Shakespeare, Juana de Arco, memorias y contra la religión, con humor.

Novedades sobre Mark Twain

Proliferan pequeñas ediciones de Mark Twain; aquí van cinco libros inéditos y reediciones.

Mark Twain
Mark Twain por Ombú

Mark Twain es el autor de, por lo menos, dos indiscutibles obras maestras, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn (el poeta Mariano Peyrou hizo impecables traducciones recientes de ambas novelas para la editorial Sexto Piso). Pero lo demás que escribió es magnífico. Tenía imaginación, sentido crítico, sentido común, sentido del humor, sentido del sinsentido. Todo. Novelas, cuentos, ensayos, trabajos periodísticos. Creo que Mark Twain es el mejor escritor estadounidense de toda la historia. Después de él, siempre después, hay otros cuatro que usted los puede colocar, con justicia, en cualquier orden del segundo al quinto. Dickinson, Melville, Poe, Whitman. Pero primero está el inigualable Twain. Lo saben los editores y ahora proliferan las ediciones en libros, pequeños libros, con todo lo que escribió y con lo que se descubre que escribió. Aquí algunos.

Quién era Shakespeare

La mayor parte de ¿Ha muerto Shakespeare? de Mark Twain (Sequitur), traducido por Javier Eraso Ceballos, se va en el ensayo que da título al libro. Se refiere a la identidad real de Shakespeare. Se sabe que no se sabe nada de quién fue Shakespeare. El siempre atinado Bill Bryson hizo una biografía advirtiendo lo invisible que es el verdadero Shakespeare. Hay cuatro o cinco datos ciertos y el resto es una lista de ‘se-supone’ más otra de ‘puede-considerarse’. De modo que las biografías del tipo se parecen a lo que hizo Mark Twain en compañía de un célebre paleontólogo: “así fue como procedimos el profesor Osborn y yo al construir el colosal esqueleto de brontosaurio que extiende sus cincuenta y siete pies de longitud y levanta sus dieciséis pies de altura en el Museo de Historia Natural, para espanto y admiración del mundo entero: el esqueleto más majestuoso del planeta. Teníamos nueve huesos y construimos lo demás con yeso París. Y se nos acabó el yeso, porque, de lo contrario, habríamos construido un brontosaurio tan grande como el Shakespeare de Stratford”. Las biografías del inmortal dramaturgo son nueve huesos originales y el resto un yeso hecho de ‘se-cree-que’.

Twain entra en ese juego de las conjeturas y los ‘se-supone-que’. Y no cree que ese Shakespeare llamado Shakespeare sea el Shakespeare que escribió los dramas y comedias: “Cuando Shakespeare murió, en 1616, las grandes obras literarias que se le atribuyen llevaban veinticuatro años siendo consideradas como obras maestras por el público de Londres. Su muerte, sin embargo, no fue un acontecimiento. No llamó la atención. No produjo emoción alguna. Todo indica que sus contemporáneos no cayeron en la cuenta de que había desaparecido un celebrado poeta”.

Lo que cree Twain —y lo argumenta con toda su gracia y un poder de persuasión que sólo puede tener el individuo que inventó los personajes de Tom Sawyer— es que el autor de las obras “no sólo tenía conocimientos exactos y extensos acerca de la legislación, sino que también le eran familiares los usos y costumbres de los miembros de la judicatura y de todos los oficios ligados a la ley”. Cita a un experto, el presidente del Tribunal Supremo inglés de 1850, un peso pesado del oficio legal, Lord Campbell, que dijo que “cuanto dice Shakespeare acerca de materias jurídicas no tiene tacha alguna”. Y argumenta el propio Twain que “por lo menos una tercera parte de sus metáforas tienen raíz jurídica”. Y parece inclinarse, todo lo indica, a que el autor de las obras de Shakespeare fue Francis Bacon.

Contra la religión

Entre el martes 19 de junio y el lunes siguiente, 25 de junio de 1906, Mark Twain dictó las cincuenta páginas que estaban inéditas a la fecha de su muerte y que llegan ahora como Reflexiones contra la religión (Umbral). Van contra la idea de Dios en las religiones oficiales, principalmente las cristianas. Comienza por cuestionar las nociones de bien y mal, de falta y castigo, en esos cultos y en libros sagrados como la biblia: “a Adán se le prohíbe el fruto de cierto árbol, informándosele solemnemente que si desobedece morirá (…). Y bien, eso es precisamente lo que ocurrió. Se decretó que todos los descendientes de Adán, hasta el último día, pagarían por las transgresiones a esa ley (…). Durante miles y miles de años su descendencia, individuo por individuo, había sido presa de caza, acosada por mil calamidades en castigo por esa fechoría juvenil que, grandilocuentemente se llama el pecado de Adán”.

También trata de los abismos entre lo que predica y lo que se aplica: “la cristiandad entera es un campamento de soldados. Durante la generación pasada los cristianos pobres rayaron el hambre para poder pagar impuestos que financiaran los gigantescos armamentos que los gobiernos cristianos acumularon, cada uno para protegerse del resto de la hermandad (…). El rey Leopoldo II de Bélgica —probablemente el monarca más intensamente cristiano, salvo Alejandro VI, que ha escapado al infierno hasta la fecha— robó un reino entero de África, y en catorce años de cristiano empeño logró reducir la población de treinta millones de habitantes a sólo quince mediante el asesinato, la mutilación, el exceso de trabajo, el robo, la rapiña, confiscando a la vez el propio trabajo de los indefensos nativos sin darles nada a cambio sino la salvación y un lugar en el cielo”.

Este ensayo permaneció inédito hasta 1960, contraviniendo la nota que el propio Twain escribió al margen de uno de los capítulos: “para no ser visto por ojo humano antes de la edición de 2446 d.C.”. La traducción es de Mario Muchnick.

Noticias confiables

Cuando Twain tenía 26 años, su hermano mayor fue nombrado secretario del gobernador de Nevada, estado que acababa de crearse, segregado de Utah. Orion, que así se llamaba, nombró como su secretario privado al propio Mark. Pensó que iba a estar en Nevada tres meses, que se convirtieron en seis o siete años interminables. Pasando fatigas (Interfolio) es la crónica de aquellos años, empezando por el viaje mismo, antes del ferrocarril, en una diligencia que recorre 3.200 kilómetros, cambiando de caballos cada treinta. Su contacto con los indios, con los mormones, su participación en la fiebre por las minas de plata.

Este libro delicioso no sólo abarca esos tiempos y esas aventuras, sino que da lugar a que, en cierto momento, resuma su historia laboral hasta ese momento: “desde la edad de trece años estaba por el mundo intentando encontrar un medio de ganarme la vida (…). Un solo día fui dependiente de una tienda de ultramarinos; pero, debido a la gran cantidad de azúcar que consumí en tan corto tiempo, el propietario creyó aconsejable relevarme de mis funciones (…). Me consagré luego al estudio de la ciencia de la herrería, mas perdí tanto tiempo arreglando el fuelle para que soplara solo, que el patrón me profetizó un final bochornoso. Pasé un tiempo empleado en una librería, aunque los clientes me molestaban y no podía leer tranquilo, en vista de lo cual el dueño me dio vacaciones y se olvidó de fijar el término de las mismas. Serví medio verano en una farmacia, pero mis recetas fueron muy desdichadas; parece que vendimos más purgante que agua mineral y hube de retirarme (…). Y en los meses pasados había sido secretario particular, buscador de plata, obrero en un lavadero de mineral. Y en todos estos empleos demostré ser un cero a la izquierda. Y, ahora… ¿qué podía hacer?”. (Tal vez, encerrado entre paréntesis donde no me oiga, fue por ser un inútil que se convirtió en escritor).

El trabajo que siguió fue el de reportero en un periódico. Era un aprendiz al que el dueño le dio la primera lección de periodista: “no diga nunca ‘nos enteramos de tal o cual cosa’, o ‘nos aseguran’, o ‘corre el rumor de que’, o ‘suponemos que’. Vaya a la fuente de la noticia, agarre el hecho por el pelo y después escriba y diga: ‘esto ocurrió así’. De lo contrario, nadie tendrá confianza en sus noticias”.

Desenfado bíblico

Cuenta Gabriela Bustelo, prologuista y traductora de Los escritos irreverentes (Impedimenta), que en 1909 el mismísimo Mark Twain le escribió a un amigo sobre el material que trabajaba entonces: “este libro no saldrá jamás. Es imposible porque se consideraría una ignominia”. En 1939 un experto en la obra de Twain, Bernard DeVoto, hizo la edición de esos escritos, pero la hija se negó a autorizarlo. Tuvo que esperar hasta 1962 para publicarlos. La compilación incluye cartas que escribe el demonio desde la tierra, los “apuntes de la familia de Adán” donde está el “diario de Matusalén”, “la autobiografía de Eva” y “el diario de Sem”.

El libro ofrece las versiones más desopilantes de las historias bíblicas y con la más desenfadada ironía. Cuando el diablo se refiere al final del viaje de Noé en su arca y que alude a las plagas: “Noé y su familia se salvaron, si es que eso puede considerarse una ventaja. (…) La familia se salvó, sí, pero sus integrantes no estaban muy a gusto, la verdad, todos plagados de microbios. Hasta las cejas estaban. Sí, gordos, obesos, hinchados como globos de tantos microbios como tenían. Por desagradable que fuera la situación, no se podía evitar, porque había que conservar suficientes microbios para abastecer de enfermedades desoladoras a las futuras razas humanas y a bordo sólo iban ocho personas que pudieran hacer las veces de hotel. Los microbios eran con mucho la parte más importante del cargamento del Arca, la que más preocupaba al Creador y con la que más encariñado estaba. Tenían que estar todos bien alimentados y adecuadamente acomodados. A bordo del Arca había gérmenes de tifus, gérmenes de cólera, gérmenes de hidrofobia, gérmenes de tétanos, gérmenes de la tisis, gérmenes de la peste negra y varios centenares de gérmenes aristócratas, creaciones especialmente preciosas, áureos portadores del amor de Dios por el género humano, dádivas sagradas del amoroso Padre a sus hijos; todos ellos, por supuesto, suntuosamente alojados y lujosamente atendidos, es decir, albergados en los lugares más apetecibles que pudieran ofrecer las entrañas de la familia; los pulmones, el corazón, el cerebro, los riñones, la sangre, las vísceras. Especialmente en las vísceras”.

Una chica audaz

Publicada en 1896, Twain siempre pensó, y lo dijo en voz alta, que su Juana de Arco (Arcaduz) era la obra de la que se sentía más orgulloso. Ya antes había retrocedido en el tiempo con Un yanki en la corte del rey Arturo.

Juana de Arco es una biografía, o tal vez es otra cosa, y la palabra inicialmente parece ajena al universo de Twain. Y es impresionante que la perfección que este libro le atribuye a la heroína no caiga nunca en las memeces y soserías que implica que la protagonista esté mucho más allá de cualquier error de fondo o de forma. Mientras escribo, creo que el secreto de crear un personaje sin defectos está en la voz que hace el relato.

Repitiendo el viejo cuento del manuscrito encontrado en algún baúl, Twain echa mano de Luis de Conte, un amigo de la infancia de Juana, un amigo que le tenía el más puro de los cariños, el de la amistad. Conte escribe sus recuerdos cuando tiene 82 años. Dos años mayor que Juana, crecen juntos en un pequeño pueblo y él es testigo de cuando ella —que tiene 16— cuenta que se le apareció el arcángel san Miguel con un mensaje de Dios. Después, oye las voces de santa Catalina y santa Margarita. Dice Juana: “Mis Voces no me han mentido jamás. Y tampoco mienten hoy. Me dicen que he de acudir ante Roberto de Baudricourt, el gobernador de de Vaucouleurs, que me proporcionará soldados que me darán escolta hasta llegar a la presencia del Rey”.

Estamos en tiempos de la guerra de los cien años. Francia está manos de los ingleses. La misión que el arcángel le encomienda a esta campesina que no sabe ni leer ni escribir es tomar la ciudad de Orleáns y coronar al rey en Réims. Es inverosímil. Un testigo lo ve así: “una niña de 17 años… una chiquilla educada en el campo, sin cultura… ignorante en las cosas de la guerra, ajena al uso de las armas, que no sabe dirigir batallas, humilde, amable, tímida…. Y que, pese a todo, arroja su cayado de pastora, se reviste de armadura, lucha sin cesar atravesando ciento cincuenta leguas de territorio enemigo, sin perder nunca el ánimo y la esperanza, sin demostrar miedo en ningún momento… pues esa chica —para la que un rey debe ser algo terrible y tremendo— se pone de pie ante el nuestro y le dice: ‘¡no temáis, Dios me ha enviado para salvaros!’. Pero ¿de dónde puede venir semejante valor y una fe tan sublime, como ésta, sino del mismo Dios?”

A pesar de que no faltan los cortesanos que piensan que Juana no es enviada de Dios sino del demonio, el rey acaba invistiéndola con el cargo de general en jefe de los ejércitos de Francia y rápidamente cumple la misión que culmina con la coronación del rey en una campaña casi milagrosa, o milagrosa sin el casi.

Lo que sigue es la traición y el martirio. La inquisición se cebó en ella. “Se la tildaba de bruja, falsa profetisa, invocadora de malos espíritus, de practicar la magia, de ignorar la fe cristina, de hereje, sacrílega, adoradora de ídolos, blasfema de Dios y de sus santos, rebelde y perturbadora de la paz”. Inclusive, en la mismísima Universidad de París “calificaron de malignas las Voces de Juana”. Y la quemaron.

Mark Twain
Mark Twain, Un bosquejo de familia

No era para publicar

Hay más. La editorial Sloper publicó “Un bosquejo de familia” de Mark Twain, un conjunto de crónicas y anécdotas familiares que pertenecen al ámbito privado y no fueron escritos para su publicación. Con desenfado, y con ese propósito de no predicar ni imponer nada, este ensayo puede leerse como un manual para educar.

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