar a alguien de provenir de un tiempo y un lugar.

Novela-manual. El protagonista, Andrés Stella, encarna al prototipo de su generación; un joven de veinte años que funciona en la vida sin saber exactamente qué hacer más que juntarse con amigos que escriben poesía, tienen interminables charlas inconducentes y venden droga. Allí aparece también la excusa para crear una novela-manual: Stella nos dice qué libros leer, qué música escuchar, qué drogas frecuentar o no. La falta de un rumbo aparente en alguien a quien no lo seducen el trabajo tradicional, la idea de familia, ni el deseo voraz por dedicarse al arte, hacen del protagonista de Ocio un personaje comodín para la época, una visión generalizada de una juventud o una sociedad que no sabe quién es o se miente a sí misma. Quizá pueda decirse que la verdadera sinceridad está en la aceptación del desconocimiento propio. Andar por ahí, comer, oír música y leer son los vasos comunicantes de un montón de hijos de su tiempo (ficcionales y reales). Será por eso que textos como Ocio han ocupado el lugar de clásico para una generación que se ve retratada en el vaivén nochero sin espacio.
Fogwill nos dirá sobre Casas y su Ocio: “es uno de los mayores poetas en actividad (…), es el típico novelista joven que quiere jugar en primera, que juega en papi y quiere jugar en cancha de césped. Sus primeros libros tenían ese olor, olor al tipo que estaba ascendiendo, pero Los Lemmings será un libro, ya, maduro”.
OCIO, de Fabián Casas. Seix Barral, 2025. Buenos Aires, 78 págs.

portada_ocio-ne_fabian-casas_202601051340.jpg

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar