Antonio Torres
NUNCA más habrá en el mundo un año tan bueno. Puede haber años mejores, pero jamás será la misma cosa. Parecía que la tierra (nuestra tierra, feíta, llena de altos y bajos, pozos, arena, pedregullo y ortigas) explotaba en belleza. Y todos nosotros nos despertábamos cantando, mucho antes de que el sol apareciera, pasábamos el día trabajando y cantando y luego, después de la puesta del sol, caíamos en cualquier rincón y nos quedábamos dormidos, contentos de la vida.
Hasta me olvidé de la escuela, la cosa que más me gustaba. Todos se olvidaron de todo. Ahora daba gusto trabajar.
Las plantas de maíz crecían como flechas, lanzaban espigas inmensas. Las plantas de feijao explotaban las vainas de nuestro sustento, en un abrir y cerrar de ojos. Toda la plantación parecía comprendernos, parecía compartir con nosotros un destino común, una fiesta común, hecha gente. El mundo era verde. ¿Qué más podíamos desear?
Y así fue hasta la hora de cosechar el feijao y juntarlo en una pila tan grande que nosotros, los niños, pensábamos que iba a tocar las nubes. ¿Nuestros brazos serían bastantes para desgranar todo aquel feijao? Papá dijo que sólo íbamos a tener trabajo por una semana y ahí sí iba a ser el gran festejo. Sería cuando fuéramos a pelar el feijao y a medirlo, para saber el resultado exacto de toda aquella bonanza. No faltó quien hiciese sus apuestas: unos decían que iba a dar treinta bolsas, otros pensaban que cincuenta, otros hablaban de ochenta.
Al día siguiente volví a la escuela. Por el camino también iba haciendo mis cálculos. Para mí, todos estaban equivocados. Serían cien bolsas. De ahí para arriba. Era lo que yo pensaba mientras le explicaba a la profesora por qué había faltado tanto tiempo. Ella me dijo que así yo iba a perder el año y yo le dije que así había ganado un año. Y cuando llegó el mediodía y la profesora dijo que podíamos irnos, salí corriendo. Corrí hasta quedar con las tripas saliendo por la boca, y con la lengua que parecía que iba a arrastrar por el suelo. Para quien viene de la calle, hay una ladera muy larga y sólo al final empieza la cerca que separa nuestro campo del camino. Y fue justo allí, bien en el comienzo de la cerca, que vi la mayor desgracia del mundo: el feijao había desaparecido. En su lugar había una nube negra subiendo del suelo al cielo, como un eructo de Satanás en la cara de Dios. Dentro de la humareda, una lengua de fuego devoraba todo nuestro feijao.
Durante una eternidad, sólo se habló de eso: que Dios pone y el diablo dispone.
Y vi que los ojos de mi madre quedaron muy raros, vi a mi madre arrancándose los cabellos con la misma fuerza con que antes había arrancado las plantas de feijao.
-¿Quién habrá sido el desgraciado que hizo una cosa de esas? ¿Qué infeliz puede haber sido?
Y vi a los niños conversar solo con los pensamientos y vi el sufrimiento arrugar la cara chamuscada de mi padre, él que no decía nada y de vez en cuando se sacaba el sombrero y se rascaba la cabeza. Y vi la cara de buey castrado de los trabajadores y mi madre hablando, hablando, hablando y yo pensando que sería mejor que ella se callara la boca.
De tardecita los niños salimos para el terreno y nos quedamos allí mismo, como unos pollos mojados. La voz de mi madre seguía levantando las tejas del alero. Sentado en su banco de siempre, mi padre estaba mudo. Eso nos atormentaba.
Fui el primero en tener el coraje de ir hasta allí. Como podíamos ver desde allí arriba, desde la puerta de la casa, no había quedado nada. Un viento leve soplaba las cenizas y eso era todo. Cuando volví, papá estaba hablando.
-Aún tenemos un poquito de feijao en la quinta de las bananeras, ¿no? Todavía tenemos el quintal de las bananeras, ¿no? Todavía tenemos el maíz para quebrar, deschalar, desgranar y llenar la barrica, ¿no? Como se dice, Dios saca los anillos, pero deja los dedos.
Y dijo más:
-Ahora no se piensa más en eso, no se habla más de eso. Se acabó.
Entonces yo pensé:
-El viejo tiene razón.
Yo sabía que cuando las lluvias volviesen, allí estaría él, plantando una nueva planta de feijao.
El autor
ANTONIO TORRES nació en Junco (hoy Sátiro Días), pequeña ciudad del estado de Bahia, en zona de sertao, en 1940. En sus comienzos fue periodista en Salvador, capital del estado, y a los veinte años se mudó para Sao Paulo donde continuó su carrera en la prensa paulista. Luego de pasar tres años en Portugal, se estableció definitivamente en Rio de Janeiro. En 1972 publicó su primera novela Un perro aullando a la luna (trad. española en Sudamericana) que tuvo gran impacto crítico. Luego vinieron Os homens dos Pés Redondos, Essa terra (sobre el éxodo rural nordestino hacia el Sur del Brasil, y el libro que le dio visibilidad fuera de fronteras), Um táxi para Viena d´Àustria, O cachorro e o lobo, Meu querido Caníbal, O Nobre Sequestrador, Pelo fundo da agulha. Es autor también de varios libros de crónicas. Recibió el Premio Machado de Assis concedido por la Academia Brasileira de Letras en 2000 y el Premio Zaffari e Bourbon, uno de los más importantes de su país, en 2001. Ha sido traducido al francés, inglés, holandés, alemán, español y hebreo. El texto de esta página pertenece a Meninos, eu conto, un libro de relatos publicado en 2001. La traducción es de Rosario Peyrou.