Jorge Abbondanza
MARÍA ANTONIETA DE Habsburgo Lorena (1755-1793) era una niña austríaca hija de la emperatriz María Teresa cuando fue despachada a Francia para casarse con el heredero de la corona. Reinó junto con él desde 1774, a través del descalabro económico, financiero e institucional que a partir de 1789 desembocó en el fenómeno conocido como Revolución Francesa, un cataclismo que comenzó limitando los poderes de la realeza pero terminó cortando la cabeza del monarca y de su mujer.
Sobre esa soberana salió hace dos meses (en el sello Edhasa) la versión española de una nueva biografía (Marie Antoinette, the Journey, traducida como "María Antonieta, la última reina") escrita por Lady Antonia Fraser, aristócrata inglesa cuya notoriedad tiene origen conyugal, porque está casada con el dramaturgo Harold Pinter. Debe reconocerse que Fraser se tomó en serio su cometido, ya que las 702 páginas de ese texto son producto de cinco años de labor, incluidos viajes de investigación por Austria y por Francia, desde los salones de la Hofburg hasta los espejos de Versalles.
Quien haya leído biografías anteriores sobre María Antonieta, una lista en la que figuran Madame Campan (1823), el austríaco Stefan Zweig (1932), el británico Hilaire Belloc (1936) y los franceses Jean Chalon (1998) o Evelyne Lever (2000), sabe que la lectura de Antonia Fraser no aporta nada nuevo, a pesar de lo minucioso de su tarea evocadora. Más allá de una tenue afinidad monárquica (la autora escribe al fin y al cabo en un país donde también hay una reina) su libro no atrapa el triunfal espíritu mundano de la corte de Luis XVI, no se interna en la infranqueable rigidez de su etiqueta, no se detiene en la douceur de vivre que murió con la Revolución ni analiza demasiado a fondo el carácter inestable de esa muchacha alemana incrustada en la cima de un mundo doblemente real (y fatalmente francés) en el que perdió su inocencia, su rumbo, sus ilusiones, su majestad y finalmente su cabeza.
Quien en cambio no haya leído biografías anteriores, puede confiar en que Fraser es celosamente fiel a la historia y sabe especular sensatamente -como buena inglesa- sobre los episodios que abren ciertas incógnitas nunca aclaradas, como el romance entre la reina y el conde sueco Axel Fersen, que fue quizás el amor de su vida y con el que pudo haber tenido relaciones físicas cuyo registro se perdió con la correspondencia epistolar que un descendiente de Fersen incineró a fines del siglo XIX. Al margen de ese vínculo, la vida de María Antonieta fue tan absolutamente novelesca que desde las fiestas en el Petit Trianon o las modas extravagantes hasta el asalto del pueblo a Versalles, la cárcel y el patíbulo, contiene más emociones de las que suelen figurar en la existencia de cualquier monarca, antes o después de ella.
El cine ha dejado constancia de esa trayectoria, como pudo comprobarse en 1938 con la María Antonieta en blanco y negro que la Metro Goldwyn Mayer lanzó con Norma Shearer a la cabeza de un gran reparto y luego con una variante francesa, en color y con Michèle Morgan, que en 1955 se llamó A la sombra de la guillotina, aunque la figura de la reina también asomó en muchas otras películas, como La marsellesa de Jean Renoir o Si me contaran Versalles de Sacha Guitry. Ahora, el reciente estreno en Montevideo de la María Antonieta de Sofía Coppola, con Kirsten Dunst en el papel titular, ha reavivado la curiosidad por aquella mujer empenachada que navegó por sus palacios antes de naufragar en el cadalso el 16 de octubre de 1793. Los viajeros curiosos deben saber que los huesos de la reina reposan en la cripta de la basílica parisina de Saint Denis y que hay un monumento funerario con su efigie en la nave de ese templo.
Al margen del prolijo empeño del texto de Antonia Fraser, debe señalarse que su traducción al español no es irreprochable. El firmante de esa versión no parece saber que en inglés la palabra official no quiere decir oficial (págs. 97, 99, 158) sino dignatario (porque oficial se dice officer) y que entertain no quiere decir entretener (págs. 79, 292) sino recibir o atender a alguien. Tampoco sabe por lo visto que question no quiere decir cuestión sino pregunta (pág. 475), al margen de múltiples descuidos en el empleo del plural y el singular, fechas y títulos equivocados o indebida españolización de nombres que no la admiten (Temple no debe convertirse en Templo y Palais-Royal tampoco debe llamarse Palacio Real, porque ahí no vivían los reyes), aunque eso se agrava con la falta de traducción de términos que en cambio la necesitaban (el Scheldt debería figurar en español como el estuario del Escalda) o con la suposición de que la princesa de Lamballe era cuñada del duque de Penthièvre (pág. 107) cuando en verdad era su nuera, y aún con la observación de que el barón de Staël era el embajador de Suiza (págs. 365, 367) cuando era en realidad el embajador sueco.
Pero en definitiva Lady Antonia no es responsable de los pecados que los traductores cometen en su nombre. Conviene acordarse de los italianos cuando dicen "traduttore, traditore" y sobre todo tener en cuenta al humorista que escribió en la fachada de la casa de Bartolomé Mitre, en la calle San Martín de Buenos Aires, una reflexión sobre la audacia de ese general y político que había traducido La divina comedia. El famoso graffiti decía:
"En esta casa pardusca
Vive el traductor del Dante.
Aléjate caminante,
No sea que te traduzca".
María Antonieta retratada por Jean-Franois Janinet
Los gastos en Versalles
EL DESPILFARRO es un dato que a menudo se asocia con la figura de María Antonieta, aunque hasta la servidumbre podía hacer buenos negocios en Versalles, debido al descontrol. Escribe Fraser: "La extraordinaria cantidad de vestidos nuevos que la reina encargaba al año -doce trajes de ceremonia, doce de montar y un sinfín más- derivaba en el privilegio que tenía la servidumbre de quedarse luego con las prendas que quisiera, una vez desechadas con muy poco uso. Un ejemplo de cómo se hacían las cosas era el pollo fresco que servían todas las noches (y que después los criados vendían, ya que nadie lo comía) porque en una sola ocasión la reina había pedido pollo para darle a su perro".