Mercedes Estramil
PAUL AUSTER (1947) se está convirtiendo en una máquina de publicar, algo que por lo general no incomoda cuando se trata de géneros encasillados como el policial, ciencia ficción u horror (ahí está su compatriota Stephen King para permitir el elogio a lo prolífico), pero no es su caso. La aceptación monocromática que ha alcanzado le permite arriesgar lo mínimo: un mínimo de apuesta narrativa, un mínimo de ideas novedosas, un mínimo de sorpresa lingüística. En sus malas entregas se lee como un escritor que elabora una historia con gancho fácil y la resuelve a lo sumo correctamente. A la inversa, suele tener también momentos de imaginación y soltura, de autenticidad (La trilogía de Nueva York, Vértigo, La noche del oráculo). Sunset Park (2010) encaja en el molde negativo (como Tombuctú o Invisible). Apenas mediando la novela hay un repunte, para enseguida recaer sin remisión.
La historia principal es la de Miles Heller, un joven veinteañero carcomido por la culpa, que decide abandonar una existencia confortable para vivir de un modo errante, fotografiando cosas y casas abandonadas, y limpiándolas de inquilinos y de objetos para que las inmobiliarias y los bancos logren revenderlas. El trabajo es significativo y exorcisante porque Miles Heller es el hijo de una acomodada familia (padre editor, madre actriz, separados), torturado por haber provocado la muerte de su hermanastro durante una discusión. En otras palabras: Miles debe limpiarse por dentro para lograr entrar de nuevo en el mercado de valores humanos y emocionales. Comienza a conseguirlo cuando se enamora de una menor de edad (Pilar) y cuando su amigo Bing lo convence de regresar a Nueva York, a habitar precisamente una casa tomada por "okupas". Allí conocerá a algunos jóvenes cargados de indefiniciones sexuales y buenos sentimientos, gente que vive envuelta en la fascinación de sus historias de perdedores y de las historias de los otros, y que establece relaciones laxas pero ansía el compromiso afectivo con desesperación. En eso Sunset Park crece como novela coral y da lo mejor de sí explorando personajes secundarios como el de Ellen Brice o Bing Nathan, si bien hay que aclarar cien veces que Auster no es John Dos Passos, y que a su "coralidad" le falta densidad en el detalle y engranaje en el conjunto.
La novela se ambienta en 2008 y recoge la atmósfera de la vida neoyorkina pos-atentados del 11/S, guerra de Iraq y recesión económica, estableciendo, a través de las obsesiones de los personajes, un puente hacia otra Norteamérica situada en el pasado y tal vez no tan diferente de esta. En ese sentido, Auster sabe jugar con ese mercado de apropiaciones que es la literatura y evoca tres instancias referenciales: la parejita protagónica se conoce cuando ambos están leyendo El Gran Gatsby (1925) de Fitzgerald; varios personajes comentan el film Los mejores años de nuestras vidas (1946) de William Wyler; y las peripecias trágicas de varios astros del béisbol estadounidense van condimentando el relato. Ese atractivo telón de fondo queda suelto, a años luz de la pantalla donde se proyecta la historia sin fibra real de Miles Heller. Hay una sucesión de lugares comunes (amor presionado por las diferencias y la envidia, la vieja historia de Caín y Abel, la culpa cercando el corazón de "buenas" personas, literatos acosados por el irracionalismo) que no serían tan comunes si la prosa de Auster no los tratara como tales, enfatizándolo todo desde un penoso narrador omnisciente que adopta la subjetiva sentimental autocomplaciente de cada personaje.
A esperar pues el próximo Auster. Lo seguro que tiene es que vuelve.
SUNSET PARK, de Paul Auster. Anagrama, 2010. Montevideo. 278 págs. Distribuye Gussi.