No hay palabras

René Fuentes

MI MADRE SE detiene frente a un muro de nichos sin mármol ni azulejos. Nichos con fachadas de cemento y, en algunos, flores secas. Mi madre extiende un brazo, solloza y se aparta. Entonces, sobre una pequeña losa blanca y escritos con pintura negra, leo el nombre y las fechas de nacimiento y muerte de mi padre. Pienso: ¡Tan poca cosa dice ahí! ¿Tanto la muerte nos reduce?

Todo lo demás y todos los demás van desapareciendo. Entonces mi padre otra vez es joven y yo soy un niño que la noche antes no dormía cuando sabía que mañana él vendría otra vez de La Habana y su universidad. Y otra vez Zobeida, ya abuela y en la versión cubana de Las mil y una noches, me grita mientras yo juego al trompo o a la bola: ¡Ahí viene tu papá! Y salgo corriendo para alcanzarlo y ayudarlo a cargar las cajas de frutas y el maletín. Y mi padre, con su sonrisa dura y sus brazos fuertes, me abraza. Mi padre, con su camisa roja, en invierno o en verano, siempre venía de La Habana con su camisa roja, de mangas largas. Mi padre que fue a tantas reuniones en mi bachillerato por mis indisciplinas. Mi padre cuya militancia y su vida tan austera tantas veces le critiqué. Mi padre que era de un genio animal tierno sin palabras, terriblemente irascible. Mi padre que me enseñó a beber y a no robar. Mi padre que yo también lo maté. Yo, su hijo que escribe lo que él nunca quiso; pero con disgusto hasta su muerte tuvo que leer y releer mis libros, la única posibilidad que le di para reencontrarme. Mi padre y sus consejos y su miedo salvándome de la locura cuando estuve en el Servicio Militar Obligatorio. Mi padre y aquella noche lloviendo y él del otro lado de la cerca, sabiendo que pasaría lo que yo por mis actos causé y siempre voy a causar. Mi padre. Mi padre del otro lado de la cerca de la estación de trenes, sabiendo que nos despedíamos para siempre. O hasta siempre, porque su ideología y la mía nos dividen. En la vida y en la muerte nos dividen. (...)

Destapo la botella. Bebo un trago. Un trago más y otro largo, bien largo. Y todo el ron, en la tierra seca de su cáliz, lo voy vaciando. Despacio, con paciencia, mientras me sacudo y me retuerzo con todos los jugos de este sabor amargo. Como si recién llegara miro a mi hijo y está sentado, en un banco, bajo la sombra de un árbol canijo. Voy y lo abrazo. Siento un vacío, algo que no es ni llega. Quisiera, hago el esfuerzo de decirle, pero no puedo. Quisiera explicarle que yo también cuando tenía más o menos su edad vi a mi padre abrazando los restos desenterrados de su padre, mi abuelo que no conocí y él apenas. Y mi padre lloraba con desesperación y yo lo miraba con la misma paciencia absurda con que ahora mi hijo me mira. Y no, no hay palabras.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar